Editorial

El Frente Amplio y el liceo militar

En vez de definir qué es lo que hace al liceo militar exitoso y en vez de replicar ese modelo como gran instrumento de ascenso social, prefiere contemplar su zurdo ombligo político pleno de consignas sesentistas.

Sabido es que el Frente Amplio no las tiene todas consigo para las elecciones de 2019. Y como ocurre casi siempre que está en problemas, recurre a la vieja prédica de denostar a los militares. Esta vez, la iniciativa, que seguramente se apruebe como consigna programática el próximo diciembre, se plantea cerrar el liceo militar.

La información del semanario Búsqueda del pasado 20 de setiembre es muy clara. El liceo militar cuenta con algo más de 400 estudiantes entre sus sedes de Montevideo y Tacuarembó; su presupuesto es menor que el de un liceo típico de Secundaria, pero sus estudiantes muestran mejores resultados en calidad de aprendizajes; y todos los años se anotan para intentar cursar allí prácticamente el doble de los candidatos que efectivamente terminan haciendo sus estudios en ese liceo luego de aprobar una prueba de ingreso. Por año hay pues centenares de familias que querrían enviar allí a sus hijos pero que no lo logran por falta de cupos.

El liceo militar es más barato en sus costos y más eficiente en sus resultados que un liceo común. Uno de sus diferenciales es su mayor disciplina. Ella genera, claro está, un sentido de pertenencia a la institución, de identidad definida y legítimamente orgullosa. Pero no se engañe el lector: no por todo esto se trata de una institución militarizada. Al contrario, es un liceo plenamente integrado a la sociedad civil: menos del 10% de sus alumnos pertenecen a familias con integrantes militares. Y por si fuera poco, la mayoría de sus estudiantes son de perfil socioeconómico de clase media y baja.

Cualquiera que analice fríamente todos estos datos debiera de concluir sin ninguna duda que el modelo del liceo militar es exitoso. En un contexto de gravísima crisis de la educación, que se arrastra sin remedio desde hace más de una década por causa de la ineptitud de los tres gobiernos del Frente Amplio, y sobre todo que tiene su rostro más infame en la performance de los estudios secundarios donde Uruguay presenta los peores índices de egreso de todo el continente, hay una institución que funciona, que es elegida por la gente, que oficia de ascensor social para los estudiantes de clases populares y que presenta muy buenos resultados. Pues bien: esa institución, con esas características y en este contexto, es la que el Frente Amplio quiere eliminar.

Alguien podría decir que todo esto no es más que el zurdo reflejo de siempre, ese que intenta pegar contra lo militar con tal de revitalizar un poco el alma frenteamplista que sufre por la corrupción de su gobierno, y que por tanto no hay que darle importancia. En definitiva, pasan cosas más graves, y centrar la atención en el liceo militar no es más que una distracción para que la barra izquierdista quede contenta y para que la barra antifrenteamplista salte por un tema menor. Sin embargo, si bien es cierto que hay temas muchos más graves en la agenda, no es menos verdad que este asunto sintetiza muy bien la particular tilinguería propia del Frente Amplio en el poder.

Obnubilada con sus fantasmas del pasado; incapaz de enfrentar los dos problemas más graves de las clases populares que dañan tremendamente el presente y el futuro del país, como son la pésima educación para sus nuevas generaciones y el miedo cotidiano por la feroz inseguridad (sobre todo en el mundo urbano); protegida como está por sus altos salarios de burócratas estatales acomodados por el clientelismo compañero; frívola hasta el hartazgo y completamente cortada de la dura realidad que sufre el mundo productivo, esta izquierda no tiene mejor idea, en su encierro mental y torpeza ideológica, que ir contra una de las pocas instituciones eficientes del ámbito educativo del país como es el liceo militar.

Con los eslóganes y los prejuicios ideologizados de siempre, este Frente Amplio, que sigue reivindicando para sí el monopolio de la moral y la virtud, no es más que una conglomerado reaccionario al que, en verdad, poco le importa el futuro de los más débiles. En vez de definir qué es lo que hace que el liceo militar sea exitoso y en vez de replicar ese modelo por todo el país como gran instrumento de ascenso social, prefiere contemplar su zurdo ombligo político hecho de consignas sesentistas e iniciativas pueriles. Satisfechos en su ceguera, sus militantes se palmean en el comité de base sus petisas espaldas, felices de enfrentarse de esta forma a "los militares".

Hay que defender al liceo militar. Hay que denunciar esta miseria frenteamplista que tanto daño hace al país.

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