EDITORIAL

El germen de la violencia

Algo anda muy mal. Lo del niño Fausto Gabito no se trata solo de un caso de bullying: fue golpeado y rapiñado en el instituto de enseñanza y la respuesta de las autoridades fue que mejor “estudie en su casa”.

La denuncia del niño de 12 años Fausto Gabito, que estudia en la UTU de Ciudad del Plata, tuvo una repercusión pública tan rápida y amplia como ineficientes han sido las respuestas oficiales.

Ha sido víctima de distintas formas de violencia por parte de chicos de más edad: desde rapiñas y palizas entre varios, con él en el piso, hasta un intento de apuñalamiento.

Por suerte tuvo la idea de narrar estos hechos en un video selfie, que en solo un día se viralizó masivamente y atrajo la atención de la prensa.

Consultada por El País, su madre Águeda Peraza admitió que denunció la situación ante los profesores, adscriptos, la dirección de UTU e incluso la Policía, sin lograr avances. Nos interesa poner el énfasis en dos testimonios, indicativos de la trascendencia que el Estado uruguayo asigna al fenómeno del bullying. "La respuesta de la directora fue que son chicos, que son las hormonas, que tengo que decirle a mi hijo que se defienda porque se está abriendo camino a la vida". Cuando la señora viajó a Montevideo para recurrir a las llamadas “Unidades Convivenciales de Acción Educativa” dependientes de UTU, la respuesta fue deplorable. El propio Fausto relató en el video del escándalo que “me dijeron que estudie en casa y que al final voy a hacer unas pruebas, y a mí no me parece justo porque yo quiero estudiar”. ¡Vaya si será injusto!

Siempre es interesante constatar la distancia que existe entre la creatividad que han tenido estos gobiernos del FA en bautizar organismos públicos, y la escasa o nula efectividad de gestión de los mismos. El rimbombante nombre de “Unidades Convivenciales de Acción Educativa” no puede ocultar la manera atroz en que incumple su función, recomendando a un niño que sufre de bullying que se quede en la casa, en lugar de protegerlo para que ejerza el derecho de recibir el servicio educativo.

La observación no es menor porque, en el fondo, es un símbolo de la actitud del gobierno frenteamplista ante la inseguridad pública. En lugar de reprimirla con todo el peso de la ley, la naturaliza y recomienda a las personas de bien que retrocedan en el goce de su libertad. Uno no puede menos que recordar a aquel concejal de Punta Carretas que recomendó a las vecinas que se abstuvieran de usar joyas, para no alentar a los ladrones. O la exótica idea de que las luces de las ambulancias que entran a las zonas rojas sean de un color distinto a las de los patrulleros, para que las bandas de narcos les tengan piedad. O el clásico “si te engaña, no la fajés” con que el expresidente Mujica pretendió resolver el flagelo nacional de la violencia basada en género.

El bullying se ha dado en todos los tiempos en nuestra sociedad, que conserva de manera soterrada y vergonzante muchos signos de la “cultura bárbara” tan bien analizada por el historiador José Pedro Barrán. En los últimos años, la psicología lo ha integrado al menú de las disfunciones sociales, y en Uruguay contamos con una experta que se ha dedicado en forma prioritaria al tema: la psicóloga Silvana Giachero, autora del libro “Bullying y Mobbing: haciendo visible lo invisible”, una referencia internacional en la materia.

Pero además, en la Comisión parlamentaria de Educación duerme desde hace tres años el sueño de los justos, un proyecto de ley promovido por la representante nacionalista Lourdes Rapalin, de “Acoso, hostigamiento o bullying en instituciones de enseñanza”. Una norma de estas características interpondría una eficiente política de prevención y ataque, tanto a un caso como el de Fausto Gabito, como a las denuncias de acoso sexual que se están dando en la Facultad de Ciencias y muchas otras que han tenido resoluciones dudosas o directamente inexistentes.

La insensibilidad con que el sistema político está manejando el tema, con la mayoría parlamentaria frenteamplista a la cabeza, no se condice con el impacto sociocultural que posee. Porque digámoslo claro: el bullying es el germen de la violencia social.

La agresividad que se transmite en la escuela y el liceo es la que después continúa en la vida adulta, alimentando la subcultura delictiva, la violencia de género y el terrible auge de suicidios.

Es notorio el desequilibrio que existe entre la preocupación de la sociedad sobre este punto y la inacción del gobierno al respecto.

Tal vez por eso, una frase proferida por el niño Fausto Gabito en su video, pueda extrapolarse a una visión general de lo que está pasando en el país con la cultura de la convivencia: "merecemos algo mejor".

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