EDITORIAL
diario El País

Escritores A, B y C

Ocurrió esta semana. El diputado emepepista Sebastián Sabini convocó a un homenaje de la Cámara de Representantes, dedicado a los tres escritores compatriotas de quienes este año se celebran sus centenarios. Pero lo hizo de una manera particular.

Tituló la convocatoria con el célebre verso “Mucho más que dos” y escribió los nombres de Idea Vilariño y Mario Benedetti en gruesos caracteres mayúsculos, agregando “y Julio C. da Rosa” en minúsculas, con tipografía notoriamente más pequeña.

El hecho podría interpretarse como un mero capricho del diseñador del afiche si no fuera por el trasfondo que delata, develado en un certero tuit del ministro de Educación y Cultura Pablo da Silveira: la minimización de da Rosa tiene que ver con la filiación política del inolvidable escritor treintaitresino, que llegó a ser diputado por el Partido Colorado. El ministro comparó esa no tan sutil discriminación gráfica con aquella que dividía a los ciudadanos en categorías A, B y C, en épocas de la dictadura.

Nobleza obliga: si bien el diputado Sabini inicialmente exigió a da Silveira que pidiera disculpas y no politizara el tema, al poco tiempo se retractó de su propia gaffe y fue él quien se disculpó por el desafortunado afiche.

Lejos estamos de centrar esta columna en la crítica al representante frenteamplista, que con su marcha atrás demuestra cabalmente su honestidad intelectual. Entendemos que el tema es más profundo y tiene que ver con la propensión natural que tiene la izquierda, desde lejanas épocas, a jerarquizar a los creadores que militan en sus filas y menoscabar a quienes lo hacen en los partidos fundacionales.

Lamentablemente, y es justo constatarlo, también existen quienes desde un extremismo de signo contrario, menosprecian a dos escritores de la talla de Vilariño y Benedetti, por haber abrazado en sus vidas las ideas de izquierda.

La literatura de ambos podrá gustar o no, pero no cabe duda que se trata de dos creadores de merecida relevancia a nivel local e internacional. Lo mismo puede decirse de da Rosa, como de otros autores que, más allá de su condición de colorados o blancos (se podría citar a Justino Zavala Muniz, Felisberto Hernández, Julián Murguía, Carlos Maggi, Enrique Estrázulas y tantos otros), merecen ser recordados como eximios representantes de la cultura nacional dentro y fuera de fronteras.

Se equivoca quien piensa que los artistas uruguayos se definen todos de izquierda. La simpatía política de nuestros creadores es variopinta; lo que sí ocurre es que el FA ha discriminado en forma sistemática a los artistas que no le rinden pleitesía.

La actitud demostrada por el gobierno que asumió el pasado primero de marzo lo dice todo: los grandes ventanales de la sede de la Dirección Nacional de Cultura rinden homenaje a los tres autores del centenario, sin hacer distingos por sus adhesiones político-partidarias, como debe ser.

Esa conducta de privilegiar el reconocimiento al valor cultural por encima de simpatías electorales, contrasta notoriamente con la asumida por las autoridades departamentales montevideanas. En un acto académico reciente sobre el legado literario de da Rosa, el escultor Ramón Cuadra, que fue su amigo personal e ilustró con maestría uno de sus libros, se sorprendió de que la avenida 18 de Julio estuviera adornada con retratos de Idea y Mario, pero faltara allí el de Julio César. Mostraron idéntica omisión al pintar las letras corpóreas de Montevideo en rambla de Pocitos, solo con los rostros de los dos primeros. Y no son hechos aislados.

Se equivoca quien piensa que los artistas uruguayos se definen todos de izquierda. En realidad, la simpatía política de nuestros creadores es variopinta; lo que sí ocurre es que el Frente Amplio viene discriminando en forma sistemática a los artistas que no le rinden pleitesía, desde los años 70 del siglo pasado hasta la fecha.

Como apuntó el comunicador y filósofo Facundo Ponce de León en una aguda columna que publicó hace unos meses en Búsqueda, titulada “La caída del relato”, esta inercia que vincula a la cultura directamente con la izquierda, está cambiando de manera significativa. Creadores uruguayos que el año pasado comprobaron con pavor que el FA votaba en el parlamento contra el cobro de sus justos derechos de autor, habrán prestado su imagen para su campaña electoral y lo habrán vuelto a votar, pero ya no manifiestan el entusiasmo militante que los movilizaba en el pasado.

En sus penosas apelaciones actuales a la radicalización ideológica, los dirigentes de izquierda se abroquelan en su fundamentalismo y abjuran de quien no piensa como ellos.

Pero la gran mayoría de los uruguayos ya hemos aprendido y no compramos más sus discursos de discriminación y desprecio.

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