EDITORIAL

La grieta intelectual

El debate en torno a la salida del ex ministro Menéndez vuelve a poner sobre la mesa el rol de la clase intelectual uruguaya y su postura respecto a los gobiernos del Frente Amplio.

El país enfrenta un momento histórico. Las próximas elecciones definirán mucho más que un simple cambio de gobierno. Luego de tres períodos del Frente Amplio, con mayorías legislativas propias, y su predominancia en el mundo académico, la coyuntura parece exigir un cambio que oxigene estructuras, y demande un mayor rigor analítico a sectores centrales del pensamiento nacional. Que parecen haber sucumbido al conformismo y a una visión demasiado políticamente utilitaria sobre su rol en la sociedad.

Un ejemplo de esto lo hemos tenido a raíz del triste episodio con el ex ministro Menéndez. El mismo puso al oficialismo y a su círculo intelectual en una disyuntiva que implicaba o ser consistentes con su prédica histórica, para lo cual era inevitable ejercer una crítica feroz sobre la actuación de un gobierno que en el mejor de los casos dio una lección de desprolijidad, y en el peor, hizo gala de una hipocresía digna de Maquiavelo.

O la alternativa era abocarse a una defensa de un gobierno que, vamos a ser claros, que considera suyo, aún a costa de sacrificar muchos de los principios y argumentos que han llevado a construir su imaginario colectivo. Al parecer, la tendencia ha sido optar por la opción “B”. Por ejemplo, podemos citar las declaraciones del politólogo Gerardo Caetano, el intelectual de referencia para la izquierda uruguaya actual. Consultado en un programa del canal público, donde es figura cotidiana para hablar de todo lo humano, el profesor dijo de forma contundente que el tema central en todo eso no es Menéndez ni los aspectos formales en Presidencia, sino que lo importante es la confesión de Gavazzo. Vale destacar la forma en que lo dice. No es que “yo creo que”, o “a mi me parecería que”. La formulación es a prueba de tibiezas: “acá lo importante es esto”. Y punto.

Caetano no tiene particular simpatía por El País, y dice a quien quiera escucharlo que somos los responsables de una “grieta” en la sociedad uruguaya. Ahora bien, esa forma de dictar sentencia sobre lo que importa y lo que no, sobre lo que amerita discutirse y lo que no, ¿es una forma constructiva de plantear el debate público? ¿Es tan ninguneable que un presidente del partido que ha hecho del tema derechos humanos una bandera moral por cuatro décadas haya cajoneado durante un mes y medio un expediente con la confesión del represor emblema de la dictadura? ¿Y luego haya degollado a un ministro agonizante que había hecho todo bien? ¿Se puede decir que eso no es importante?

Pocos días después, en el programa En Perspectiva de Emiliano Cotelo, dos figuras muy respetadas por la izquierda uruguaya también analizaron el tema. El primero, el profesor de Derecho y miembro de la Academia de Letras, Oscar Sarlo, alguien con un bagaje cultural e intelectual indiscutible. Y sin embargo, su lectura sobre todo el episodio Menéndez fue que era una infamia decir que el presidente Vázquez lo había echado. Que lo que había hecho fue pedirle la renuncia, y eso cambiaba 100% el análisis del asunto. Que toda la discusión se debía a “una construcción” de la prensa y la oposición ¿En serio?

A ver, el ministro presentó renuncia con un diagnóstico implacable, Vázquez no se la aceptó, y un mes después, cuando le explotó la bomba en la cara debido a información publicada en la prensa, lo sacó del cargo junto a un grupo de generales a los que acusó de las peores cosas. ¿Hace falta mucha imaginación o mala fe para observar allí una falta de respeto al funcionario que está en su lecho de muerte, y que cumplió con su deber?

Después vino la doctora y profesora de sociología Adriana Marrero. En el mismo programa, y ante el mismo tema, su lectura fue que todo era muy turbio. Que no era creíble que con un diagnóstico como el que tenía, Menéndez hubiera aceptado que se le rechazara la renuncia. Que cualquier persona se hubiera ido para su casa igual. Pero... ¿que tiene eso que ver? ¿Que se quiere sugerir con eso? Porque era obvio que Menéndez con ese diagnóstico no iba a estar en el ministerio firmando resoluciones. El no aceptarle la renuncia era algo simbólico. Igual o más que el pedírsela un mes después en medio de una purga militar, que buscaba lavar la imagen del Presidente. ¿Cual es la relevancia frente al tema de fondo, de la decisión de Menéndez en primera instancia? Lo significativo es que si se tratara de Juan Pérez, uno podría comentar “que razonamiento flojito”, o “no maneja toda la información”. Pero hablamos de gente con credenciales intelectuales intachables, que maneja información de calidad. ¿Entonces? ¿Que alternativa queda para explicar estas posturas? No muchas, y no muy edificantes.

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