Editorial

Gabinete en las sombras

Azucena Arbeleche tiene la gran virtud de develar con precisión quirúrgica las ineficiencias del gobierno. La reacción destemplada de los jerarcas frenteamplistas es directamente proporcional a la puntería de sus críticas.

La economista Azucena Arbeleche habla poco, pero cuando lo hace, la clava en el ángulo. La eventual Ministra de Economía en un gobierno de Luis Lacalle Pou ya había causado revuelo en plena campaña electoral del 2014, cuando el Frente Amplio se ufanaba de unos números ejemplares y todos estábamos convencidos de ello. Una encuesta de Cifra de esa época daba cuenta que el 56% de los uruguayos estaba conforme con la situación económica del país.

En aquella oportunidad, en una memorable entrevista televisiva, Arbeleche alertó sobre determinadas "luces amarillas que a la larga pueden transformarse en rojas".

De la vereda de enfrente la menoscabaron todo lo que pudieron, a horcajadas de un triunfalismo que el tiempo se encargaría de desmentir. Porque apenas asumió Tabaré Vázquez, debió reconocer que los números no estaban tan bien como se había proclamado.

El nuevamente designado ministro Astori, que había prometido no aumentar impuestos y negado la advertencia de Arbeleche, no solo terminó asumiéndola sino que además lanzó un impuestazo, eufemísticamente llamado "consolidación fiscal", acompañado de un impiadoso aumento de tarifas

De ahí en más, Ancap, regasificadora, Fondes, todas las aventuras ruinosas de la administración del último héroe de Kusturica fueron saliendo a la luz, y la intención de mejorar el equilibrio fiscal viene naufragando hasta el presente.

Más recientemente, hace un año, entrevistada por nuestro suplemento Economía y Mercado, Arbeleche criticó la rendición de cuentas con otra imagen muy gráfica, como aquella de las luces amarillas. Observó que en un presupuesto total de 14 mil millones de dólares, el gobierno era incapaz de ahorrar 112 millones y descargaba nuevos impuestos sobre los contribuyentes.

La economista del Partido Nacional calificó la operación como "un cálculo de servilleta".

En el Olimpo se volvieron a enojar. El Director de la OPP, Álvaro García, se refirió a los dichos de la economista como "política del fango". Ambos expertos se cruzaron en la presentación de un informe del Foro Económico Mundial sobre competitividad y protagonizaron un áspero (y necesario) debate.

Ahora nomás, la semana pasada, esta vengadora de la falsa infalibilidad astorista volvió a la carga, declarando al semanario Búsqueda que el actual desequilibrio fiscal puede desembocar en que el próximo gobierno herede la pérdida del investment grade.

El delfín de Astori y precandidato del frágil sector moderado frenteamplista, Mario Bergara, calificó la expresión de "extremadamente irresponsable", como si solo por haberla dicho se estuviera influyendo en las calificadoras de riesgo, cuando en realidad pueden ver por sí mismas que el déficit sube pero sigue la fiesta.

Por eso lo dicho al principio: Azucena Arbeleche tiene la gran virtud de develar con precisión quirúrgica las ineficiencias del gobierno, aportando su solvencia técnica y, adicionalmente, valiéndose de metáforas claras y contundentes.

En tal sentido, la reacción destemplada de los jerarcas es directamente proporcional a la precisión de sus críticas, lo que vuelve a poner de manifiesto cuál debería ser el rol opositor en lo que falta hasta que lleguen las ansiadas elecciones de 2019.

Ya no se trata de una actitud meramente reactiva a los disparates con que nos sorprende el gobierno en forma habitual. Ahora es momento de algo más profundo: informar a la ciudadanía con contundencia sobre los errores de gestión y proponer los correctivos que deberían aplicarse ya, sin esperar hasta el cambio de mando. Esta es la hora de los técnicos: dirigentes capacitados, con buen manejo de la comunicación, que marquen falencias y señalen caminos.

Está claro que el Frente Amplio en el poder luce agotado, carente de ideas, encima de una balsa a la deriva pero administrando un estado Titanic que ellos mismos engordaron.

Entonces el Partido Nacional, lejos de perder tiempo y energía jugando a la mosqueta entre sectores, debería instaurar un gabinete en las sombras que demuestre desde ahora cómo se debe gobernar y cómo se gobernará. Combatir los lugares comunes y los falsos axiomas a que nos tienen acostumbrados, con su hipótesis refundacional desde 2005 y su apuesta al maniqueísmo ético derecha-izquierda, el cada vez menos creíble expediente con que siguen justificando sus desaciertos en una supuesta superioridad moral.

El país no resiste más improvisación. Ya no se trata de tirar piedras desde la vereda de enfrente. Ahora: a desenmascarar falencias.

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