Editorial

EE.UU. y los derechos humanos

La decisión de EE.UU. de abandonar el Consejo de Derechos Humanos de la ONU es comprensible ante la farsa en que se había convertido ese organismo, pero cae en el peor momento posible ante el escándalo global por la separación de las familias de inmigrantes.

El gobierno de los Estados Unidos ha decidido no ser más parte del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. La Casa Blanca ha argumentado que el organismo, con sede en Ginebra, se había convertido en una farsa, dedicado únicamente a criticar a Israel mientras que guarda bochornoso silencio ante situaciones inaceptables que ocurren en otro lugares del mundo.

La decisión, polémica y discutible, tiene su cuota de justificación.

En los últimos años ese organismo se ha convertido en una farsa de sí mismo, siendo integrado por algunos de los países con peores registros de violaciones a los derechos humanos del planeta. Por ejemplo, en este momento entre sus miembros se encuentran Etiopía, Filipinas, Arabia Saudita y Venezuela, cuatro países que están a la cabeza mundial de presos políticos, despotismo, y represión sangrienta contra sus propios ciudadanos. Como suele suceder en la ONU, el sistema de cuotas y reparto de influencia en el organismo termina generando este tipo de incoherencia que solo afectan la credibilidad del mismo.

Parece insólito que un país como Arabia Saudita, donde mujeres son ejecutadas en público por "brujería", o Filipinas, donde el gobierno viene llevando a cabo una verdadera matanza encubierta como lucha contra las drogas, pretendan juzgar lo que sucede en Israel.

Ahora bien, la decisión de los Estados Unidos ocurre en el peor momento imaginable. Se anuncia en una coyuntura en la que el mundo entero se muestra espantado ante la situación que se vive allí a raíz de la decisión de separar a las familias de emigrantes que ingresan en forma ilegal al país. Esta práctica, parte de las medidas draconianas que el presidente Donald Trump viene impulsando para frenar una supuesta masiva ola migratoria que solo existe en su imaginación, ha generado situaciones espeluznantes, con niños de apenas meses de edad que son llevados a centros de detención que parecen perreras. Incluso en algunos casos, pese a padecer serios problemas de salud y mentales.

Hay que señalar que esta política del gobierno americano ha generado un masivo rechazo en todo el país. Desde los medios de comunicación, pasando por legisladores de todos los partidos, y hasta las últimas cuatro primeras damas, han salido públicamente a condenar estas medidas y a exigir un cambio. Algo que ha apoyado incluso la esposa del actual presidente, Melania Trump.

De todas formas, este claro ejemplo de violación de los derechos humanos sigue hoy ocurriendo en el país que se ha erigido en el último siglo como el más ferviente impulsor y defensor de estos derechos. Una inconsistencia trágica y que tendrá efecto terrible a futuro, no solo en la autoridad moral de ese país sin importar quién esté a cargo de su gobierno. Sino también en lo que otros gobiernos se sientan legitimados a hacer con su propia gente, o con inmigrantes de otros países. Son tiempos muy oscuros para los derechos humanos en el mundo, y este ejemplo espantoso que está dando nada menos que EE.UU. al mundo, no va a ayudar a mejorar.

Es más, no faltará quien diga que Estados Unidos se retira del Consejo para evitar ser condenado por el mismo en momentos en que ocurren claras violaciones a los derechos humanos en su territorio. Y no le faltará razón.

La confusión interna que está padeciendo el país más poderoso del mundo bajo el gobierno de Trump y con su eslogan de "primero EE.UU." es trágica, y tendrá consecuencias negativas para ese país y para el resto del mundo. La actuación patoteril y antidiplomática de la embajadora ante la ONU, Nikki Haley, no solo es negativa para el sistema internacional, sino para su propio país.

Es verdad que la ONU y todo el sistema internacional necesitan un sacudón, y que se ha convertido en una burocracia inútil y despegada de las verdaderas necesidades y reclamos de la sociedad global. Pero para eso se requiere de una presencia fuerte y legitimada del país más fuerte y con mayor tradición democrática del mundo, para impulsar los cambios que hacen falta. Con este tipo de políticas, Estados Unidos está perdiendo toda la legitimidad ganada con décadas de esfuerzo. Es muy difícil hoy incluso para quienes se consideran más amigos de ese país y comparten los valores que le han dado su lugar preeminente en el mundo, defender sus políticas y decisiones. Y el mundo está cambiando muy rápido. El eje de poder se está moviendo al este, y si bien a nadie con valores democráticos y que defienda los derechos humanos le sirve que China u otros poderes similares crezcan en influencia, con estas decisiones EE.UU. se va quedando peligrosamente solo.

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