EDITORIAL
diario El País

Un día para revalorar la democracia

Lo que suele ser considerada una de las grandes rutinas que conmemora la democracia cada cuatro años, mañana cobrará una significación muy especial.

Estados Unidos celebra la asunción de cada nuevo presidente (o de uno que ha sido reelecto) como una gran fiesta pese a ser rutinaria porque se viene realizando desde hace más de dos siglos. Allí todo lo que es esencial al funcionamiento de la democracia se pone en marcha: el nuevo titular del Poder Ejecutivo jura ante el titular del Poder Judicial en la sede del Poder Legislativo.

Mañana esa ceremonia se repetirá una vez más. Sin embargo, en esta ocasión no contará con las multitudes que tradicionalmente se reúnen frente al Capitolio, aún pese al frío. La pandemia y las recomendaciones de distanciamiento son parte del motivo.

Las estrictas medidas de seguridad son la otra razón. Luego del reciente asalto al Capitolio por una multitud enardecida tras asistir a un acto en que el presidente Donald Trump incitó a ese ataque, nadie quiere que ello vuelva a suceder.

Pero pese a que no habrá multitud, el acto de mañana tendrá el especial sentido de revalorar lo que Estados Unidos significa como país democrático, donde las instituciones y la libertad han sido parte fundamental de su historia.

Pocos países del mundo sienten su identidad como nación tan fuertemente apoyada en esa valoración de la democracia. Para los uruguayos es fácil entender lo que eso implica porque también su historia, su identidad, su forma de vivir se entrelaza con una tradición democrática que viene desde sus orígenes pese a las guerras civiles del siglo XIX y las interrupciones del siglo XX. Wilson Ferreira Aldunate definía la patria entendida de esa manera, como “una comunidad espiritual”.

La asunción de Joseph Biden, más que por el personaje y lo que representa, adquiere un valor especial por cuanto es el deseo, no solo de su propia nación sino del mundo libre, de que Estados Unidos afiance lo que pareció sacudirse en estos días como resultado de un deterioro que lleva cuatro años, conducido de la mano de Trump.

Trump fue un caso más de lo que pasa en otros países: un gobernante populista, demagogo, caprichoso y narcisista. Estuvo al borde del autoritarismo y si no se convirtió en un déspota tal como ocurre, a izquierda y derecha, en otras partes del mundo es porque las instituciones norteamericanas son más fuertes.

Igual hizo daño y con la llegada de un nuevo presidente, urge revisar porqué se llegó tan lejos y porqué su partido, el Republicano, con una noble historia a lo largo de casi dos siglos, no fue capaz de contenerlo primero y frenarlo después.

Es verdad, como muchos reclaman, que es necesario entender cómo se llegó a esto, cómo logró esa inmensa popularidad al obtener para su partido un récord histórico de votos en una elección que convocó a una concurrencia amplísima (Biden también rompió un récord al sacar aún más votos). Hay razones que explican el fenómeno Trump, y es necesario entenderlas para evitar que se repitan.

Pero entender no es justificar.

Consolidar democracias en tiempos de redes sociales donde los ciudadanos se comunican en forma diferente y donde quienes influyen lo hacen sobre “verdades alternativas” y relatos falsos, no es fácil.

Crece en el mundo la tendencia a desmerecer la democracia históricamente definida como una forma de gobierno en que la gente vota, donde hay tres poderes separados entre sí y su funcionamiento está diseñado primero y antes que nada para respetar y garantizar las libertades y derechos de los individuos.

¿Cómo revertir esta tendencia? No es fácil cuando en medio de un flujo de información y mensajes que corren por las redes sociales y distorsionan la realidad, mucha gente vota líderes presuntamente mesiánicos para que la proteja y conduzca, aunque no respeten sus espacios de libertad y autonomía. Vota figuras llamativas que después se vuelven dictadores.

Consolidar democracias en tiempos de redes sociales donde los ciudadanos se comunican en forma diferente a lo tradicional y donde quienes influyen lo hacen sobre “verdades alternativas” y relatos falsos, no es fácil.

Pero cualquiera sea la solución, nunca podrá ser algo distinto a lo que es un Estado de Derecho, donde la gente vota con libertad, donde el elegido para gobernar tiene la misión de administrar el país, pero nunca la suma de todos los poderes, donde el Poder Legislativo representa proporcionalmente las diferentes corrientes de pensamiento y el Poder Judicial hace valer los derechos y las libertades de cada uno de nosotros. Muchas cosas podrán cambiar, esas no.

Volver al cauce que Trump intentó torcer es el desafío que asumirá mañana Biden. Solo resta desear que tenga el mayor éxito posible.

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