EDITORIAL

Una estrategia demasiado burda

Quizás piensen que esa sea su mejor estrategia, o quizás estén genuinamente nerviosos; lo cierto es que el Frente Amplio conduce su campaña sin ton ni son, aunque de modo tremendamente agresivo.

Nadie pretende que Luis Lacalle Pou o Ernesto Talvi sean de su agrado. Pero los ataques no solo son alevosamente burdos sino que ni siquiera logran disimular que no tienen propuesta propia ni saben qué harán en caso de ganar. Desprecian lo que otros plantean para revertir los peores efectos de sus políticas: revertir el déficit, reactivar la producción, recuperar un cierto nivel de empleo, mejorar el muy decaído nivel educativo, asegurar una mayor seguridad.

Son estos temas los que están en la agenda opositora, porque son los acuciantes dramas que heredarán de los gobiernos frentistas.

El expresidente José Mujica le toma el pelo a Luis Lacalle Pou y con soberbia impostada y pose canchera, le dice: “ubicate, no digas pavadas”. El justamente: pavadas eran las que decía cuando estuvo en campaña en 2009. Tanto que el entonces presidente Vázquez, le salió al cruce anunciando que Mujica decía “simplemente estupideces”. ¿Quién es, entonces, el que debe ubicarse? Basta recordar que en ese mismo año, la expresión “pepecoloquios” (tomada del título de una serie de entrevistas hechas por Alfredo García) se convirtió en sinónimo del disparatario mujiquista, que tan evidente se hizo en ese libro.

La ministra de Educación y Cultura María Julia Muñoz también sale al ruedo con un estilo que se contradice con su cargo. Ataca a Lacalle Pou no por sus propuestas, sino porque estudió en la privada Universidad Católica. Como respuesta, frentistas, blancos y colorados que también estudiaron en dicha universidad le salieron al cruce con sólidos argumentos. Estos exabruptos oficialistas, perjudican solo a quienes los lanzan y no ofrecen alternativas que resuelvan los entuertos que crearon.

En similar tono salió Óscar Andrade al cuestionar el colegio privado al que fueron tanto Talvi como Lacalle Pou, como si el eje de la discusión pasara por allí.

Habría que preguntarse ahora (ya que este no era un tema importante hasta que Andrade lo puso sobre la mesa) a qué colegios mandan sus hijos muchos de los actuales jerarcas de gobierno. O incluso a qué colegios fueron ellos mismos, cuando durante la dictadura numerosas familias contrarias al régimen confiaban más en la enseñanza privada que en la pública.

El presidente del Frente Amplio, Javier Miranda, también optó por usar artillería gruesa contra la oposición al decir que ella parecería “precisar los votos de la ultraderecha”. Sin duda debe haber en Uruguay gente de ultraderecha, pero nadie sabe bien ni cuántos son ni cuál es su preferencia electoral.

Tal vez Miranda piense en Cabildo Abierto, pero si nos atenemos a lo que este partido anuncia y al discurso de su candidato, no aparecen elementos que claramente permitan definirlo de ultraderecha. Guido Manini Ríos fue comandante en jefe del Ejército durante esta última etapa del gobierno frentista y desde el cargo que le tocó ejercer, fue funcional a ese gobierno como correspondía. Incluso se entendió bien con quien fue el ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro, un destacado exguerrillero tupamaro. En este contexto, ¿es tan fácil ubicarlo en la ultraderecha? Qué sentido tiene además, que un dirigente frentista se pregunte quién recibe votos de la ultraderecha, si toda la vida recibió votos de la ultraizquierda.

Los sindicalistas están enojados porque ambos candidatos opositores pretenden reducir la planilla de funcionarios del Estado. Simplemente no cubrirán las nuevas vacantes (nadie habla de despidos masivos) tal como hicieron de modo lento y gradual los gobiernos posteriores a 1985 hasta que en 2005 el Frente volvió a abrir esa canilla.

Lo paradójico es que en años recientes, el propio ministro Astori reconoció que había exceso de funcionarios públicos así como en otra oportunidad sostuvo que un gobierno futuro no tendría más remedio que abordar el tema de la seguridad social.

Tiran la pelota para adelante, no tienen idea qué hacer si vuelven a ganar el gobierno (porque de hecho no tienen idea qué hacer ahora, mientras aún lo ejercen) pero les es fácil descalificar, subestimar y despreciar a sus adversarios. Creen que esa tonta estrategia les permite disimular su absoluta carencia de soluciones para los acuciantes problemas que ellos mismos crearon. Pero la gente no es tonta.

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