Hablemos de pobreza

Los números no bastan. Cuando el Instituto Nacional de Estadística publica el resultado de la Encuesta Continua de Hogares, maneja números y extrae de ese estudio algunas conclusiones alentadoras. Una de ellas sostiene que 181.000 uruguayos dejaron de ser pobres en el transcurso de 2008, con lo cual la pobreza bajó según ese texto desde el 26% de la población al 20,5% entre diciembre de 2007 y diciembre del año siguiente. Un dato adicional de la encuesta señala que en ese mismo período otros 16.000 uruguayos dejaron de ser indigentes, lo cual significa que en ese último renglón de la penuria lograron recuperarse hasta tener acceso a una canasta básica de alimentos. El mejor indicador del informe dice que entre los habitantes menores de 12 años fue donde la pobreza se redujo más (un 8%) frente al 5,5% de la población en general.

La realidad puede desmentir a los números. Porque la pobreza no sólo es un cálculo y una comparación de cifras, sino un concepto de mayor densidad. No sólo es indigente quien carece de acceso a una canasta de alimentos, y no solamente es pobre quien se ubica en el Uruguay por debajo de los 4.899 pesos de ingreso mensual, que es el límite considerado por las encuestas. Para bien o para mal, la verdadera situación de pobreza debería abarcar otras condiciones no sólo materiales y otros factores no solamente físicos para caracterizar el desvalimiento de una persona o una familia. Por algo el diccionario, cuando define la palabra "estadística", se refiere a "el estudio de hechos morales o físicos que se toman en cuenta para medir algo". Hay un factor moral, entonces.

Por lo pronto, el hecho de que oficialmente haya descendido el número de uruguayos en situación de pobreza, no supone que la distribución de la riqueza haya mejorado o que el abismo existente entre las clases acomodadas y las 685.000 personas que todavía son pobres en este país, se haya suavizado. La sensación de estar excluido de los múltiples beneficios que otorga la sociedad, el indefinible estado de desamparo que persiste más allá de los números (y más allá de los 4.899 pesos mensuales) también debería figurar en el retrato de la pobreza verdadera, que comprende a miles de uruguayos como parte de sectores donde las carencias sociales, las precariedades ambientales y las anemias culturales forman un panorama más sombrío que los rasgos meramente económicos.

Entre esos sectores figuran algunos que por el aspecto físico, la condición higiénica y la propia indumentaria (incluyendo la semidesnudez o los andrajos) resultan cada día más esperpénticos e integran así una categoría que habría parecido inusitada en el Montevideo de hace veinte años, sin ir más lejos. Ello permite tener idea de un gradual desmoronamiento y no de una recuperación (como se desprende de los números de la estadística) e incluye por cierto la estampa miserable de numerosos cuidacoches, el desfile de jóvenes y niños que mendigan en los semáforos, la legión de vagabundos que duermen a la intemperie sobre el umbral de un edificio, en el hueco de alguna fachada o directamente en las veredas. Ningún montevideano podrá negar que ese cuadro sigue aumentando.

Quizás algunos ejemplares de dicho sector lleguen a ganar los 4.899 pesos mensuales que marcan la frontera de la pobreza, y de esa manera puedan integrar la masa de 181.000 personas que en el año 2008 dejaron de ser oficialmente pobres, pero la clasificación no significa que se sientan ahora contenidos en la malla de la sociedad ni que puedan establecer con el prójimo las relaciones de toda índole (vecinales, laborales, afectivas, amistosas) que caracterizan la vida colectiva en el "tejido formal" de esa sociedad. Siguen siendo excluidos, se sienten igualmente expulsados y poco importa si disponen de ingresos que les permitan acceder a la canasta básica o ni siquiera si disfrutan de rasgos de confort que los igualen con las capas sociales superiores, ya que se sabe por ejemplo que existe el mismo porcentaje de teléfonos celulares (83%) en los asentamientos irregulares y en los barrios residenciales. Pero lo que permite a un individuo dejar de ser pobre no es eso, sino cosas más profundas y más complejas.

Mientras se sabe que sólo se han regularizado 40 de los 696 asentamientos existentes (17 por el gobierno anterior, 23 por el actual) en Montevideo hay tres veces más pobres fuera de los asentamientos que dentro de ellos. Sería una simpleza -o un cinismo- creer que la pobreza es apenas una cuestión de orden económico, como algunos suponen.

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