EDITORIAL

Espejo fiel del presente

Parece que no hubiera nada que enojara más al poder que la existencia de una prensa libre, dispuesta a informar a la ciudadanía sobre sus desmanes, a pesar de las presiones, retóricas o materiales, a las que debe enfrentarse.

Nos permitiremos hoy destacar dos películas en cartel, no desde su valoración estética (la crítica de cine excede las atribuciones de esta página), sino por su contenido político y filosófico.

Se trata de "Las horas más oscuras", filme británico sobre el temple del primer ministro Winston Churchill, ante la amenaza de la invasión nazi en 1940, y "The post", estadounidense, acerca de las revelaciones públicas que realizó la prensa de ese país sobre la guerra de Vietnam, en 1970.

Ambas obras refieren a lugares y momentos históricos diferentes, pero tienen algo muy importante en común: la poderosa convicción con que ensalzan los valores de la democracia y la libertad.

"Las horas más oscuras" muestra a un Churchill asumiendo la conducción de su país en la peor circunstancia, con el ejército nazi avanzando sobre Europa en superioridad imbatible. La película ha sido premiada por la actuación de Gary Oldman, pero esa mimesis perfecta está lejos de ser su mayor virtud. Su eje es la discusión interna del gobierno inglés, sobre si era conveniente negociar la paz con Hitler (la posición "pragmática" de Halifax) o repeler su ataque (la tozuda decisión del primer ministro), aun a sabiendas de que la derrota sería inevitable. En una escena conmovedora, Churchill se aparta del protocolo y se cuela en un vagón del metro, solo para consultar sobre el dilema a un puñado de ciudadanos comunes. Emociona hasta las lágrimas ver esos hombres y mujeres anónimos, que dan la razón al líder y se comprometen a luchar hasta la muerte, antes que rendirse a un dictador genocida.

Apreciando este ejemplo, no podemos dejar de pensar en los académicos occidentales que, en los últimos años, han manifestado la convicción de que no había que combatir a los terroristas de ISIS, sino negociar con ellos. Detrás de burdos artilugios retóricos que no hacen sino enmascarar la cobardía, desconocen que hacer concesiones a un enemigo de la libertad, es en realidad dejarla caer a sus pies. Opinan así, anestesiados por un relativismo que todo lo justifica, en su afán de llorar la Biblia junto al calefón.

En cuanto a "The post", habría que empezar por cuestionar el torpe subtítulo con que la rebautizaron en español: "Los oscuros secretos del Pentágono".

Porque tales secretos distan mucho de ser el tema principal de este inspirado filme de Spielberg. El verdadero tópico es, ni más ni menos, el de la defensa de la libertad de expresión. El New York Times publica unos documentos ultrasecretos que demuestran cómo los últimos gobiernos han engañado al país en relación a la guerra de Vietnam. La Justicia le prohibió al New York Times continuar brindando esa información, argumentando que afecta la seguridad nacional. El Washington Post, que accede a los mismos materiales, se debate en el conflicto de publicarlos o autocensurarse.

En una escena clave, se cita un dictamen del tribunal supremo, de una actualidad inquietante, tanto en los Estados Unidos de hoy como en nuestro país. Dice algo tan simple como fundamental: "la prensa debe servir a los gobernados, no a los gobernantes". Vigente en los Estados Unidos de hoy, por el desprecio que el presidente Donald Trump expresa hacia la información independiente, llegando a la soberbia de negarse a responder preguntas de los profesionales que trabajan en determinados medios. Y también vigente en nuestro país, porque la supuesta mala fe periodística es una cantinela que los gobernantes no se cansan de entonar, cada vez que se publica algo que deja en evidencia su incapacidad.

Parece que no hubiera nada que enojara más al poder que la existencia de una prensa libre, dispuesta a informar a la ciudadanía sobre sus desmanes, a pesar de las presiones, retóricas o materiales, a las que debe enfrentarse.

Son los que menosprecian e insultan al sistema estadounidense, valiéndose de una libertad de expresión de la que carecen los países que consideran modélicos. Son los que ahora tratan de "carroñero" a un senador opositor, por el pecado de pronunciarse fuerte y claro contra la corrupción. Son los que ven oscuros "planes de desestabilización de la derecha", detrás de la honesta difusión pública de sus errores e ilicitudes.

En el fragor de la discusión cotidiana, que a nivel de las redes sociales se convierte muchas veces en un hervidero pestilente de infundios y agravios, se pierde la obviedad de estas verdades. Por eso es muy sano encontrarlas tan inteligentemente expuestas en dos obras cinematográficas. Y más cuando la historia se convierte en un espejo tan fiel del presente.

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