Editorial

Frente Amplio partido

Si eventualmente ganara nuevamente el FA la presidencia el año próximo, la representación de izquierda radical en el Parlamento no asegurará con sus votos ninguna gobernabilidad que deje primar un mayoritario perfil frenteamplista moderado y socialdemócrata.

Con tanta atención puesta en el mundial de fútbol han pasado desapercibidos un par de episodios políticos parlamentarios claves para la lógica de gobierno del Frente Amplio (FA). En efecto, por primera vez desde 2005, la izquierda ha votado dividida temas sustanciales para el Ejecutivo y si no fuera por los votos de la oposición, las iniciativas no hubieran sido aprobadas.

El asunto es del mayor interés político. En los tres gobiernos frenteamplistas, la izquierda contó siempre con mayoría parlamentaria propia para traducir su proyecto político en leyes. A través de negociaciones más o menos demoradas o ásperas, el FA terminaba poniéndose de acuerdo en su interna y de esa forma conducía el tratamiento de los temas, prescindiendo incluso muchas veces ya no solo de los votos sino también de las sugerencias y mejoras que podían aportar los parlamentarios electos por los partidos de oposición.

Fueron contados los casos en los que primó el desacuerdo en la bancada oficialista sobre temas mayores que hicieron al rumbo del gobierno. Cuando ocurrieron, tuvo consecuencias políticas graves para los parlamentarios indisciplinados que marcaron su discrepancia, como por ejemplo la renuncia de Fernández Huidobro al Senado por la anulación de la ley de caducidad que, de todas formas, el FA disciplinadamente terminó votando en una instancia posterior.

Cierto es que en la ley de despenalización del aborto bajo la administración Mujica hubo un diputado del FA que dejó en minoría a su partido en esa Cámara, pero también es cierto que se trataba de un tema de consciencia y que además nada menos que Tabaré Vázquez objetaba esa ley. Para el caso más reciente del diputado Mujica, que dejó también en minoría al FA en esa Cámara, la verdad es que ya había tomado distancia del partido de gobierno y luego terminó renunciando a su banca.

Así las cosas, en todos estos años el FA hizo de su disciplina partidaria en el Parlamento un argumento clave de su capacidad y de su coherencia de gobierno. Podía haber mucha discusión y polémica, pero llegado el momento, todos los parlamentarios del FA acompañaban lo decidido por su fuerza política con sus votos.

El cambio sustancial ocurrió en estas semanas en el Senado. Fue en dos etapas. En primer lugar, cuando se trataron las reformas al Código del Proceso Penal, varios artículos no fueron votados por sectores enteros del FA que no estaban de acuerdo con ellos. El criterio general dentro de la izquierda para esa ocasión fue que había libertad de no votarlos, porque de todos modos eran artículos que serían aprobados gracias a los votos de los Senadores de la oposición. Así, el FA votó dividido en un tema sustancial de gobierno.

En segundo lugar, la división fue total cuando la votación en el Senado del Tratado de Libre Comercio con Chile. A pesar de los meses de demoras y a pesar de lo fijado por el Plenario del FA, no hubo votos del FA para que se ratificara ese tratado ya que, expresamente, se ausentó de sala la senadora Moreira. Una primera votación dejó explícita esa situación, y en una segunda instancia la mayoría de los votos del FA se unieron a los de la oposición para finalmente aprobar la ratificación. De nuevo el FA votó dividido y de nuevo la iniciativa salió adelante gracias a los votos de los Senadores opositores.

El FA ya no funciona con coherencia política en el Parlamento. Sus divisiones ideológicas son tan profundas que no hubo forma de que la colcha de retazos izquierdista votara unida en temas sustanciales. Se trata así de la noticia política más importante de los últimos años porque cambia sustancialmente lo ocurrido hasta ahora. Incluso, si la academia politológica nacional no fuera tan dependiente de la hegemonía cultural de la izquierda, ya habrían surgido varios sesudos análisis que darían cuenta del cambio de época que todo esto significa. Se sabe, ocupada en pastar mansamente en la pradera frenteamplista, nada dirá, porque hacerlo significaría perjudicar las chances del FA para 2019.

Y es que aquí está la clave de estos episodios. Sea cual fuere el candidato presidencial que termine definiendo el FA, la verdad es que estas votaciones han dejado claro que la izquierda más radical no votará iniciativas que no la satisfagan ideológicamente. Si eventualmente ganara nuevamente el FA la presidencia el año próximo, la representación de izquierda radical en el Parlamento no asegurará con sus votos ninguna gobernabilidad que deje primar un mayoritario perfil frenteamplista moderado y socialdemócrata. Hay que tenerlo muy claro.

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