EDITORIAL
diario El País

Enderezar la historia reciente

El pasado reciente, que no es tan reciente, sigue jugando un rol pernicioso en la vida del país. El hecho de que muchas violaciones de derechos humanos ocurridas durante la dictadura sigan sin aclararse es uno de las razones, aunque no la única.

Al no aclararse esos hechos, esa historia reciente quedó mal consignada y dio pie a que otros montaran un relato algo antojadizo y poco real, pero que les permitió changar con él. No hay revisión, ni crítica, menos aún arrepentimiento o pedidos de disculpas.

Por eso no pasó inadvertida la intención de los tupamaros de recordar como una gesta lo que fue la toma de Pando, el 8 de octubre de 1969, hace ya medio siglo. Diego Burgueño, el hijo de una víctima inocente de aquella violenta incursión tupamara en la localidad canaria, denunció a las actuales autoridades del MLN de hacer una apología de su acción criminal. Burgueño integra la asociación Toda La Verdad, que reúne a familiares de víctimas de Tupamaros.

Al recordar esa jornada, los tupamaros rendían un militante homenaje a una acción criminal que terminó con varios muertes, entre ellas la del padre de Burgueño, que ajeno a los hechos estaba en el lugar de pura casualidad y cayó en el fuego cruzado.

La denuncia judicial que presenta Burgueño no es directamente contra algo que ocurrió hace medio siglo, sino contra algo que sucedió esta semana: apunta a la reivindicación hecha hoy por parte de un grupo político, de algo que es presentado como positivo y digno de ser homenajeado cuando en realidad fue un hecho irrefutablemente criminal.

Se trata de lo que lisa y llanamente suele denominarse como “apología del delito”: es el elogio de un crimen, sostener que algo delictivo está bien.

De ese modo, Burgueño va no ya al hecho histórico, sino a su glorificación actual, la de la semana pasada. “Presentaré una denuncia penal por apología al delito porque estos señores se dignan a hacer actos los días 8, en este caso el 9 de octubre, increíblemente haciendo una apología al delito y resaltando los hechos para ellos heroicos de lo que sucedió en Pando”, indicó Burgueño en un programa de Radio Nacional.

La noticia de lo que pretendía Burgueño tuvo su impacto. Uno directo e inmediato, otro que apunta al largo plazo.

Lo directo e inmediato es que empañó la celebración que pretendían los tupamaros. Pensaban quedarse con la fiesta y ocupar todos los titulares pero esta acusación se les cruzó en el camino. Eso hasta obligó a algunos dirigentes políticos a salir a los medios y explicar. Aunque lo cierto es que mucho no lograron aclarar.

Resulta insólito, absurdo y desubicado que hoy, 51 años después y sabiendo todo lo que pasó desde entonces, haya quien reivindique aquella acción.

Hacia el largo plazo, esta decisión de Burgueño es un paso más, de los muchos que se vienen dando, para enderezar la historia.

Durante un tiempo, los tupamaros se hicieron dueños de su relato y lo impusieron al país. Un relato complejo y con muchas tramas que intentan darle categoría de mito y leyenda a hechos que no ocurrieron tal como ellos los cuentan: desde que se levantaron en armas contra una dictadura (no la había en esa época) hasta una heroica visión de cómo resistieron el embate final.

Poco a poco, diferentes investigaciones han ido mostrando que no todo era tan romántico, tan heroico ni tan puro. Distintos trabajos periodísticos, minuciosamente realizados (algunos publicados como libros) han ido desarmando ese relato falso de los acontecimientos.

La denuncia judicial que presenta Burgueño no es directamente contra algo que ocurrió hace medio siglo, sino contra algo que sucedió esta semana.

La denuncia de Burgueño es un dato más. Muestra una realidad que ya se percibía en aquellos años en cuanto a la aceptación popular que tuvieron o no, los tupamaros. Mientras daban pacíficos golpes propagandísticos, denunciando irregularidades, todo iba bien. Pero cuando empezaron a los tiros esa aceptación se perdió y nunca se recuperó. Que ahora quieran imponer una versión idílica y falsa de sus acciones es casi tan inmoral como lo fueron las acciones mismas.

En ese sentido, la intención de Burgueño al plantear su denuncia es bien clara. “No es un tema de revanchismo ni de contradecirnos, en el sentido de que no pretendemos justicia sino que pretendemos la verdad, simplemente poner las cosas en su debido lugar, para que se terminen los enaltecimientos”, expresó.

Es que el país está necesitando eso: la verdad, el fin del relato, la posibilidad de poder enderezar una historia que ocurrió hace varias décadas, que ha sido muy distorsionada y por eso mismo, tan difícil de entender y de aceptar.

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