Editorial

La gran mentira de Vázquez

El tema de la crisis educativa fue, sin dudas, el eje central de la última campaña. Allí el hoy presidente Vázquez hizo ostentación de asumir la gravedad de la situación, y se mostró como la figura con la autoridad, la experiencia y el equipo necesario para encaminar una reforma a fondo del sistema de la enseñanza pública.

Incluso no tuvo empacho en sugerir que la culpa de que en los cinco años previos no se hubieran tomado las medidas necesarias para ese fin compartido por toda la sociedad, fue de la improvisación y la falta de empuje de José Mujica.

En ese marco fue que se anunció que la ministra de Educación sería María Julia Muñoz, una figura "del riñón" de Vázquez, y que siempre había estado en los lugares calientes de todos sus gobiernos; en la Secretaría General de la IMM cuando hubo que enfrentar a Adeom, en el Ministerio de Salud Pública cuando hubo que imponer la reforma de la salud. A siete meses de haber asumido el gobierno, hoy sabemos que lo de Vázquez era todo una gran mentira.

Resulta que tras el primer choque con los gremios, y luego de una confusa e improductiva declaración de esencialidad (algo que según fuentes del círculo íntimo fue el producto de una "calentura" de Vázquez, y contra la opinión de todos sus asesores) la gran reforma prometida, los grandes cambios anunciados, han quedado en la nada.

Peor aún. Las dos figuras más representativas de este nuevo proyecto reformista, aquellos con los que Tabaré acudía a cada evento de campaña a explicar su plan y a mostrar que había una hoja de ruta precisa, acaban de salir por la puerta trasera del gobierno, agotados por una lucha en la que no contaron con ningún respaldo, y en la que Vázquez no puso en juego para defenderlos ni un gramo de su tan mentada autoridad. Es más, para agregar agravios, la ministra Muñoz llegó a sostener que con la salida del director nacional de Educación, Juan Pedro Mir, y del subsecretario del ministerio, Fernando Filgueira, "el país no se pierde de nada".

Lo primero que cabe señalar ante tan impertinente y soberbio comentario, es que ambos exjerarcas tienen una cualidad particular por la cual su salida sí implica una pérdida para el país, y es que, a diferencia de la ministra Muñoz, ellos saben algo de educación. Mir y Filgueira son dos técnicos solventes, que más allá de diferencias puntuales, son reconocidos en el medio y en el exterior, que pusieron su nombre, su credibilidad y su trabajo, en pro de un proyecto de reforma que creían esencial. Y que, como muchos uruguayos, cometieron el error de creerle al presidente Vázquez que esta vez iba en serio.

Francamente, un pecado difícil de entender, cuando el propio Vázquez fue el que generó en su primer gobierno la agudización de todos los problemas de la educación pública, al sentar a los gremios en los organismos directivos de la enseñanza. Gremios dominados por sectores radicales e ideologizados, que creen que su tarea es convertir a los estudiantes en seres proclives a sus planteamientos dogmáticos y avejentados. En vez de darles herramientas para adaptarse al complejo y competitivo mundo de hoy. Cómo sorprenderse entonces, de que cada vez más jóvenes deserten de un sistema educativo pensado así y manejado por gente con esa cabeza.

Y ya va siendo hora de dejar de engañarse. Hasta ahora se le ha vendido a la ciudadanía que el pobre Vázquez querría hacer cosas para bien, pero que un Codicen dominado por agentes del statu quo e impuesto por ese ogro conveniente llamado "el mujiquismo", el que impedía avanzar. Otra mentira.

Es claro a esta altura, que quien sostiene a estos dirigentes del Codicen que frenan cualquier reforma que pretenda acercar nuestro sistema educativo a las necesidades del siglo XXI es el propio Vázquez, cuyo vínculo personal con figuras como Wilson Netto, de probada insolvencia técnica y atraso profesional, debería ser analizado más a fondo. A nadie se le puede hacer creer que Mujica tiene tanto peso como para imponer a una persona con la personalidad de Vázquez, a dirigentes que él no quiere, en cargo estratégicos. ¡Por favor!

La señal que da todo esto es lamentable. Por un lado se descarta a dos personas solventes que jugaron su futuro profesional convencidos de que se podía mejorar el sistema. Por otro, se fortalece a los retrógrados que manejan el sistema hace años con resultados lamentables. Y, lo más grave, es que todo hace pensar que habrá que esperar cuatro años para que la educación pueda experimentar un cambio en serio. En ese plazo, serán miles los jóvenes uruguayos condenados a un futuro de miseria e ignorancia. Trágico.

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