Editorial

Una elección polarizada en EE.UU.

Estados Unidos comienza su tradicional proceso electoral rumbo a la elección del sucesor de Barack Obama con las primeras proclamaciones de los candidatos demócratas y republicanos.

El largo, complejo y particular proceso de elecciones internas obliga a quienes aspiran a llegar a la Casa Blanca a comenzar con tiempo una campaña de organización en los estados principales, recaudar fondos y comenzar a marcar en las encuestas.

El sistema electoral yankee presenta varias características bien diferentes del nuestro. Las primarias en cada partido se realizan siguiendo un cronograma de varios meses fijado por cada estado que asigna delegados a un colegio elector. Esto hace que los primeros estados en realizar su elección, en enero del año electoral tradicionalmente Iowa y New Hampshire, marquen la suerte de los contendores en el resto del proceso.

En algunos son elecciones abiertas, en otros para los registrados de cada partido, incluso en otros los llamados "caucus" son asambleas locales que eligen delegados para luego designar el candidato del estado. Esto ocasiona que durante el desarrollo de la elección muchas veces no exista un registro único e indiscutido de delegados por candidato, lo que en internas parejas como fueron las de 2008 en el Partido Demócrata entre Hillary Clinton y Barack Obama, genere mucha incertidumbre. Normalmente se llega a las elecciones de los últimos estados con las internas partidarias definidas por los delegados o por las encuestas.

Otra diferencia con nuestras elecciones es la gran cantidad de debates que se realizan. Los canales de televisión, diarios, medios electrónicos o asociaciones de la sociedad civil organizan decenas de debates entre los candidatos de cada partido primero y entre los dos candidatos presidenciales después. A ningún candidato se le ocurre negarse a participar ya que lo condenaría a una derrota segura. A su vez el impacto en la elección es decisivo; una buena performance en un debate televisado a nivel nacional levanta a un candidato que viene abajo, como ocurrió en la última nacional con el primero de los tres entre Obama y Mitt Romney, en que el candidato republicano obtuvo su "momentum". Por otra parte, una mala performance puede hundirlo, como le sucedió al exgobernador de Texas, Rick Perry, en las pasadas internas republicanas en que olvidó durante un debate qué Ministerios proponía eliminar en su programa de gobierno y no logró recuperarse del papelón.

Actualmente hay una sola candidata proclamada oficialmente en el Partido Demócrata que es la ex secretaria de Estado Hillary Clinton, amplia favorita para quedarse con la nominación. En el Partido Republicano el panorama es más abierto, ya que existe un leve favorito en las encuestas, el exgobernador de Florida Jeb Bush, y tres proclamados recientemente, los senadores Ted Cruz, Marco Rubio y Rand Paul.

El perfil de Clinton es conocido, apuesta al voto de la izquierda moderada de los demócratas, lo que ellos llaman "liberals" expresando lo opuesto a lo que por estas latitudes se entiende por liberal. Así lo marcó desde el propio video con que proclamó su candidatura.

Entre los republicanos, tanto Cruz cuanto Rubio —hijos de inmigrantes cubanos— muestran un fuerte perfil conservador y religioso, y son apoyados por la derecha republicana. Por su parte Rand Paul es un "libertario conservador", según su propia definición, con posiciones poco ortodoxas para un republicano en materia de política exterior y fuertemente promercado en aspectos económicos. Jeb Bush aparece como un candidato más moderado y de centro para el electorado global pero no tan afín a quienes votan en la interna de su propio partido.

Una característica que ya se divisa en el horizonte con los candidatos que dirimirán sus posibilidades en los próximos meses es la polarización ideológica. En tiempos donde hablar de ideología o de la definición de valores fundamentales suena demodé, Estados Unidos camina hacia una elección con claras definiciones políticamente claves.

Solo para mencionar un caso concreto y evidente: demócratas y republicanos tienen concepciones casi opuestas en cuanto a la intervención del Estado en la economía. Mientras los primeros han avanzado en los últimos años bajo el gobierno de Obama en la estatización y regulación económica, los segundos proponen reducir su tamaño y funciones. Nada nuevo bajo el sol, es un viejo y decisivo debate para cualquier sociedad, pero que demuestra que el voto vale para decidir el destino de un país y que los debates serán fundamentales para conseguir ese voto.

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