EDITORIAL
diario El País

Elecciones en Chile

Mañana se vota en Chile para la primera vuelta de la elección presidencial que seguramente dé lugar a un balotaje en diciembre. Es una buena circunstancia para analizar la evolución y perspectivas que se abren para el país trasandino.

Todos los resultados de encuestas señalan que lo más probable es que para la segunda vuelta presidencial pasen José Kast y Gabriel Boric. Por un lado, Kast es un representante claro y decidido de un campo de derecha que tiene mucho caudal electoral en Chile y que, luego de la desilusión que ha significado el segundo mandato de Piñera para mucha gente, parece que preferirá un candidato firmemente comprometido con sus valores sociales, económicos y políticos, en vez de otras opciones, como por ejemplo la de Sichel (exministro de Piñera) que se inclina más por ir hacia el centro del espectro político.

Por otro lado, Gabriel Boric, con sus 35 años de edad, representa a la izquierda de la nueva generación. Muy crítico del balance del período de tres décadas iniciado con la redemocratización de Chile, y por tanto de los resultados de la alianza de centro izquierda y protagonista de esos años de la llamada Concertación, fue apoyado por el Frente Amplio de ese país, es decir por una alianza claramente identificada con la izquierda, y cuenta también con el respaldo del partido comunista. Las encuestas, que hace unos meses lo daban primero para las elecciones de primera vuelta, fueron progresivamente señalando una baja en su intención de voto que, sin embargo, no parece que le impidan disputar el balotaje.

En cualquier caso, sea quien fuere el que resulte electo, tendrá una tarea muy difícil por delante. Primero, porque la pérdida de autoridad presidencial ocurrida a partir de la revuelta de octubre de 2019 ha contribuido a generar una situación social y de inseguridad extremadamente compleja en el sur del país. Allí, por décadas ya, las reivindicaciones de grupos indígenas se dan la mano con un terrorismo gravísimo que no duda en dañar propiedades privadas y en poner en tela de juicio la autoridad central del Estado. ¿Estará dispuesto el futuro presidente, y tendrá la legitimidad social y política como para poder reprimir a las guerrillas violentas en la Araucanía y asegurar la autoridad del Estado en esa región?

Segundo, las dificultades vendrán también de las propuestas institucionales que plantee la convención constituyente electa en 2020, y que debe presentar a la ciudadanía un nuevo texto constitucional a ser ratificado en voto popular en 2022. ¿Aceptará esa convención, muy corrida hacia la izquierda, un triunfo de Kast en diciembre próximo, sin pretender al mismo tiempo quitarle poder a la presidencia en la nueva arquitectura institucional para Chile? ¿O procurará favorecer al Parlamento en desmedro del papel presidencial, inclinando así la balanza de poderes en favor de un asambleísmo que tan bien se lleva con algunos conceptos de moda, como el de la participación ciudadana y el del empoderamiento popular?

Chile se enfrentó a una revuelta social en 2019 que se transformó en una crisis política e institucional muy seria. Optó por caminos de salida escarpados.

En la hipótesis en que la convención decida enfrentarse al recientemente electo presidente Kast, ¿cómo se resuelve el conflicto? O, por el contrario, si Boric resulta presidente, ¿acaso podrá ejercer su plena autoridad en decisiones claves -como en el problema en Araucanía-, aun cuando ello implique oponerse a la mayoría de la convención que se identifica con el mismo signo político que él? Ante tal conflicto potencial, ¿cómo se llevará la ética de la responsabilidad del ejercicio del gobierno, con la ética de la convicción que inspira a tantos militantes sociales izquierdistas que fueron electos convencionales en 2020?

Con todo, estas preguntas políticas e institucionales ni siquiera refieren a las dos dimensiones más urgentes que preocupan mayoritariamente a los chilenos: la expectativa de un mayor nivel de ingresos a partir de un crecimiento económico sostenido y de largo plazo, y las reformas en la salud y en las pensiones que mejoren las perspectivas de una sociedad demográficamente envejecida y que no tiene para nada garantizado el bienestar futuro de sus clases pasivas.

Chile se enfrentó a una revuelta social en 2019 que se transformó en una crisis política e institucional muy seria. Optó por caminos de salida escarpados que incluyeron instancias electorales que pueden terminar con enfrentamientos de legitimidades populares muy graves. Esos escenarios empiezan a develarse con las elecciones de mañana y con el balotaje de diciembre. Chile precisará de mucha paciencia y de mucho oficio político para salir adelante con éxito.

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