EDITORIAL

Otro golpe a la inclusión

Sí. Esta es una nota dolorida por la muerte de un joven que estaba logrando una mejor vida. Y es también una acusación a los que podían haberla evitado, con políticas sociales verdaderas y no de la boca para afuera. Háganse cargo.

"Un golpe a la exclusión" fue el título de una nota publicada en nuestro suplemento dominical a fines de marzo de 2015, en la que se informaba que 35 niños en situación de vulnerabilidad so-cial habían encontrado en el Club de Golf del Cerro un espacio para recuperar sus vidas.

La utilización del deporte y la cultura como herramientas para la inclusión social es una práctica exitosa en todos los países donde se aplica. Expertos en educación son contestes en que este tipo de ofertas, que aúnan formación y entretenimiento, ayudan a ocupar a los niños y jóvenes, a generarles desafíos de superación personal que los entusiasman y, con ello, a apartarlos del ocio y los riesgos de dejarse llevar por una vida sin horizontes. Esto nos lo ha enseñado el colombiano Jorge Melguizo en sus habituales visitas a Uruguay, al contarnos cómo la construcción de una decena de parques-biblioteca en las otrora zonas rojas de Medellín —una ciudad que supo ser la más violenta del mundo— coadyuvaron eficientemente en la inclusión social de muchachos que solían ser la carne de cañón de los cárteles de la droga. Más recientemente, es de destacar la experiencia de Islandia. Asesorado por un psiquiatra norteamericano que estudió la adicción a las drogas, el gobierno de ese país logró abatir sustancialmente los índices de consumo de esas sustancias entre los jóvenes, no liberando su venta, como acá, sino subvencionando a las familias para que obligatoriamente los hagan aprender artes o practicar deportes.

Pero volvamos a la crónica de El País de hace tres años.

Quiso el destino que el martes pasado, uno de esos chiquilines que había encontrado un camino de superación personal e inclusión social en el golf, fuera ultimado de dos balazos por unos delincuentes, tras robarle su morral.

La tragedia conmovió al barrio y al país. Antony Macadis se había acercado al Club de Golf del Cerro en una condición de vulnerabilidad extrema. En la escuelita creada allí no solo encontró contención y afecto, sino que además pudo desarrollar un talento extraordinario para el deporte, que lo llevó a ganar torneos y representar al país en un campeonato internacional, en 2014. Admiraba a Juan Álvarez, otro cerrense como él, que se había convertido en el golfista nacional más destacado, y que llegó a regalarle los palos que seguía usando hasta el día que murió. Y cultivaba una hermosa amistad con su profesor Alcides Flores, quien según consigna la crónica, incentivó a los niños y adolescentes del barrio a que "en lugar de estar en una esquina", practicaran este deporte. Tal vez Antony no había conseguido zafar de la pobre-za, pero sí de la marginación cultural y social. A pesar de eso, todo terminó con la absurda y trágica rapiña del martes pasado.

Otro golfista, Eduardo Portela, publicó un mensaje en las redes sociales que recomendamos leer con atención. Pocas veces queda tan claro lo que está pasando en esta sociedad desbordada por la violencia. Dirige sus palabras "a quienes todavía les importe", y tras recordar a la víctima con emoción, define el símbolo que entraña esta noticia con meridiana precisión: "La muerte de Antony no es una muerte más. Es la muerte de un futuro mejor a manos de los que representan un presente nefasto y un futuro peor. Es matar la esperanza de que con el esfuerzo y la voluntad se llega, porque sin neuronas, sin educación y con saña, se dispara. Es aceptar que ganaron los delincuentes y que la gente con valores simplemente va quedando en el camino. Tirada".

Ahora vendrán a decirnos que hacemos una utilización política de esta tragedia. Como si la responsabilidad recayera solo en esos narcos desquiciados que segaron una vida joven impunemente. O en toda la sociedad, como está de moda decir últimamente, para que ineptos con nombre y apellido zafen de asumir sus culpas y omisiones.

Sería bueno que explicitaran qué Uruguay quieren: si el de Antony, el del esfuerzo por la inclusión, o el de los narcos que lo abatieron. Si el de los miles de docentes que, al margen del corporativismo sindical y la ineficiencia de las autoridades, ponen razón y corazón en salvar cabezas y formar individuos, o el de los que se limitan a escribirse cartitas porque descubren de pronto que hay cientos de psiquiátricos y pastabaseros hambrientos durmiendo en las calles, como nunca en la historia del país.

Sí. Esta es una nota dolorida por la muerte de un joven que estaba logrando una mejor vida. Y es también una acusación a los que podían haberla evitado, con políticas sociales verdaderas y no de la boca para afuera. Háganse cargo.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos

º