EDITORIAL

Gramsci y la hegemonía

¿Alguien conoce alguna fundación o centro de estudio de los partidos de oposición que cuente con las subvenciones definidas en el presupuesto nacional para las fundaciones Zelmar Michelini o Mario Benedetti, notoriamente frenteamplistas?

El editorial del pasado 27 de noviembre referido a la revolución rusa y Antonio Gramsci abrió un espacio para que distintas columnas analizaran la influencia del pensador italiano en la historia y la actualidad del país.

Dos prevenciones deben tomarse cuando se reflexiona sobre el protagonismo de la acción cultural en la vida política nacional y sobre la particular visión que Gramsci tenía de esta dimensión de la tarea revolucionaria comunista. En primer lugar, hay que diferenciar lo que efectivamente fue propio de la actividad comunista en el contexto de la Guerra Fría en una región que la Unión Soviética entendía era una zona de influencia natural de Estados Unidos, de lo que entra en la particular interpretación propagandística y maniquea que, mal que bien, asocia la perspectiva gramsciana a explicaciones propias de la teoría de la seguridad nacional.

Es evidente que Gramsci dio importancia a lo cultural como dimensión clave de la prédica revolucionaria y que su impronta tuvo repercusión en nuestro continente. Pero es evidente también que la fineza de su análisis no puede encasillarse dentro de la grosería simplificadora, soldadesca y extendida por el continente en base a impulsos estadounidenses, de la teoría sesentista anticomunista que sostuvo que había que eliminar a un enemigo interno que, en este caso, parecía que se arropaba en Gramsci para mejor actuar en las sombras.

En segundo lugar, si bien es claro que el campo de la cultura fue colonizado por la acción, la prédica, el talante y el protagonismo marxista leninista en la segunda mitad del siglo XX en varios de los principales países de Sudamérica, se hace difícil sostener la tesis de que todos los actores de ese gran reparto internacional actuaran de consuno y obedeciendo órdenes geopolíticas estratégicas unívocas provenientes de la Unión Soviética. No se puede negar que el discurso contrahegemónico, para retomar la expresión de Gramsci, ganó cuerpo y se extendió por doquier; empero, se hace más difícil probar con rigor histórico que tras esa amplia profusión izquierdista se escondía una única mano siniestra que oficiaba como una especie de vanguardia revolucionaria gramsciana coordenada y eficaz.

La clave está en aceptar que, ya sea unívoco y consciente o ya sea múltiple y tácito, lo cierto es que existió un embate que concentró sus esfuerzos en el ámbito de la cultura, sobre todo luego de la revolución cubana. Hoy en día, como bien expresara Hugo Burel, para entender al país hay que reparar en que existe una hegemonía izquierdista que influye decisivamente en la "producción cultural, en los criterios de evaluación y crítica, la valoración de los creadores, los contenidos de las obras y en general las preferencias culturales de muchos uruguayos".

Si bien tiene razón Esteban Valenti cuando afirma en esta polémica que si en estos años hubieran empeorado las condiciones de vida de la gente no habría habido hegemonía alguna capaz de haber hecho reelegir al Frente Amplio, también es verdad que el amplio proceso de acumulación político y electoral de la izquierda se fue construyendo a la par del impulso por asegurarse la hegemonía cultural que bien señala Burel. En ese empeño, y aunque nada diga Valenti al respecto, se utilizó al aparato estatal cuando estuvo al alcance de la mano frenteamplista.

Hay dos ejemplos, entre decenas posibles, de esa utilización: ¿en qué otra cosa más que en instrumentos de propaganda izquierdista ha transformado el Frente Amplio a Canal 5 o a TV Ciudad? ¿Acaso alguien conoce alguna fundación o centro de estudio de los partidos de oposición que cuente con las subvenciones definidas en el presupuesto nacional para las fundaciones Zelmar Michelini o Mario Benedetti, notoriamente frenteamplistas?

Las actuales batallas electorales ocurren en un contexto en el que el universo simbólico del ciudadano ya está configurado, y desde hace décadas, por la hegemonía izquierdista: esa a la que le resulta natural enviar a Cuba a un equipo periodístico de Canal 5 por la muerte de Fidel Castro, y no cubrir de forma particular la muerte del ex presidente Jorge Batlle; esa que critica a Macri pero alaba a Maduro; esa que, en definitiva, va construyendo todo nuestro imaginario político con un sinfín de pequeños gestos de sentido pro- Frente Amplio.

Como bien escribió Burel, la hegemonía cultural de inspiración gramsciana existe. Se precisa enfrentarla con un imaginario que recupere nuestro talante liberal, tolerante y abierto: ese que nos hizo un país ejemplar en el mundo.

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