EDITORIAL

El futuro en las urnas

Si desvalorizamos el derecho al voto o por falta de compromiso lo omitimos, estaremos renunciando a la posibilidad de incidir en el país en los próximos cinco años. Solo tendremos derecho al silencio.

Cinco años después, las urnas vuelven a convocar para que los uruguayos decidan su futuro: hoy votan los ciudadanos y empieza el camino hacia el 1° de marzo de 2020, cuando -agotado el mandato de esta administración- se instale un nuevo presidente y un nuevo gobierno. Y lo que se decida hoy compromete a todos y compromete el destino del país por otros cinco años.

Hoy los uruguayos eligen directamente, sin intermediarios, quiénes podrán aspirar al máximo poder ciudadano. Y se hace a través del voto secreto, en la intimidad de un cuarto rodeado de hojas de votación, sin rendir cuentas a nadie más que a su propia conciencia. El secreto convierte al acto de votar en la expresión de la más absoluta liberalidad democrática. Ante las diversas opciones, presiones y compromisos el ciudadano está solo, nadie lo controla, nadie lo mira. Coloca una lista en un sobre, lo cierra y lo introduce en una urna. De ese voto, de ese acto tan simple, surge luego la legi-timidad del poder que recaerá en el vencedor.

La consigna de la jornada debe ser votar. No hay excusas para no hacerlo. Se dirá que el voto de hoy es voluntario y que no acarrea ninguna sanción. Pero no votar hoy es amputarse la mitad del supremo derecho de los ciudadanos de elegir su gobierno, es menospreciar la posibilidad de ser protagonistas y asumir el deber que corresponde con el país, con su propia dignidad republicana y, sobre todo, con las nuevas generaciones. Esas que surgen, buscan sus horizontes y no siempre los encuentran en esta tierra.

Las elecciones internas determinan quiénes serán los únicos candidatos que podrán aspirar a la Presidencia. Y, ¡por favor!, no todos los candidatos (o los políticos) son iguales. Ese gastado sonsonete sobre los políticos es solo una triste exhibición de descontento por la frustración de un gobierno mal elegido o por un alarde de estupidez humana que abraza fáciles consignas antes que pensar. Porque lo único que tienen de “igual” los políticos es que todos acceden a sus cargos exclusivamente por el voto ciudadano. Si están en el Parlamento o en la Torre Ejecutiva es porque alguien -o muchos miles- los votó, se tomó la “molestia” de ir a una mesa de votación y sufragar.

Si el ciudadano no vota, si no hace uso de ese supremo poder, si considera que no puede perderse una hora cada cinco años para cumplir con su deber de intentar elegir a los mejores, pierde el derecho a criticar: tuvo la posibilidad de elegir y cambiar, pero optó por la nada.

Si desvalorizamos ese derecho o por desidia, comodidad o falta de compromiso lo omitimos; si no estamos dispuestos a invertir -o sacrificar, para los pesimistas- un rato de este día para decidir lo que ha de ocurrir en los próximos cinco años, después no protestemos: estaremos ilegitimados para reaccionar cuando otros arrasen con nuestros sueños y pisoteen carísimos derechos. Se rechazó lisa y llanamente la posibilidad de ser parte del futuro y esa pasividad permitió el triunfo de un demagogo, un incapaz o un corrupto y marcó la derrota del inteligente, del honesto o del respaldado por un buen equipo. Porque no todos los políticos son iguales: solo los votos son iguales y todos valen uno.

La democracia no garantiza buenos gobiernos, solo asegura gobiernos legítimos. No siempre gana el mejor, solo gana el que tiene más votos. Si votan mal o no votan, a no quejarse: la culpa de las futuras desgracias no será porque “todos los políticos son iguales” sino porque se eligió mal o, mucho peor: ni siquiera se votó, se renunció a opinar cuando se le llamó a hacerlo.

Pero hay otro punto, fundamental en estas elecciones internas: las democracias fuertes descansan sobre partidos políticos fuertes. Allí donde están sin respaldo y malheridos, crecen los autoritarismos y se amenazan las instituciones republicanas. La región está llena de ejemplos de lo que ocurre cuando los partidos políticos se debilitan porque los ciudadanos abandonan la militancia partidaria. Aparecen autócratas mesiánicos, se saltean las Constituciones, arremeten contra los derechos y libertades de los ciudadanos, destrozan la separación de poderes y convierten al Poder Judicial (la máximo garantía de todo individuo) en un engranaje más de sus delirios absolutistas. Venezuela es el paradigma de estos regímenes, aunque no el único. El contraveneno son justamente los partidos bien organizados y sólidamente respaldados, que crecen en democracia y cuidan a los gobernantes de sus excesos porque la rotación del poder está a la vuelta de la esquina.

El futuro es hoy. Por favor, vote. No deje que otros resuelvan por usted.

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