EDITORIAL

El Frente Amplio y la crisis de 2002

Lo que está haciendo ahora el FA es esconder sus responsabilidades como oposición despiadada de los años noventa. Y está ocultando también que en el momento más duro de la crisis de 2002, propuso un camino de salida que hubiera significado un desastre.

El Frente Amplio (FA) teme perder las elecciones de octubre y noviembre. Apela entonces a agitar viejos e inventados cucos de forma de procurar alinear a la gente tras la candidatura de Martínez, y saca así del fondo de la historia reciente su versión de lo ocurrido en la crisis de 2002.

El argumento es tan manido por la izquierda y su hegemonía cultural como conocido por todos: resulta que hasta 2005 gobernó el país un conjunto de privilegiados que usaban el poder para beneficio propio, y que además generaron, por inmorales y por neoliberales, una de las peores crisis del país que llevó, entre otras cosas, a “que los niños comieran pasto”.

A pesar de que ya ha sido mostrado con rigor histórico que eso de que los niños comían pasto es completamente falso, y que se probó incluso que la principal dirigencia frenteamplista manejaba esa fórmula en sus discursos sabiendo perfectamente que ello era mentira, la idea es la misma de siempre: desresponsabilizar al FA de lo ocurrido en 2002 y fijar un escenario de buenos y malos, en el que el villano son los blancos y los colorados que en esa crisis hambrearon al pueblo.

Hay episodios, realidades concretas, cosas que ocurrieron entre 1994 y 2004 que debieran de alcanzar para mostrar hasta qué punto el FA miente en su actual campaña. En primer lugar, están todas las medidas gubernativas que en esos años fueron criticadas por una oposición frenteamplista que se dedicó a poner palos en la rueda sistemáticamente para impedir el desarrollo nacional. Pero que cuando alcanzó el poder, nunca reformó ni quitó.

Desde la reforma de la seguridad social de 1996, pasando por la ley de marco energético, siguiendo por la mismísima reforma constitucional de 1997, o la ley de asociación de Ancap derogada en diciembre de 2003 por un referéndum impulsado por la fuerza frenteamplista, la izquierda hizo todo lo que estuvo a su alcance para impedir gobernar a las mayorías legítimas electas por el pueblo. Además, fue dura crítica de la ley forestal de los años ‘80 y como consecuencia de todo eso, el FA no votó en el Parlamento la ratificación del tratado de inversiones con Finlandia, que era pieza fundamental para recibir las inversiones industriales que, hoy, aplaude a rabiar.

Eso fue el FA opositor a lo largo de más de una década en la que se dedicó a hacer todo el daño que pudo al país. Porque cada vez que se intentaba una reforma importante, allí estaba la amenaza frenteamplista de impedirla, movilizando a sus aliados sindicalistas o a sus propias tropas del comité de base en contra del “neoliberalismo vendepatria”. Un “neoliberalismo vendepatria” que, hay que decirlo con claridad, jamás nunca negoció tan mal con empresas multinacionales extranjeras como sí lo hizo el FA en el poder, tanto con el emprendimiento en Conchillas, a quien benefició enormemente en distintos rubros, como con el actual proyecto de UPM en Durazno.

Pero yendo al momento más importante de la crisis de 2002, que todo el mundo sabe que en muchas dimensiones fue importada del desbarranco argentino de 2001, cuando hubo que realmente ponerle el hombro al país para salir de un pozo gravísimo en el que las condiciones que pretendía imponer el FMI implicaban un default de la deuda, algo que hubiera dañado irremediablemente la imagen de seriedad institucional del Uruguay, blancos y colorados colaboraron con coraje y estuvieron firmes en el voto en el Parlamento. Mientras que eso ocurría, el jefe de la oposición, Vázquez, declaraba por todas partes que había que ir al default como había hecho Argentina.

Lo que está haciendo ahora el FA es esconder sus responsabilidades como oposición despiadada de los años noventa. Y está ocultando también que en el momento más duro de la crisis de 2002, propuso un camino de salida que hubiera significado un desastre nacional. La crisis de ese año fue una tragedia, sin ninguna duda. Pero de ella se salió con rapidez, con un enorme impulso de crecimiento y con seriedad institucional. Y todo ello fue incluso reconocido por el propio presidente Vázquez en comunicación oficial al Parlamento en su primer gobierno.

El mundo dividido en buenos y malos al que una y otra vez el FA quiere conducir el debate político implica infantilizar al pueblo. Seguramente para los que viven encerrados en el comité de base toda esa explicación tan burda les resulte atractiva y ratifique sus prejuicios. Pero el pueblo uruguayo es más inteligente que eso, y no creerá en un relato tan simplista y sesgado acerca de lo ocurrido hace casi 20 años.

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