EDITORIAL

El gobierno de los radicales

El FA ya no puede disimular más el verdadero protagonismo radical. Ya no será verosímil que en la campaña electoral que se avecina salga Astori cantando melodías de estabilidad, prudencia, racionalidad y diálogo.

Es sabido que dentro del Frente Amplio (FA) conviven distintos matices políticos. Y es sabido también que en tiempo electoral el FA se apoya mucho en su ala más moderada o socialdemócrata a los efectos de lograr mayorías parlamentarias propias. El problema es que tras este aparente pluralismo interno, quienes realmente siempre terminan teniendo la palabra final son los componentes del ala más radical, izquierdista y reaccionaria del FA.

Hay dos ejemplos recientes que son muy contundentes en este sentido. El primero, todo lo que refiere a la iniciativa del Ejecutivo de avanzar en un tratado de libre comercio (TLC) con Chile. Se firmó en octubre de 2016, pero se sigue sin saber hoy si tendrá efectividad, ya que el ala más radical del FA se opone a este tipo de instrumentos de apertura comercial. Además, todos los sectores del FA, incluidos los más moderados, privilegian antes que nada la unidad de la izquierda, por lo que en todo este tiempo el FA no ha permitido que se vote el proyecto en el Parlamento. Es que si así fuera, terminaría sin duda aprobado gracias al voto de los partidos de oposición, y justamente eso es lo que tanto moderados como radicales quieren evitar.

La razón de fondo de todo esto radica en que en particular el sector de Mujica y varios otros aliados que conforman el ala más radical del FA no están de acuerdo con la política de apertura comercial que quiere llevar adelante el presidente Vázquez. En efecto, en un reciente documento que elevó al FA el sector de Mujica disiente del objetivo de avanzar hacia el acuerdo transpacífico —que acaba de firmarse con éxito por Australia, Brunéi, Canadá, Chile, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y Vietnam— o de flexibilizar el Mercosur para abrirse a otros TLC con países de fuera de la región. Para el sector de Mujica, cualquiera de estas opciones supone "un resultado falso de una cuenta que además está mal hecha".

El segundo ejemplo es que recién hace unos días el FA votó en el Senado junto a la oposición un proyecto de ley por el cual se aumenta la pena máxima para los homicidios en determinados casos hasta los 30 años, haciéndolo además un delito inexcarcelable. Se trata de una iniciativa que fue acordada en 2016 por el presidente Vázquez y la oposición en el recordado diálogo por temas de seguridad. ¡Dos años! demoró en aprobarse en el Senado por la renuencia de la parte más reaccionaria del FA para aumentar la pena del homicidio. Una renuencia que terminó cediendo solo cuando sufrimos en este 2018 la epidemia de asesinatos más grave de la historia reciente del país.

Por delante habrá que ver si el FA en el Parlamento termina aprobando la modificación que el Ejecutivo ya definió sobre aspectos del Código del Proceso Penal. Porque, como en el caso del TLC con Chile, también aquí hay diferencias internas muy graves: los radicales, sobre todo con el protagonismo de la senadora Moreira, ya han señalado que no están dispuestos a acompañar esta iniciativa. Y, de nuevo, como de lo que se trata antes que nada es de cuidar la unidad interna del FA, la definición de Vázquez estará supeditada al verdadero mando en el FA que pasa por su ala más radical.

Así las cosas, estos episodios muestran el enorme peso que en este gobierno de Vázquez tienen los sectores más radicales. Pero la clave no es el pasado, sino el futuro.

En efecto, el FA ya no puede disimular más el verdadero protagonismo radical. Ya no será verosímil que en la campaña electoral que se avecina salga Astori cantando en un coro de dirigentes de su sector, o alguna otra figura del ala moderada en similar y fraterna gestualidad frenteamplista, para intentar hacer creer a la gente de que votando a esos sectores habrá garantía de estabilidad, prudencia, racionalidad y diálogo en un eventual futuro gobierno del FA.

Porque en todos estos años, finalmente, nada de eso ocurrió. La estabilidad ha sido la que el ala radical ha querido dar; la reivindicada prudencia no evitó que el FA fundiera Ancap y que el país productivo sufriera hasta el día de hoy sus tremendos costos; la racionalidad frenteamplista no logra abrir la economía siquiera a un TLC con Chile; y el diálogo dentro del FA se acaba cuando su Plenario, dominado por los radicales, le viene en gana.

En la próxima campaña electoral debe quedar claro de una buena vez por todas el voluntarista engaño que sostiene la izquierda moderada del FA. Porque la verdad de esta década progresista es que la última palabra en el FA, siempre, termina siendo la del gobierno de los radicales.

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