EDITORIAL

Los enemigos del gasto social

Lo que sí hay es una diferencia entre aquellos que se llenan la boca hablando de solidaridad pero se dedican a quemar la plata que extraen de los bolsillos de los uruguayos, y quienes exigen menos demagogia y más responsabilidad.

Con la disciplina típica de los enemigos de la libertad, numerosos voceros del oficialismo están repitiendo un mensaje que aspira a convertirse en consigna: los que piden que se frene el despilfarro de recursos públicos quieren que se recorte el gasto social. Según esta visión, pedir menos gasto público es lo mismo que pedir menos recursos para salud, educación y políticas sociales.

Detrás de estas palabras hay un crudo cálculo electoral: si conseguimos asustar a muchos beneficiarios de las políticas públicas, vamos a retenerlos como votantes del Frente Amplio. De ese modo podremos alcanzar el único objetivo en común que todavía nos queda, que es mantenernos en el poder.

Pero el problema de este mensaje es que plantea una falsa oposición. En el Uruguay de hoy es perfectamente posible reducir el gasto público sin desproteger a quienes necesitan un apoyo del Estado. La razón es muy sencilla: es tan grande la cantidad de dinero que se viene tirando en iniciativas absurdas, y es tan ineficiente la ejecución del propio gasto social, que basta con administrar mejor.

Para percibir este punto alcanza con pensar en la cantidad de plata que se ha tirado en estos años como consecuencia de la demagogia, la mala administración y la falta de controles.

Están, desde luego, los más de mil millones de dólares que costó la fiesta de Ancap. Porque en esa cuenta no solo hay que poner el rescate aprobado por el Parlamento, sino el dinero que hasta hoy se nos saca para tapar ese inmenso agujero. Si no hubiera existido el desastre generado por Martínez, Sendic y De León, hoy no estaríamos pagando las tarifas de combustible que estamos pagando, ni UTE se vería obligada a trasladar 800 millones de dólares por año a las arcas del Estado (en lugar de usarlos para bajar tarifas).

Más de mil millones de dólares es muchísima plata en cualquier parte del mundo. Pero a eso hay que agregar los más de 150 millones de dólares que se llevan gastados en el absurdo proyecto de la regasificadora (y seguimos sumando), los 70 millones del faraónico Data Center de Antel, los 50 millones de dólares que costó el Corredor Garzón más el medio millón que costará desarmarlo, los 35 millones que se tiraron en Alas-U (un proyecto inviable desde el primer día), los 25 millones que sigue perdiendo cada año la División Pórtland de Ancap, los siete millones en consultorías que se llevó el nunca realizado proyecto de puerto de aguas profundas en Rocha (sin contar expropiaciones), los sueldos de ópera en empresas que nadie controla, como CABA y Ducsa, y el millón y medio que costó el avión presidencial, que es poco en este contexto pero revela toda una mentalidad. Y hay más.

Si esta inmensa cantidad de plata se hubiera destinado a las políticas sociales, educativas y de salud, se hubieran podido asegurar las mismas prestaciones que existen hoy a un costo muchísimo menor. A eso hay que agregar la ineficiencia del gasto que efectivamente se realiza en esas áreas.

¿Cuánta de la inmensa cantidad de dinero que recibe ASSE llega efectivamente a los usuarios, y cuánta se va en oscuros negocios como el de las ambulancias? ¿Cuánto del dinero que recibe el Mides se va en financiar burocracia o en subsidiar a ONG compañeras? ¿Cuánto del dinero que se destina a la enseñanza se pierde en financiar cargos técnicos, de dirección y de secretaría en programitas que llegan a muy poca gente?

A no dejarse encerrar, entonces, en planteos tramposos. Felizmente el Uruguay es un país de gente solidaria. Aquí no existe ninguna fuerza política relevante que predique la insensibilidad social o que sea indiferente a la suerte de los más vulnerables. Los recortes dramáticos del gasto social no están en ningún programa.

Lo que sí hay es una diferencia entre aquellos que se llenan la boca hablando de solidaridad pero se dedican a quemar la plata que extraen de los bolsillos de los uruguayos, y quienes exigen menos demagogia y más responsabilidad.

La verdadera amenaza al gasto social no proviene de la oposición sino del Frente Amplio. Si se sigue tirando plata como hasta ahora, si se siguen prendiendo costosas "velas al socialismo" y subsidiando organizaciones compañeras, el menor enfriamiento que sufra la economía (y tarde o temprano siempre llegan momentos de dificultad económica) se va a traducir en la incapacidad del Estado para asegurar prestaciones fundamentales. Por eso, una administración seria y responsable no sólo le hace bien a la producción, sino al propio gasto social.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos