EDITORIAL
diario El País

Difícil ser valiente...

No deja de ser una macabra ironía que el presidente ruso Vladimir Putin haga alardes de salvador de la humanidad, anunciando el pronto lanzamiento de la ansiada vacuna contra el Covid- 19, al mismo tiempo en que su adversario político, Alexéi Navalny -otro más- se encuentra al borde de la muerte según todo lo indica, envenenado.

El experimento bolchevique impuesto a sangre y fuego por Lenin y sus huestes, tras la revolución antizarista de 1917 continuada por Stalin y sus herederos, provocó unos 100 millones de muertos y sufrimientos de toda clase que permanecieron ocultos por demasiado tiempo, tras la cortina de hierro.

A consecuencia de la glásnost (apertura, transparencia, liberalización de los presos políticos) y la perestroika (reformas económicas para llevar a un régimen comunista hacia una sociedad de libre mercado) impulsada Gorbachov, obligado por el irreversible deterioro de la economía comunista en la que campeaba el desempleo, la pobreza, el hambre y hasta se hundían los submarinos atómicos, pareció que la implosión de las URSS y las naciones satélites que se hallaban bajo el yugo comunista, lograrían por fin dejar atrás los males de la tiranía. Ese inmenso y gran país, cuna de prominentes escritores, pintores, músicos y científicos reconocidos mundialmente, pasaba a ser parte del concierto internacional en calidad de estado libre, democrático, y respetuoso de los derechos humanos.

Sin embargo, la realidad fue mucho menos lineal de lo que se esperaba. Así como se privatizaban las gigantes empresas estatales, entraban los negociados, la inseguridad, la mafia, el crimen, la inestabilidad política y toda la gama de complejidades devenidas de una transición de décadas de comunismo. Putin, alto miembro del siniestro KGB, se impuso en las elecciones luego de la compleja presidencia de Boris Yeltsin, accediendo al gobierno en 1999. Tomó las riendas con mano firme, puso orden, (muy valorado por los rusos) y nunca más dejó el poder, donde está instalado hace nada menos que 21 años, con un interregno como primer ministro que en realidad no fue otra cosa que una formalidad que mal disimulaba su permanencia en el mando.

Desde entonces, uno tras otro, los rivales políticos que se han atrevido a desafiar a Vladimir, han sido sacados del ruedo con medidas contundentes: la prisión o la muerte. Y a pesar del grave riesgo al cual se exponen, hay personas tan idealistas y valientes como Alexéi Navalny, que no han dudado, aunque esto signifique perder la vida, seguir su lucha para denunciar la corrupción y los abusos del poder. Hoy se halla impotente en un hospital de la pequeña ciudad de Omsk, a 2200 km de la capital, enchufado a un respirador artificial y en manos de unos médicos que dan informes contradictorios sobre su salud, que además no le permiten salir del nosocomio para atenderse en un lugar más seguro, como ser en Francia o Alemania, cuyos primeros mandatarios, Emmanuel Macron y Angela Merkel, le han ofrecido.

Uno tras otro, los rivales políticos que se han atrevido a desafiar a Vladimir, han sido sacados del ruedo con medidas contundentes: la prisión o la muerte. Y a pesar del grave riesgo al cual se exponen, hay personas tan idealistas y tan valientes como Alexéi Navalny.

Es tan burda la maniobra, desde el momento en que es calcada de la experiencia sufrida por la periodista Anna Politkóvskaya, que da la impresión de ser a la vez un mensaje elocuente para infundir miedo e instalar el silencio. La periodista cayó enferma en setiembre de 2004 después de tomar un té, igual que Navalny, mientras volaba en dirección a la república caucásica rusa de Osetia del Norte, para cubrir la toma de rehenes en una escuela de Beslan. Pero si bien pudo reponerse de la intoxicación, no se salvó de los tiros con los que la acribilló un misterioso pistolero, 2 años después.

Alexéi, ignorado por los medios nacionales e impedido de presentarse como candidato a raíz de una conveniente denuncia de fraude fiscal, es actualmente la voz opositora por excelencia que no teme enfrentarse a los poderosos. Sus emisiones difundidas en “you tube” tienen más de 4 millones de seguidores pero desafiar a Putin y su entorno no es pavada.

Los numerosos casos que se conocen, aunque seguramente haya muchos más, lo demuestran con su reguero de misteriosas muertes y alguna vez intentos fallidos, como el de la pareja en Salisbury, el parque londinense. Los Skirpal, el exagente ruso y su hija Yulia de 33 años, fueron agredidos por un gas nervioso de uso militar y fabricación rusa. El gobierno británico apuntó al presidente Putin como altamente probable de ser el responsable del envenenamiento, teoría secundada por Estados Unidos y la Unión Europea, pero ahí sigue tranquilamente el presidente, en los lujosos aposentos zaristas del Kremlin.

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