EDITORIAL

Una grave confusión política

La consecuencia del debilitamiento del humanismo tradicional es la sustitución de instituciones morales de referencia por el gobierno o, peor aún, por un partido político que de esta forma debe ser hegemónico.

Lo dice todo el mundo: hay una crisis de valores en nuestra sociedad. Sin embargo nadie sabe muy bien qué valores se fueron, ni qué hacer para recuperarlos. Más o menos se menciona como perdidos el valor de la familia, la tolerancia en la convivencia, el respeto, la aceptación de algunas normas de convivencia, la libertad de prensa, la educación, la ética del trabajo, etc. Pero todo esto se da mezclado con la propaganda por diversas formas de familia, por la imposición de ideas dominantes, por populismos de diverso signo, por una propaganda de todo tipo de derechos sin su contracara de deberes, por la exaltación del empleo público, etc.

Entonces vuelve la pregunta: ¿cuál es el sistema de valores que se encuentra en crisis? Y la respuesta es la crisis de lo que llamamos desde siempre la civilización occidental cristiana. Pero cómo se puede definir en pocas palabras esta fenomenal construcción del hombre: como una síntesis llevada a cabo en un proceso de siglos de tres aportes esenciales que son la razón griega, el derecho romano y la religión de Israel. Partiendo del descubrimiento del libre albedrío que no está en otras civilizaciones, esta triple alianza entre Grecia, Roma y el cristianismo es la que genera entre otros frutos su peculiar humanismo. Y es este humanismo el que está en crisis. Es el que explica que le peguen a la madre, que no respeten al prójimo o a la autoridad, que no entiendan el derecho a disentir, a practicar una religión o a defender ideas diferentes.

De entre los ataques filosóficos a este humanismo cabe destacar por su vigencia actual al positivismo y a uno de sus hijos dilectos, el relativismo. De estas corrientes entre otras, surgen conceptos que van debilitando aquel humanismo occidental. Para el positivismo, por ejemplo, la verdad es lo que establece la ciencia, el bien es lo que piensa o hace la mayoría, y lo justo es lo que determina el legislador. Y no es así. La ciencia no nos va a explicar el sentido o el sinsentido de la vida. Ni tampoco progreso es sinónimo de bienestar en especial cuando traducimos bienestar por dinero y consumo. La dictadura del relativismo por su parte nos propone descartar, tildando de fundamentalismo, toda idea clara, firme, para sustituirla por una corriente que no reconoce nada como definitivo.

Es fácil que a partir de estas corrientes y otras se pierda toda referencia ética permanente, que desaparezca toda referencia de autoridad o simplemente de precedencia. La consecuencia del debilitamiento del humanismo tradicional es la sustitución de instituciones morales de referencia por el gobierno o, peor aún, por un partido político que de esta forma debe ser hegemónico. La izquierda ha interpretado bien esta realidad y ha sustituido aquel humanismo por otro muy berreta pero que muchos poco ilustrados aceptan. Es un nuevo humanismo que sitúa en el gobierno de izquierda la superioridad moral, que se considera el titular de la verdad, o el único intérprete auténtico de la aplicación de la justicia.

Una vez que se ha convertido al Frente Amplio en el Vaticano, a sus jerarcas en Cardenales, los que estamos del otro lado no somos ciudadanos con opiniones diferentes y legítimas sino infieles. Por eso es que hay una buena masa de frentistas de buena voluntad que han votado a un partido que les supone más que una opción política circunstancial, una forma de sociedad, una fórmula ética, un hombre nuevo. Su error es la sobrevaloración de la política o de su partido, como forma de sustituir un humanismo que no aparece en los programas de gobierno. En efecto no se puede declarar ilegal el egoísmo, subsidiar la solidaridad o mejor todavía la caridad, no se puede imponer la ayuda a los necesitados, no se pueden poner impuestos a las disputas matrimoniales, etc.

Por eso es que cuando finalmente descubren que en su partido hay corrupción, incompetencia, pequeñez o simplemente miseria humana, no entienden qué está pasando. Algunos huyen hacia otros partidos, y otros proponen en cambio más estado, más partido único, más dictadura de las mayorías; es un tema de fundamentalismo religioso, que arranca también con la ignorancia histórica que cree con Benedetti que desde Carpintería el país estuvo en la luna hasta que llegó el Frente.

La elección debería ser menos dramática entre los que quieren y ojalá puedan hacer mejor las no demasiadas cosas que un gobierno puede realizar en un país de nuestras dimensiones. Y para eso no hay que hacer sesudos análisis; basta con ver lo que ha pasado en estos últimos 15 años, no solo en materia económica, sino en especial en temas de nuestra institucionalidad malherida por quitar roles de los ciudadanos para entregarlos al partido dominante.

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