EDITORIAL

Disipar las tinieblas

Tal vez ahora, más que nunca, valga la pena recordar aquel discurso de José Pedro Varela y analizar hasta qué punto tiene vasos comunicantes con el Uruguay del presente.

Hace más de 150 años, el 18 de setiembre de 1868, un hombre muy joven pronunció un encendido discurso en el Club Universitario. Su nombre: José Pedro Varela. Tenía apenas 23 años de edad, pero eso no impidió que hubiera estudiado y reflexionado sobre una idea que revolucionaría al país, sentando las bases de una ética republicana que nos distinguiría para siempre del concierto de naciones del continente.

Tal vez ahora, más que nunca, valga la pena recordar aquel discurso y analizar hasta qué punto tiene vasos comunicantes con el Uruguay del presente.

“La educación es cuestión de vital importancia para aquellos pueblos que, como el nuestro, han adoptado la forma de gobierno democrático-republicana. La extensión del sufragio a todos los ciudadanos exige que la educación llegue a todos: ya que sin ella, el hombre no tiene la conciencia de sus actos”.

En esa misma época, apenas dos años antes, se constituía en Uruguay la primera empresa ferroviaria, con capitales nacionales. Y en abril de 1868, escasos meses antes del discurso de Varela, esa compañía iniciaba el tendido de las vías que conectarían a Montevideo con Durazno. Imagine el lector el triunfalismo con que el país recibía esa innovación tecnológica. En semejante clima de efervescencia, que identificaba el progreso del país con la incorporación de las máquinas, el Reformador contraviene ese sentir, sentenciando que “la ilustración del pueblo es la verdadera locomotora del progreso”.

Ilustración para ser libres, para ser mejores, para ejercer la ciudadanía con responsabilidad y construir una convivencia tolerante y solidaria.

Cada frase del discurso de Varela rezuma una vigencia impresionante: “para instituir la República lo primero es formar republicanos; para crear el gobierno del pueblo, lo primero es despertar y llamar a la vida activa al pueblo mismo; para hacer que la opinión pública sea soberana, lo primero es formar a la opinión pública; y todas las grandes necesidades de la Democracia, todas las exigencias de la República, solo tienen un medio posible de realización: educar, educar, siempre educar”.

Necesidades y exigencias de una sociedad tensionada entre las luchas partidarias fratricidas y un nueva generación, la primera que egresaba de la naciente Universidad de la República, que imaginaba otro Uruguay posible y emprendía una tarea titánica para ese tiempo: hacerlo realidad con la fuerza del convencimiento y la razón.

El mismo hombre que proclamó que la escuela debía dejar de ser “un depósito de niños”, reflexionó entonces sobre el poder democratizador de la enseñanza pública: “los que una vez se han encontrado juntos en los bancos de una escuela en la que eran iguales, a la que concurrían usando un mismo derecho, se acostumbran fácilmente a considerarse iguales, a no reconocer más diferencias que las que resultan de las aptitudes y las virtudes de cada uno: así, la escuela gratuita es el más poderoso instrumento para la práctica de la igualdad democrática”. Él ya comprendía que la equidad no se realiza bajando el rasero sino al revés: valorando el talento y la virtud de cada uno y poniéndolo al servicio del bien común.

Vea el lector estas palabras, pronunciadas hace un siglo y medio: “desquiciada la sociedad, abandonada la industria, embrutecidas las masas, desbordadas las pasiones, el cuadro que por doquiera ofrecen las repúblicas sudamericanas es desconsolador y desesperante. (…) ¿Qué le falta a América del Sur para ser asiento de naciones poderosas? Digámoslo sin reparo: instrucción, educación difundida en la masa de los habitantes, para que sea cada uno elemento y centro de producción y de riqueza, de resistencia inteligente contra los bruscos movimientos sociales, de instigación y freno al gobierno. La educación, en verdad, es lo que nos falta, pero la educación difundida en todas las clases sociales, iluminando la conciencia oscurecida del pueblo y preparando al niño para ser hombre y al hombre para ser ciudadano. (…) Es la opinión pública la que lleva a las cámaras y al gobierno a los hombres encargados de dictar las leyes y de regir al Estado. Y la opinión pública será ilustrada y justa, cuando el pueblo sea justo e ilustrado; será confusa y mezquina cuando el rayo bendito de la educación no haya disipado las tinieblas de la ignorancia popular”.

De 1868 a 2019, parece que volviéramos al punto de partida.

Y la voz indignada de Varela sigue resonando en nuestras conciencias con una frase que vence al tiempo: “hace mucho tiempo que hablamos, ¿cuándo empezaremos a actuar?”

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