EDITORIAL

Esposa joven, reacción vieja

El mundo ha cambiado tanto, que a veces es difícil reconocer quién es quién. No hace mucho, ese sector intelectual, abierto, tolerante, que gusta autodefinirse como "de izquierda", era el paladín de la libertad de expresión.

Era el que defendía que el arte y la comunicación no debían tener límites más allá de la creatividad humana. Y era el que salía presto a enfrentar a las fuerzas conservadoras cuando estas pretendían someter a las artes y a la comunicación en general, al corsé de los conceptos establecidos, de las "buenas costumbres", y hasta de la religión. Ya no más.

El episodio aldeano y triste en torno a una novela turca de tercera categoría, de esas que los canales de TV abierta usan para capear el temporal de los malos tiempos comerciales y del encendido, ha dejado en claro la deriva de buena parte de ese sector intelectual uruguayo y sus escuderos comunicacionales.

Resulta que todo el establishment bien pensante nacional, y hasta algunos organismos públicos como el INAU, han salido prestos a reclamar primero la limitación de las propagandas y la emisión del programa en sí, al horario de protección al menor, cosa si se quiere aceptable. Pero ahora también la directa censura al peligroso folletín otomano.

El episodio se presta para varios enfoques, a ver cuál más deprimente.

El primero tiene que ver con el asombro de que organismos públicos que no logran cumplir con sus cometidos esenciales tengan tiempo y recursos para preocuparse por una telenovela. Eso mientras en los hogares donde hay menores bajo su custodia pasa lo que todos sabemos que pasa.

El segundo se vincula con la rapidez con que muchos intelectuales y comunicadores se vuelcan al campo de la censura, reclamando tener derecho de veto sobre lo que la sociedad está en condiciones de ver en la televisión. A veces con un revanchista argumento sobre que los "dueños" de los canales usufructúan ondas públicas y por ello deberían ser más sensibles a los reclamos de estas corporaciones. Hay mucho para criticar en los canales de TV abierta, pero una vez que el Estado cede esa onda pública a alguien para que la maneje, pretender incidir sobre la programación en base a presiones y cuentas pendientes de otro tipo, no solo es ilegal, sino que roza lo inmoral.

Hay un tercer elemento que es importante analizar aquí, que es el escaso respeto que exhibe este coro de censores bien pensantes respecto a la capacidad intelectual de la sociedad. Claro, porque si los uruguayos deciden ver una telenovela que pone sobre la mesa la violencia contra la mujer y el abuso a menores de edad, es casi seguro que los telespectadores van a salir corriendo a golpear a la primera niña que se cruce por el camino. Y lo que plantea un grupo de iluminados que se dedica a juntar firmas en una plataforma on line, es que debería tener derecho de veto sobre a lo que puede o no exponerse el conjunto de sus compatriotas. ¿Hay una expresión de mesianismo e intolerancia más grande a la vista? ¿Alguien se imagina lo que implica aceptar un planteo de este tipo? Casi todas las obras de arte importantes de la historia significaron un quiebre y un choque frontal con la visión establecida de la sociedad en su momento. Y el argumento para prohibir exposiciones de pintura, esculturas, o quemar libros en la hogueras, era que representaban un peligro para una cantidad de gente en la sociedad que no estaba preparada para ser expuesta a tales obras, y que el efecto sobre esas débiles mentes iba a ser nefasto para todos.

¿Qué diferencia hay entre esos razonamientos y los que defienden ahora estos iluminados que quieren pensar por el resto? ¿Qué prueba contundente encuentran para afirmar que el hecho de ver una conducta inmoral en la TV, va a llevar a que la gente la acepte más o la replique? ¿Significa esto que cuando una obra de cualquier tipo afecte la forma de pensar de un grupo religioso o conservador en lo moral, si estos juntan suficientes firmas en una página web, los canales, las librerías o los cines deben desistir de exponerlos? ¿Quién marca el límite?

Esto no implica defender por un momento ni la trascendencia cultural de semejante producto televisivo, ni compartir sus postulados, ni que por un segundo se relativice el gravísimo problema de la violencia de género y el abuso que padecen muchos menores en el país. Pero, muchachos, la cosa no va por ahí. Si les preocupan estos temas la solución es educar, hacer campañas, salir a mostrar los efectos de estos dramas en la vida real de la gente. No erigirse en censores ni en creerse con derecho a decidir por los demás lo que pueden o no, ver o leer. Ese camino, ya se sabe, solo lleva a la represión y al oscurantismo.

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