EDITORIAL

Gobierno y oposición

Sin embargo, en este año electoral han empezado a aparecer dirigentes de izquierda que pretenden resucitar la vieja trampa de jugar de un lado y del otro del mostrador.

Sufrimos una fragmentación y una fractura sociales muy graves. Fragmentación, porque se multiplican los mundos económicos y sociales diversos con escasos vínculos que generen un sentido colectivo común. Y fractura, porque hay una parte de la sociedad que ha quedado marginada de los valores predominantes en torno a la familia, el trabajo y a la convivencia colectiva.

Estos dos fenómenos se han agravado durante estos casi quince años de gobiernos frenteamplistas. Los mayores ingresos de las familias en todo este largo período de bonanza no han revertido la situación. Por el contrario, la mayor riqueza colectiva ha hecho explícitas esa fragmentación y sobre todo, esa enorme fractura social cuya mayor y más clara traducción es la tragedia de la inseguridad cotidiana que se sufre en los barrios periféricos de la capital.

El fracaso del Frente Amplio gobernante es estrepitoso. No solamente por las cifras escalofriantes en materia de rapiñas, y sobre todo de asesinatos en esas zonas de Montevideo, que dan cuenta de una violencia extendida y sobre todo gravísima, para el caso de la tasa de homicidios (que es allí de las peores del mundo). Sino también porque se concentran en esas zonas otros datos que ilustran la hondura de la fractura social: resultados de pruebas PISA que son de los peores del mundo, con adolescentes que no adquieren los conocimientos mínimos para poder encontrar empleos productivos; mayor abandono educativo que implica menos años de estudios formales para los jóvenes de esos barrios; y finalmente, mayor pobreza infantil y peores niveles de ingresos que en el resto del país.

Lejos de enfrentar esa situación en 2005, en 2010, o en 2015 con programas eficientes y bien definidos que obtuvieran resultados evaluados periódicamente de forma de mejorar progresivamente la calidad de las políticas en estas zonas de mayor fractura social, el Frente Amplio en el poder mostró una inoperancia feroz. Por un lado, promovió programas sociales sin evaluación seria y permanente de resultados, que terminaron muchas veces generando lógicas clientelísticas electorales en favor de la izquierda. Por el otro, permitió de hecho el auge de bandas delictivas que se fueron apropiando territorialmente de zonas enteras, fijando así su arbitraria ley asentada en la violencia privada más infame, y dejando a los más pobres de nuestra sociedad completamente desamparados.

Toda esta realidad social ha sido muy criticada por blancos y colorados innumerables veces a lo largo de todos estos años. Fracaso educativo, a pesar de contar el Frente Amplio por tres períodos con mayorías parlamentarias propias; profunda ineptitud en materia de seguridad pública, que generó un infierno cotidiano sobre todo para los habitantes de Montevideo; y clientelismo y mala calidad de políticas sociales, que no lograron obtener resultados de integración social imprescindibles para avanzar en la senda del desarrollo económico nacional. Cada vez, la respuesta del Frente Amplio fue la defensa de sus políticas frente a lo que consideraron, siempre, una embestida injusta de parte de los partidos de oposición.

Sin embargo, en este año electoral han empezado a aparecer dirigentes de izquierda que pretenden resucitar la vieja trampa de jugar de un lado y del otro del mostrador. En efecto, siguiendo aquel viejo modelo del ex intendente Mariano Arana, que cuando se le preguntaba por algún problema de gestión en Montevideo se horrorizaba tanto como cualquier hijo de vecino, olvidando convenientemente que era él, el principal responsable de los problemas planteados, la izquierda pretende hoy ser gobierno y oposición al mismo tiempo.

El juego es sencillo: algún frenteamplista de pose crítica la emprende contra las políticas sociales o de seguridad del gobierno, incluso a veces de forma más duras que lo que lo hacen blancos o colorados, y se queja así de la gravedad de la fractura social del país. Se critica así, por ejemplo, la falta de visión de largo plazo de las políticas sociales o la mano blanda que caracterizó en materia de seguridad a la década de gobiernos frenteamplistas. Y todo eso se hace, por ejemplo, desde un cargo ejecutivo en el ministerio del Interior, o desde el MPP, que es el sector político que en toda esta década ha sido el mayoritario dentro del Frente Amplio.

Hay que decirlo claramente: jugar a ser crítico a falta de seis meses para las elecciones, cuando se es en realidad enteramente responsable por lustros de los desastres de este gobierno, es tomarle el pelo a la gente.

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