EDITORIAL

Los extremos se tocan

Al tiempo que se injuriaba a los partidos tradicionales por culpa de exabruptos aislados de personas que a nadie representan, desde las redes sociales del MLN Tupamaros se convocaba a un acto “por el Che y a 50 años de nuestros caídos en Pando”.

A partir de la histórica jornada del 30 de noviembre de 1980, en que un 57% de los uruguayos dijo “No” al proyecto constitucional de la dictadura, el país emprendió el camino de la reconstrucción democrática. Un camino que supo de marchas y contramarchas, pero que sin duda fue una empresa colectiva, sustentada en la vocación republicana de la inmensa mayoría de los uruguayos.

En los primeros años hubo varios escollos. La elección de 1984 con líderes proscriptos, la negativa de militares acusados por violación a los derechos humanos de acudir a los juzgados, la Ley de Caducidad, el posterior recurso de referéndum, el triunfo del voto amarillo, fueron episodios que jalonaron una difícil administración de distintos conflictos: los que enfrentaron a demócratas y autoritarios, los que pusieron en entredicho hasta dónde debía llegar la tolerancia frente a extremismos de uno y otro signo y los que, como era de esperar, ahondaron la brecha entre los antiguos enemigos de antaño.

La búsqueda de los desaparecidos fue un jalón fundamental en ese diferendo.

Prevista en el artículo cuarto de la referida ley, que habilitó en su momento una investigación sin resultado alguno, alcanzó recién en el año 2000 su momento de mayor dedicación por parte del Estado, con la Comisión para la Paz creada por el presidente Batlle.

A partir de los gobiernos del Frente Amplio, algunos represores de la dictadura marcharon a prisión, pero los avances en la búsqueda de los desaparecidos fueron más lentos de lo esperado. El reciente episodio en torno al caso Gavazzo, que hubiera pasado desapercibido de no haber sido por una denuncia periodística, revela la escasa sensibilidad con que se manejó el tema a nivel oficial.

En estos días, la aparición de los restos del militante comunista Eduardo Bleier sacudió a la opinión pública. Lo que debió dar oportunidad al recogimiento y la reflexión dolorida sobre aquellos años aciagos, se convirtió lamentablemente en el reavivamiento de un choque de extremos, que ningún bien hace a la cicatrización de las heridas del pasado.

En el resumidero de las redes sociales se leyó de todo. Fue lamentable que se usara un hecho tan terrible como mero argumento a favor o en contra en la campaña electoral. En forma vergonzante, no faltaron quienes tuvieron el tupé de relativizar la tragedia personal de Bleier, como si fuera comprensible que un ser humano haya sido torturado y asesinado, por el solo hecho de pensar diferente. Esos comentarios dieron pie a reacciones del otro lado, plagadas de odio, intentando hacerlos representativos de todos quienes nos hemos manifestado a través de los años a favor de la paz y la reconciliación.

Los agravios no fueron dirigidos solamente a Guido Manini Ríos, un candidato que hizo desacertadas declaraciones en torno al tema, aunque en ningún momento se puso del lado de la teoría y praxis totalitarias. Fue aún peor. Se intentó identificar a Lacalle y Talvi con esos puntos de vista regresivos, cuando es bien sabido que ambos candidatos manifiestan en forma explícita su disposición a seguir con la búsqueda de la verdad.

Toda vez que los extremistas de derecha e izquierda meten la cuchara, sus opuestos encuentran la ocasión propicia para tensar la cuerda de la intolerancia.

Al mismo tiempo que se injuriaba a los partidos tradicionales por culpa de exabruptos aislados de personas que a nadie representan, desde las redes sociales del MLN Tupamaros se convocaba a un acto “por el Che y a 50 años de nuestros caídos en Pando”. La consigna es “La lucha sigue, el pueblo al frente”.

Esta reivindicación bárbara de un hecho delictivo se repite religiosamente todos los años, ante el estupor de una mayoría ciudadana que se niega a celebrar como un acto heroico la disparatada toma de una ciudad en la que caen abatidos, además de un policía y tres chiquilines de 20 años usados como carne de cañón por la guerrilla, un ciudadano que estaba pacíficamente esperando un ómnibus.

Medio siglo después, sería deseable que quienes pergeñaron ese desastre reconocieran la profundidad de su error. Y si aún se niegan a hacerlo por orgullo, al menos deberían guardar un discreto silencio culposo. Pero es mucho pedir a esa secta intolerante, uno de cuyos líderes máximos acaba de declarar en una película que le resultaba placentero entrar a robar un banco con un arma en la mano.

Tal vez el Uruguay necesite más que nunca un recambio generacional que deje en el pasado a los idólatras de la barbarie y reasiente las bases tolerantes y humanistas que nunca debimos perder.

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