EDITORIAL

Encuestas, intereses y convicciones

En cada entrevista y en cada discurso, los candidatos hacen sus promesas. Algunas parecen viables, otras son imposibles de cumplir. Pero será el ciudadano el que toma la decisión final.

En las últimas semanas, la proliferación de resultados de encuestas parecen desconcertar a la población. Algunas dan resultados que a la gente le resultan difíciles de entender. ¿Cómo es posible que tal o cual candidato haya remontado si no parece haber indicios para ello? ¿Porqué determinada encuesta da tan alto a cierto precandidato mientras otra pone al mismo muy abajo?

En definitiva, estos resultados son medidores coyunturales del estado de opinión de una sociedad, en un determinado momento y según un contexto específico. Las propias empresas que las hacen reconocen que tienen un porcentaje de error muy alto.

En una campaña son un insumo más al que algunos le darán suma importancia y otros ninguna. Más en una elección interna en que cada partido elige quien será, de entre varias opciones, el candidato que lo represente. Por esa razón no es obligatoria: no se puede forzar a la gente a incidir en decisiones que son propias de un partido, si hay quienes piensan que no les corresponde hacerlo.

Pero el ruido electoral es mucho y variado, y las encuestas son solo parte de ello. Todos los días los diferentes medios van mostrando sus entrevistas y crónicas, lo que los precandidatos dicen en cada localidad que visitan. Todo ello también es un insumo.

En cada entrevista y en cada discurso, los candidatos hacen sus promesas. Algunas parecen viables, otras son imposibles de cumplir. Los más racionales se inclinan a creerles a los primeros, los que solo viven de ilusiones tal vez prefieran a los segundos.

La publicidad empieza a inundar las tandas televisivas, la prensa y los sitios on-line. Cada aviso muestra el mejor rostro del candidato.

En definitiva, esta lista que enumeramos no son más que instrumentos usados en cualquier campaña. Algunos provienen del periodismo mismo, otros de empresas encuestadoras independientes, otros de similares empresas que no son tan independientes pese a asegurar lo contrario, y el resto proviene de los propios partidos.

El problema es cuando una campaña se ensucia. Ya aparecieron encuestadores raros que con acento centroamericano hacen preguntas que no son para averiguar tendencias sino para enchastrar a un determinado precandidato, con nombre y apellido. En algunos sitios web se pasaron videos pagos como publicidad sin señalar su origen y cuyo único objetivo también es desprestigiar al mismo candidato.

El único antídoto (por ahora) ante ese tipo de campaña anónima y sucia, es la decencia de cada votante que rechazará tales mensajes. Pero que existen, existen.

Es el ciudadano quien tomará la decisión que crea mejor de acuerdo a sus ideales políticos, si prefiere el liberalismo o el socialismo. Quien decidirá cuanto caso le hará a cada uno de estos mensajes, qué seriedad y qué credibilidad corresponde a cada uno de ellos y cuales descarta. El votante también defiende sus más íntimos intereses. Quiere saber que precandidato y que partido le inspira más confianza y coincide con sus intereses como persona. Cada uno sabe como defender los recursos que su familia anhela para vivir y quiere asegurase de que quienes mucho prometen no lo perjudiquen. Querrá determinar quien lo beneficiará o le perjudicará a la hora de decidir lo que es mejor para la educación de sus hijos. Deberá tener claro quien apuntalará una economía que consolide su sueldo como asalariado. Un votante joven querrá saber quien impulsará las mejores opciones educativas para desarrollarse y crecer en el campo de los oficios y las profesiones. Los productores, los empresarios, los asalariados, los jóvenes, las mujeres, las minorías, cada uno prestará atención para saber quien alienta o quien perjudica lo que a cada uno le preocupa.

Para tener eso claro, poco ayudará el largo listado de insumos que enumeramos al principio; sí incidirán las convicciones personales, la claridad con que cada uno apoya lo que considera importante para su vida y para aquellos que dependen de uno.

Este interesante proceso empieza por determinar quien será el candidato de cada partido, pasa por la elección de presidente y de legisladores y en caso de que nadie tenga mayoría absoluta, termina en una segunda vuelta, solo entre los dos más votados. El protagonista definitivo es siempre el ciudadano.

Por más que durante el camino hayan aparecido muros empapelados, una publicidad apabullante, encuestas de todo tipo y declaraciones altisonantes, la decisión final, la fundamental, es la del soberano.

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