EDITRIAL

Algo habremos hecho

Algunas de estas ideas son discutibles, otras no pasan de ser meras expresiones infelices, pero la frecuencia con que se escuchan, también habla de un prejuicio ideológico: la ilusión de que el delincuente es un “buen salvaje” rousseauniano al que la sociedad ha pervertido.

Hay gente que, cuando analiza la realidad, incurre en una coartada intelectual deleznable: la culpabilización de la víctima. Así, no es raro escuchar que el niño que sufre el hostigamiento de sus compañeros, en la escuela, al final de cuentas se lo merece, porque no tiene carácter. O que una mujer fue abusada porque usaba la falda demasiado corta. Hasta hubo recientemente un caso de doble homicidio y suicidio en el interior, en el que los vecinos se pusieron abiertamente del lado del victimario, como si haber sido sujeto de una supuesta infidelidad lo hubiese habilitado a tamaña salvajada.

Culpabilizar a la víctima suele ser una manera, entre irracional y perversa, de sublimar la angustia que producen las grandes injusticias. Es la lógica del "algo habrán hecho" con que muchos latinoamericanos intentaron justificar las torturas, crímenes y desapariciones de sus compatriotas por el delito de pensar distinto, durante las oprobiosas dictaduras del siglo XX.

Felizmente, el frenteamplismo gobernante no se pone del lado de los que ejercen bullying, abusan de mujeres o atropellan disidentes. Pero últimamente estamos escuchando, cada vez con más frecuencia, algunas voces que procuran atenuar la gravedad del estado de inseguridad pública, mediante el mismo procedimiento culpabilizador.

El ministro Bonomi lo hizo dos veces: una, cuando responsabilizó al policía asesinado en una pizzería de Pocitos porque desempeñaba un "223" para el que no estaba autorizado. Otra, más reciente, cuando cuestionó a otro funcionario abatido, por no haber utilizado el chaleco antibalas. La verdad es que hay que ponerse del lado de estos ciudadanos que se juegan la vida todos los días, protegiendo a la sociedad, y se enfrentan con cero empatía de parte de quienes más deberían defenderlos: sus autoridades. Pero en los últimos días, la culpabilización de la víctima tuvo otros exponentes.

El espantoso crimen reciente del empleado de un autoservicio mereció una reflexión inesperada del presidente de Fuecys, Fabio Riverón. Para él, "esto no se resuelve solo con más policías o fortaleciendo el aparato represivo". Atribuye responsabilidad a las empresas, porque no tienen más personal y sistemas de seguridad que, supone, disuadirían a los delincuentes. "Estamos demasiado expuestos", dice, como si fuera normal y esperable que haya asesinos descontrolados entrando a los comercios.

Pero la palma de oro se la llevó la alcaldesa de Casavalle, Sandra Nedov, al declarar a El Observador sobre los brutales "desalojos" que realizan las bandas de narcos, echando literalmente a los dueños de las viviendas para apropiarse de ellas. Justificó esas expropiaciones violentas en que las víctimas no pueden comprobar documentalmente su calidad de propietarios o inquilinos: "si rascás un poquito, no es a cualquier gente que sacan: si tenés la documentación que prueba que la casa es tuya, nadie te va a sacar. El problema es que hay mucha irregularidad y muchas compras informales". Uno ya no sabe si narcos y rapiñeros son personas que hay que perseguir con un "aparato represivo" o Robin Hoods a los que hay que agradecer por restablecer justicia en materia de derecho a la propiedad.

Esas extravagantes interpretaciones de la realidad, que casi siempre benefician al antisocial y se ríen en la cara del ciudadano honesto, son de larga data. No podemos olvidar al extinto Eleuterio Fernández Huidobro, cuando responsabilizó del auge de las rapiñas a "las agencias de publicidad" (sic), porque supuestamente empujaban a "los pobres" a comprar championes caros y estos no tenían otra chance que robar para lograrlo.

O la reflexión de hace unos días del presidente del Frente Amplio, Javier Miranda, responsabilizando a los canales de televisión por el aumento de la violencia ciudadana.

Podría decirse que algunas de estas ideas son discutibles, que otras no pasan de ser meras expresiones infelices, pero la frecuencia con que se escuchan, también habla de un prejuicio ideológico: la ilusión de que el delincuente es un "buen salvaje" rousseauniano al que la sociedad ha pervertido. Una mayor simpatía por quien elige el camino de la violencia, aunque sus víctimas sean ciudadanos de su misma clase social, con la sutil diferencia de que optaron por la senda de la honestidad. Una visión conspirativa de las relaciones sociales, que presenta la delincuencia travestida de rebeldía revolucionaria.

Que sigue intentando hacernos creer que ni los reyes son los padres, ni el "Chueco" Maciel fue lo que realmente fue: un vulgar rapiñero.

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