EDITORIAL

El estribo brasileño de Mujica

La metáfora tuvo la fuerza de una convicción durante cinco años. En la concepción de la política exterior de Mujica, Uruguay debía "viajar en el estribo de Brasil": la patria grande y la unión sudamericana debían ser guiadas por Brasilia y su liderazgo regional.

Mujica llegó a la presidencia en marzo de 2010. Dos meses más tarde, luego de una reunión bilateral con el por entonces presidente Lula, se anunció que Brasil tenía la intención de promover una inversión de unos 6.000 millones de dólares para una hidrovía del Mercosur. Hubo algunos proyectos más concretos: por ejemplo, un polo de desarrollo para construcción de naves de recreación con capitales brasileños en Pando y un centro de convenciones para Montevideo con una inversión prevista de 200 millones de dólares.

Lo de ir en el estribo de Brasil siguió firme. En 2011 Mujica recibió la Orden del Mérito Industrial de San Pablo y declaró que si bien Uruguay había sido concebido como un Estado tapón, él estaba decidido a luchar "por un país puente". La idea era acercarse al motor económico de Brasil "en el marco de una estrategia de integración productiva con ese país", según informó su cancillería por ese entonces. Al año siguiente repitió en un reportaje su idea de integración que implicaba alinearse a las definiciones de Brasil: "tengo claro que Uruguay tiene que subirse al estribo del Brasil porque será una superpotencia de las que corta el bacalao grueso en el mundo".

A finales de 2014, ya con Rousseff y con Vázquez camino a ganar el balotaje, Mujica insistió con su estrategia. Por ese entonces, se señaló que Brasil tenía interés en acceder al excedente de gas natural de la planta regasificadora prevista para Montevideo. Se hablaba incluso de "barcazas oceánicas" para llevar el gas a Porto Alegre y de una venta de 2 millones de metros cúbicos de gas por día. En el mismo sentido, en una visita a Brasilia, Mujica dejó encaminado el proyecto de puerto de aguas profundas de Rocha que, se decía, podía ser financiado por nuestro poderoso vecino.

El optimismo con Brasil de Mujica y su entorno era evidente. Para su prosecretario, por ejemplo, la integración con ese país era "paradigmática" y se trataba del "proceso de integración más exitoso de América Latina". Mujica entregó el poder a su sucesor convencido de que esa era la estrategia que debía seguirse para desarrollar la producción nacional, y de que Brasil sería una superpotencia destacada.

Alguien podrá decir que en todos esos años de gobierno de Mujica nadie podía avizorar la debacle brasileña que hizo eclosión recién en 2015. Sin embargo, distintos análisis económicos ya señalaban hacia 2013-2014 que había un cambio en la coyuntura internacional que no era favorable a los intereses norteños. Ya el crecimiento chino, principal demandante de exportaciones brasileñas, había cambiado de signo; ya las inversiones extranjeras directas eran menores en la región; ya el crecimiento económico de Brasil se preveía casi nulo para el cierre de 2014.

Es decir que mientras Mujica seguía creyendo que debíamos viajar en su estribo, los analistas bien informados reafirmaban que Brasil era el mismo gigante de siempre, con sus mismos pies de barro.

Pero además de la parte económica, quien siguiera con atención la evolución del tablero político norteño ya podía ver en 2014 que el partido de los trabajadores y la propia Rousseff iban a tener enormes problemas con la operación "lava jato". Es que el mayor escándalo de corrupción de la muy nutrida historia de corrupción política de Brasil ya había explotado en marzo de ese año, mucho antes de la reelección de Rousseff. Se sumaba así a otro terrible episodio, el "mensalão", que había salpicado gravemente al gobierno de Lula.

Visto en perspectiva, los anuncios de las grandes inversiones brasileñas terminaron siendo bolazos de circunstancia. Todo el proyecto de unión sudamericana liderada por Brasil no fue más que un enorme error estratégico al que se aferró Mujica y que nos perjudicó enormemente. Así lo sostuvimos desde aquí todos esos años, cuando criticamos su política exterior entreguista. Así terminó confirmándose ahora, cuando la crisis institucional, política y económica brasileña es evidente y gravísima.

Nuestra mejor política exterior es la que conserva nuestra independencia y defiende nuestro interés. La mendicante política de Mujica de viajar en el estribo de Brasil terminó siendo más que una vergüenza nacional. A la luz de la Historia, fue una infamia.

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