Editorial

Del fervor al fanatismo

El generalizado y muy positivo fervor que ha desatado la selección de fútbol empieza a mostrar también los primeros signos de un factor peligroso para cualquier sociedad, el fanatismo.

El fútbol despierta pasiones. Es algo conocido desde hace años y que tiene, como todo, sus costados positivos y negativos. A nivel del fútbol local, la sociedad uruguaya viene intentado lidiar sin éxito desde hace años con el segundo aspecto, que ha provocado estallidos de violencia que ya se han cobrado varias vidas.

El caso de la selección nacional de este deporte parecía algo diferente. Porque en general atrae a un público muy distinto al de fútbol local, moviliza a gente que no suele asistir a las canchas cada domingo, sino que suele ser una audiencia mucho más familiar; involucra genuinamente a todo el país y no solo a la capital, y también ha conseguido integrar en mayor proporción a la mujer.

A esto se suma que por tratarse del equipo que representa a todo el país, no se dan los choques y conflictos típicos que marcan al deporte interno. No hay camisetas que choquen en la calle, no hay bromas ni picardías internas de oficina, no hay cánticos confrontativos en las tribunas. Al momento de salir el equipo a la cancha, y que comienza a entonarse el himno nacional, todos los uruguayos se unen y la emoción atraviesa a la sociedad en su conjunto durante la siguiente hora y media.

Pero el fervor particularmente desmedido que genera el equipo actual de la selección de fútbol, sobre todo a raíz de la emocionante campaña de 2010 que logró identificar a tanta gente, empieza a mostrar algunos indicios preocupantes que vale la pena señalar. Porque así como la unidad nacional, el espíritu colectivo, y hasta el buen negocio económico que significa un equipo que identifica a tanta gente, existen peligros detrás.

El primero, y más notorio, es un exceso de nacionalismo que fácilmente muta en "patrioterismo" ante la primera ocasión. Podrá parecer una frivolidad, pero las reacciones que se pudieron comprobar en redes sociales y comentarios de las notas de los diarios, ante algunas críticas al juego de Uruguay por parte de periodistas y jugadores argentinos, llegan a resultar embarazosas. Algo que revela un complejo de inferioridad que no deja nada bien parado al país.

Esto también ocurre ante cada mínima disidencia interna con el juego de la selección. Se puede ver a periodistas deportivos y a fanáticos en general, que más que celebrar o analizar con pasión las noticias del equipo, se dedican en forma permanente a combatir a un enemigo interno imaginario, refregando los éxitos y justificando las derrotas de cara a un supuesto "contra" local. "Para los que dicen", "a los que critican", "cuando le comenten"... son las muletillas centrales para luego dar toda una serie de rebuscados argumentos que justificarían que cualquier mínima crítica deportiva sea casi una traición al espíritu nacional.

Que esto lo hagan hinchas y gente apasionada, se puede comprender hasta cierto punto. Pero gente experimentada, profesionales que viven de esto hace décadas, no. Ni siquiera por la justificación de los conflictos internos que tiene el fútbol uruguayo hace años. Por un lado, porque en el fútbol no hay verdades absolutas que defender con tanta virulencia. Y por otro, porque azuzar ese espíritu de cuerpo monolítico no es propio de una sociedad abierta y plural.

De la mano de esto viene otro problema importante. El intento descarado de figuras aledañas al Frente Amplio, de querer identificar lo que se ha dado en llamar "el proceso" de la selección de Tabárez, con la gestión del oficialismo.

Es verdad que quienes más impulsan esto no son dirigentes notorios del oficialismo, y que el propio técnico se ha desmarcado con altura de esos impulsos. Pero el fenómeno está ahí, a la vista de quien quiera verlo.

Esto es absurdo y peligroso. Absurdo porque no tiene ningún viso de realidad, y si no basta con ver el rol que tuvo el expresidente de la AUF en todo esto, Sebastián Bauzá, de notoria filiación nacionalista. Y la contracara que fue el expresidente Mujica, quien instigó su remoción para dejar contentos a ciertos intereses que se mueven en el fútbol. Peligroso porque persigue una intención que ya se viene viendo desde hace tiempo, fogoneada por operadores políticos disfrazados de historiadores, politólogos y actores culturales: el igualar el sentimiento nacional uruguayo con la pertenencia ideológica al oficialismo.

Esto es lo que han hecho siempre los sistemas totalitarios. Identificar su visión del mundo y de la política con el espíritu nacional, de forma que cualquiera que esboce una crítica, sea inmediatamente tachado de enemigo de la patria. Y hay que denunciarlo y oponerse radicalmente. Se trata del germen de un fascismo intolerante que es la muerte de todos los valores propios de una democracia.

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