EDITORIAL

Tiempo de gitanos

En ese contexto, más propio del Macondo de García Márquez que de un país que supo ser ejemplar por su cultura republicana, el mito de Mujica será labrado en oro cuando, en pleno año electoral del 2019, se estrene la película de Kusturica.

El último héroe". Parece que así bautizó Emir Kusturica su película dedicada a nuestro expresidente José Mujica. "Está muy buena", dijo este último cuando le mostraron el primer corte.

Si se titula así y le gustó tanto al homenajeado, seguramente el documental no debe haber mencionado algunas minucias de su gestión, como el remate de Pluna, la quiebra de Ancap, los negocios de Aire Fresco y tantas otras acciones heroicas que no estuvieron tan "buenas".

Pero así es cierta intelectualidad europea. En tanto sigan creyendo que somos pueblos camanduleros y bulliciosos, como los gitanos que el propio Kusturica parodiaba en "Gato negro, gato blanco", el exguerrillero devenido en presidente y promotor del porro seguirá siendo más aclamado internacionalmente que sus compatriotas Varela, Rodó y Vaz Ferreira.

Porque a todas luces es mucho más fácil admirar a un tercermundista que lamenta en los foros mundiales que haya muchos autos en Alemania, antes que bucear en la profundidad narrativa de Onetti o en la poética de Ida Vitale. Son las reglas de las nuevas élites del use y tire: la imagen prevalece sobre el concepto y el prejuicio sobre la razón. A la vanidad eurocéntrica siempre le caerá mejor destacar de esta comarca a un "buen salvaje" que a un intelectual verdadero.

Es verdad que la suerte de Mujica, en el plano literario, ha sido desigual. Los autores de "Pepe Coloquios", Alfredo García, y "Una oveja negra al poder", Danza y Tulbovitz, tuvieron la riesgosa idea de transcribir sus dichos en forma textual. Con ello, nos legaron algunas de las declaraciones más asombrosas del personaje, una de las cuales ayudó en hacer tambalear a Lula da Silva de la presidencia de Brasil.

Sin embargo, en el plano audiovisual, a Mujica no podía haberle ido mejor. Forjó su fama insultando en forma memorable a distinguidos periodistas de televisión, y ya sabemos que no hay nada que divierta más a una buena parte de los uruguayos que menoscabar a los comunicadores famosos.

Su inolvidable "no sea nabo, Néber" ya tiene el valor simbólico de mojón inaugural en la caída al vacío de la cultura de convivencia. La notoriedad creciente que lo llevó a liderar la izquierda se produjo a golpes de rating, cada vez que aparecía en un programa periodístico, allá por los años 90. En aquella época, los productores de televisión reconocían que la presencia de Mujica era garantía de picos de audiencia. Entonces, con el mismo desinteresado criterio artístico con que en una época tuvimos a Tinelli hasta en la sopa, los canales le dieron al público lo que el público pedía. Y en exceso.

La consagración internacional le vino cuando el New York Times dedicó una nota a la vida austera de quien definió como "el presidente más pobre del mundo". La mala conciencia de las sociedades opulentas convierte en objeto de culto aquello que percibe como diferente. Es algo como un retorno a la pureza original. Como le sobra ingenio, Mujica entendió el mecanismo y se dedicó a abonar el mito.

Su apelación a la austeridad y los valores espirituales corría paralela a una gestión presidencial errática, plagada de promesas incumplidas, sincericidios vergonzantes y repentismos insólitos. Algún día habrá que armar su obra completa de extravagancias, donde aparezcan cosas como la admisión de haber cambiado a los ex presos de Guantánamo por unas naranjas. O la seguridad que dio a unos empresarios españoles de que los uruguayos somos atorrantes, por lo cual no tenemos ambiciones y no le hacemos mal a nadie.

O la recomendación a los opositores de que cuiden a "sus mujeres". Pero igual, fue, es y será incombustible. Porque por peor que se exprese, siempre recibirá de su interlocutor una sonrisa compasiva que lo exculpe con un "y bueno, ya sabés cómo es el Pepe".

En ese contexto, más propio del Macondo de García Márquez que de un país que supo ser ejemplar por su cultura republicana, el mito de Mujica será labrado en oro cuando, en pleno año electoral del 2019, se estrene la película de Kusturica. Vendrá como anillo al dedo para un Frente Amplio desgastado, que coloca una y otra vez en sus eslóganes y publicidades la palabra utopía, pero es incapaz de responder en el día a día a los deberes más básicos de un gobierno, como educación, salud y seguridad.

Y servirá para consolidar al sector mujiquista de su interna, un aparato de poder tan costosamente inoperante como la regasificadora. Son los últimos héroes, no hay duda.

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