EDITORIAL
diario El País

La gran democracia desafiada

Respecto de Estados Unidos cabe estar cada vez más preocupados. Si no se respeta y se niega el resultado de las elecciones, esa gran democracia que ha sido para Occidente con sus yerros y virtudes, el faro de estabilidad republicana, se encuentra en peligro.

Biden ganó los recientes comicios por 306 votos contra 232 en el colegio electoral y ni hablemos de los resultados del voto popular, que fue por la apabullante diferencia de 8 millones a su favor y sin embargo, Donald Trump ha logrado instalar la mentira en un relato contestatario y divisionista.

Sus arengas insisten en "nos robaron la elección" pese a haber perdido con los márgenes arriba mencionados. "Fue un fraude masivo" argumentó, aunque en ningún caso pudo demostrarlo a pesar de las múltiples denuncias que su ejército de abogados presentó en distintas instancias judiciales, tanto a niveles estatales como en el fuero federal, llegando inclusive a la Suprema Corte. Todas esas denuncias fueron desechadas mientras se mantenía en vilo al país y a buena parte del mundo.

En el Partido Republicano, quien no avale hoy la postura "ganó Trump”, es ninguneado o peor. Es destituido de su cargo o va en camino de serlo. Se ha desatado una persecución a quienes no se adhieren al relato del fraude. Los que saben que la aseveración no es cierta, callan. Temen discrepar. Otros, los más ignorantes, la quieren creer y los más arribistas y cínicos la pregonan. Se ha instituido una especie de voto de lealtad para purgar a los de dudosa fidelidad al relato populista. Esto es especialmente grave si miramos hacia adelante, para el surgimiento o la selección de nuevos líderes.

Fue emblemático lo ocurrido con Liz Cheney, quien se rehusó con determinación a someterse a la mentira propiciada por el expresidente Trump de que le habían robado el triunfo. El firme discurso en la Cámara de Representantes de esta mujer que ocupaba el tercer lugar en importancia dentro en Grand Old Party (GOP) haciendo frente a las infundadas denuncias de Trump, no impidió que este lograra su objetivo, manejando tras bambalinas los hilos, para sacarla de su puesto. Dijo la diputada republicano, “mi decisión de enfrentar a Trump es por una cuestión de principios. Advierto que permitirle aseverar que la elección fue robada equivale a un ataque a la democracia y destruye los valores republicanos y al partido”. “Si buscan que sus líderes faciliten y difundan mentiras perniciosas, yo no seré uno de ellos.”

A más largo plazo, en parte por las fisuras y tensiones latentes (raciales, sociales, económicas y otras) se puede vislumbrar un serio despertar de ideas secesionistas en los estados que conformaron la confederación y un abrir las heridas de la guerra civil, un tema que parecía haber quedado atrás.

Si Trump no vuelve a ser electo presidente y le queda salud, probablemente siga atizando a los fantasmas de la discordia, impulsando el fortalecimiento del extremismo y no solo en su partido. Es en el resentimiento y la desunión que el magnate inmobiliario (con varias quiebras en su haber) y exitoso "show-man" de la TV, se siente cómodo.

En el Partido Republicano, quien no avale hoy la postura; “ganó Trump” es ninguneado o peor. Es destituido de su cargo o va en camino de serlo. Se ha desatado una persecución a quienes no se adhieren al relato del fraude.

Biden, por su reloj biológico sabe que posiblemente disponga de un horizonte de tiempo acotado, así que la inquietud y fragilidad que eso transmite es un estímulo para los adversarios internos y externos. A pesar de esto, pisa el acelerador para impulsar su agenda, si bien no puede apoyarse en todos los estamentos de la comunidad política, como hubiera sido lo mejor. Es decir, con el apoyo del ala moderada de ambos partidos. Tanto del Republicano como del suyo, para impulsar las grandes políticas conjuntamente, como se hizo con alguna frecuencia en el pasado.

Uno de los flancos débiles que tiene la móvil sociedad norteamericana es la escasa y mala documentación de sus habitantes. No existe la cédula de identidad, ni la credencial cívica. Esta situación se presta a oportunidades para discriminar, ahuyentar y amedrentar a los votantes de ciertos distritos, simpatizantes del partido no dominante en la región. A mucha gente en ciertas áreas se les impide acceder a las urnas por no poder probar su residencia u otros galimatías obstruccionistas.

En algunos estados se están reforzando los reglamentos para supervisar el proceso electoral para evitar que en el futuro se pueda producir el aducido, (ya sabemos por quién ), fraude electoral, en los próximos comicios. En algunos casos son con ánimo de mejorar el sistema de votación pero en otros es perceptible el interés del partido más poderoso por dificultar el acceso a las urnas de los opositores y en esa línea están actuando con llamativa diligencia.

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