EDITORIAL
diario El País

Fortalezas y debilidades

La victoria en el balotaje de Lacalle Pou tiene bases muy sólidas pero también dejó planteadas debilidades para el país. Fue una victoria de bases sólidas. Hubo mucho de hazaña.

El relato oficialista no la señala y los comentarios politológicos, casi siempre comiendo de la batea oficial, tampoco la han destacado como corresponde. Pero lo cierto es que la fórmula de origen blanco logró el apoyo de una gran coalición multipartidaria y, al mismo tiempo, venció una campaña frenteamplista que dispuso de todos los medios a su favor.

En efecto, no solamente el Frente Amplio (FA) movilizó a su tropa militante. También y sobre todo, extendió con impunidad una campaña de mentiras, en medios de comunicación y en el mano a mano, que fue realmente feroz. Llevó al extremo el argumento de su propia superioridad moral frente a sus adversarios políticos, y tergiversó, a sabiendas, las principales medidas anunciadas por la fórmula presidencial desafiante.

Así, la izquierda dio a entender que si ganaba Lacalle Pou, se derrumbarían todas las grandes bases de nuestro Estado de bienestar: baja de salarios y jubilaciones, derogación de todas las políticas sociales e incluso, en el sumo de la ridiculez, fin del carnaval en el Uruguay. Con la perspectiva de la derrota frenteamplista, podrá pensarse que todo eso no fue más que exageraciones. Pero la verdad es que todos estos disparates y mentiras tuvieron evidente repercusión electoral para el balotaje, y por tanto hicieron mucho más hazañoso el triunfo de Lacalle Pou.

Las bases sólidas de la victoria también se reflejaron en su extensión territorial y demográfica. En 17 de los 19 departamentos y en los barrios más populosos de Montevideo, ganó Lacalle Pou. No ganó por poco ni ganó limitadamente, gracias a ventajas regionales de aquí o de allá, o a apoyo de grupos corporativos puntuales. Ganó sólidamente porque la sociedad, mayoritaria y claramente, optó por un cambio. Eligió un gobierno de coalición que llevó la lógica del balotaje a un entendimiento parlamentario que asegurara la gobernabilidad del país.

Sin embargo, todo esto tan innegable como evidente debe de analizarse también a la luz de dos fragilidades que no pueden ser desestimadas si el objetivo es el de conducir un gran gobierno nacional.

La primera refiere al gran peso específico, político y electoral, que conservó el FA.

Se traduce en una gran presencia parlamentaria, claro está, pero también en un activismo opositor que, sin duda, será feroz en sus expresiones concretas. Que nadie se llame a engaño: la izquierda no dará “ni un vaso de agua” al nuevo gobierno que alumbrará el 1° de marzo. Enancado en su enorme presencia sindical y social, y con un Montevideo que mayoritariamente lo votó, el FA será nuevamente la máquina de impedir capaz de trancar todo lo bueno que pueda surgir en favor del país, por causa, simplemente, de ser llevado adelante por un gobierno que no es de su signo político.

En efecto, si bien el FA aceptó la derrota, estará presto a movilizarse para impedir el énfasis reformista de una nueva administración que contará, por cierto, con la enorme legitimidad de la mayoría popular que emana de las urnas. No hay nada nuevo bajo el sol: fue lo que hicieron en los años 90 y también en el gobierno de Batlle en plena crisis gravísima del Uruguay.

Ya lo están anunciando sin pudor algunos de sus dirigentes, a partir de lo que ellos llaman “la defensa de las conquistas sociales” o expresiones similares, que en realidad procurará impedir el legítimo desarrollo de la acción del gobierno mayoritario electo por el pueblo. Y este talante izquierdista será una fragilidad siempre que la nueva administración se niegue a ver que ese, y no otro, será el infame signo de la oposición política en el país.

La segunda fragilidad refiere a la evolución del FA. Es que en el próximo período de gobierno es razonable que dejen de tener protagonismo Vázquez, Mujica y Astori, pero la renovación que llegará estará marcada por los extremismos políticos.

Tanto Andrade como Bergara por ejemplo, por citar a dos nuevas figuras, fueron formados en la escuela de la mala fe histórica y política tan propia del Partido Comunista. Qué decir de Olesker y su partido devoto del traidor Trías; o de las nuevas generaciones izquierdistas que adhieren, convencidas, al kirchnerismo o al madurismo más odioso.

El éxito del gobierno de Lacalle Pou podrá sustentarse en grandes fortalezas propias. Las debilidades para el país estarán del lado de una oposición frenteamplista que se anuncia necia y feroz. No lo olvidemos.

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