EDITORIAL

El error de Topolansky

Las recientes declaraciones de la vicepresidenta Topolansky son una muestra de esta mentalidad resbaladiza y sinuosa. En vez de admitir la gravedad de lo que hizo y pedir disculpas de manera franca y leal, dice que cometió un error y al mismo tiempo lo trivializa.

Dos años después de los sucesos, la vicepresidenta Lucía Topolansky acaba de admitir que fue "un error" decir que había visto el título de Raúl Sendic. Pero la confesión llega demasiado tarde y es extremadamente ambigua.

Quienes se quedaron únicamente con los titulares de prensa pueden haber creído que Topolansky se estaba declarando arrepentida de haber dicho algo que no era cierto. Al hablar de "un error" estaría admitiendo haber actuado mal en aquel entonces.

Pero Topolansky no reconoció ningún traspié moral, ni tampoco admitió ningún error político (pese a que, en un momento delicado, su declaración afectó la ya debilitada credibilidad del oficialismo). Lo único que concedió es no haber mirado las cosas con cuidado. "Me guié por papeles que él me dio", dijo. Y de paso transfirió a Sendic la responsabilidad de haberla confundido.

Así que no hay ningún pedido de disculpas moral al conjunto de los ciudadanos, ni ningún pedido de disculpas político a sus compañeros frentistas. Todo se reduce a una excusa casi escolar. Eso explica por qué, casi enseguida de haber dicho "cometí un error", Topolansky agrega muy suelta de cuerpo: "me tiene sin cuidado eso, no me importa". Una afirmación curiosa si se tiene en cuenta que es la última en estar reconociendo lo que todo el mundo ya sabe: que Raúl Sendic mintió descaradamente mientras ejercía la vicepresidencia de la República, y que nunca tuvo un título de nada.

Todo esto podría ser apenas una perla más en el largo collar de papelones, miserias y deterioro institucional que constituyó el "caso Sendic". Pero el asunto tiene otra cara. La ambigua y contradictoria declaración de Topolansky ("cometí un error pero no me importa") es un ejemplo más de cómo funciona la cabeza tupamara: esa mentalidad que le viene haciendo daño al país desde hace más de medio siglo y todavía no deja de contaminarnos.

Las palabras de Topolansky son parecidas a las que en general han usado los líderes tupamaros cada vez que se les preguntó si se arrepienten de haber optado por la violencia armada en el democrático Uruguay de principios de los sesenta. Hace ya algunos años, José Mujica reconoció que tenía una mirada autocrítica sobre aquello, pero esa frase perdió todo valor en cuanto se explicó: "De lo que estoy arrepentido es de haber tomado las armas con poco oficio y de no haberle evitado una dictadura al Uruguay".

El arrepentimiento de Mujica era puramente táctico. De lo que se arrepentía no era de haber tomado las armas ni de haber inaugurado una era de violencia en un país libre y pacífico, sino de haber tomado esas decisiones con un grado tal de improvisación que volvía imposible la victoria. Además, mentía. Porque el fin con el que los Tupamaros tomaron las armas en 1963 no era evitar una dictadura que nadie avizoraba, ni enfrentar a un gobierno de Pacheco Areco que llegó de casualidad media década más tarde (Pacheco pudo no haber sido vicepresidente de Gestido, el infarto de Gestido pudo no haber ocurrido) sino instalar en Uruguay una dictadura socialista inspirada en el modelo cubano.

Algo similar ocurría con Eleuterio Fernández Huidobro, que no tenía problemas en reconocer errores estratégicos cometidos por los Tupamaros (por ejemplo, persistir en el loco intento de volver revolucionarios a los militares) pero jamás cuestionó las definiciones de fondo que los llevaron a matar y a secuestrar como método.

Así se menean los tupamaros desde hace décadas. Se declaran arrepentidos de los crímenes que cometieron, pero solo porque no los llevaron a la victoria. Dicen que apoyan la democracia, pero solo porque no hay condiciones para derribarla. Se sirven de la facultad de aprobar leyes cuando son mayoría, pero ante la menor dificultad colocan lo político por encima de lo jurídico. Se llenan la boca hablando de derechos humanos, pero no se los reconocen a sus propias víctimas, ni a los cubanos sometidos por el castrismo, ni a los venezolanos que penan bajo Nicolás Maduro.

Las recientes declaraciones de la vicepresidenta Topolansky son una muestra de esta mentalidad resbaladiza y sinuosa. En lugar de admitir la gravedad de lo que hizo y pedir disculpas de manera franca y leal a sus conciudadanos (incluyendo a los frenteamplistas que le creyeron) dice que cometió un error pero al mismo tiempo se encarga de trivializarlo. Y de paso quita todo significado institucional a lo ocurrido.

No es esta la cultura política ni el estilo de argumentación pública que merece el Uruguay del siglo XXI.

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