EDITORIAL

Los hermanos sean unidos

Los partidos comprometidos con el cambio tienen que asumir que, pasado el 27 de octubre, votarán en bloque al candidato opositor, y con ello, están obligados a no desgastarse con polémicas estériles.

El domingo pasado, la correlación de fuerzas de los partidos políticos uruguayos cambió de un modo contundente. En líneas generales, se consolidan dos sustratos ideológicos bien definidos: el del bloque opositor y el del partido de gobierno. El Frente Amplio seguirá forzando una polarización derecha-izquierda entre ambos, pero la realidad electoral es bastante más compleja que esa simplificación.

Para empezar, el FA debe enfrentar una radicalización de su mapa interno, que como ya se ha dicho en esta página, conjuga la eficacia electoral del MPP, con el ascendente liderazgo del comunista Oscar Andrade y la evidencia de que la minoría mayor, que representa el candidato Martínez, incluye también sectores de tendencia radical, como el de Constanza Moreira.

Un Frente Amplio que se desbalancea hacia la izquierda y, del otro lado, un partido de Manini que empieza a aglutinar con efectividad a los votantes de derecha, generan el resultado esperado: posicionan a los partidos fundacionales en un espacio de centro a afianzar.

En ese contexto y de cara a octubre, a la oposición le caben dos maneras posibles de proceder: adoptar una estrategia de continuidad de las primarias (esto es, seguir disputándose entre los distintos partidos y sectores los votos de los ciudadanos no frenteamplistas), o muy por el contrario, complementar esfuerzos para crecer hacia afuera, atrayendo a los izquierdistas moderados que se hartaron del actual estado de cosas y anhelan un cambio.

Parece claro que el tiempo de la canibalización opositora terminó y que debería aplicar desde ya una lógica de balotaje: los partidos comprometidos con el cambio tienen que asumir que, pasado el 27 de octubre, votarán en bloque al candidato opositor, y con ello, están prácticamente obligados a no desgastarse entre sí con polémicas estériles. Explicitar sus coincidencias y matizar respetuosamente sus disensos.

Un debate entre candidatos a presidente o legislador, ambos opositores, puede ser interesante, pero lo imprescindible es que estas confrontaciones de ideas se den entre estos y los oficialistas. Clarificar al electorado los dos modelos de país que se postulan. Algo que sabiamente expresó el ex presidente Sanguinetti hace algunas semanas: definir si se está del lado de quienes creen que la Venezuela de Maduro es o no una dictadura. A lo que podríamos agregar, si se está de lado de quienes creen que hay que abatir el déficit fiscal o no le asignan importancia. Del de quienes reclaman al Estado un shock de austeridad o lo rechazan. Y los ejemplos podrían seguir hasta el infinito.

En esta partida de ajedrez, hay piezas muy relevantes: los partidos mal llamados menores. Está claro que, con excepción de Cabildo Abierto, sufrieron un duro revolcón en las primarias, explicables por la atracción que ejerció en los electores la competencia interna en los partidos fundacionales y el FA.

Desde ahora las aguas vuelven a su cauce y, a diferencia de lo que ocurrió en elecciones pasadas, esta vez la neutralidad no paga. Las cartas están más que echadas y estas colectividades deberán decidir desde ahora si en el balotaje llamarán a votar en blanco (lo que ya han asumido Unidad Popular y el partido de Salle) o si respaldarán a uno de los bloques.

El ciudadano tiene todo el derecho del mundo a saber qué puede esperar a partir de 2020 de los legisladores que coloque en el parlamento; si se van a comprometer con un gobierno de cambio o negociarán su apoyo al continuismo. Parece evidente que de esa definición previa, fuerte y clara, depende la confianza que estos partidos generen en sus potenciales votantes, rumbo a octubre.

Si la oposición empieza por fin a funcionar como un bloque (algo en lo que la más que diversa constitución ideológica de los sectores frenteamplistas ha funcionado siempre con gran eficacia), al fin podría darse una oferta electoral catch-all, como eran los partidos fundacionales antes de la reforma que consagró las candidaturas únicas. Sería más que positivo que el bloque opositor exhiba un ala derecha con Manini y Novick, una propuesta centrista con los partidos fundacionales y un ala izquierda con el Partido Independiente.

Y dejar que sea el ciudadano el que beneficie o perjudique el poder de influencia de cada una de esas ofertas, en un futuro gobierno de coalición.
El mayor desafío será que los disensos que nos dividen no alienten una campaña autodestructiva. Como concluyen los versos del Martín Fierro que evocamos en el título: “porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera”.

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