Editorial

Después de Bolsonaro

Si todos estos cambios que se están dando en la región nos obligan a privilegiar nuestro interés nacional, serán entonces muy buenas noticias.

Mañana Brasil decide su presidente por los próximos cuatro años y todas las encuestas ratifican el amplio triunfo que ya obtuvo Bolsonaro en la primera vuelta electoral.

Si la ola progresista podía darse ya como acabada con la victoria de Macri en Argentina o la destitución de Rousseff en Brasil, el giro que impone Bolsonaro abre un tiempo nuevo para todo el continente. Es un poco lo que ocurrió con Lula en 2002, aunque con un signo totalmente distinto, ya que el previsible triunfo del exmilitar implica al menos tres grandes novedades.

En primer lugar, desde la apertura democrática brasileña no hubo nadie que reivindicara abiertamente el legado de la extensa dictadura (1964-1985) y obtuviera el furibundo éxito electoral que ya mostró Bolsonaro y que seguramente ratifique mañana. El mayor protagonismo del estamento militar brasileño en los quehaceres del Estado es algo que seguramente se verificará en los próximos años, tanto en altas responsabilidades de gobierno como en cargos de representación popular. Hay por tanto aquí un notorio cambio de época, que seguramente tendrá también expresión similar en otros países del continente.

En segundo lugar, los notorios y abundantes excesos verbales del candidato Bolsonaro no deben hacer perder de vista su anunciado rumbo de reformas en un sentido favorable a los mercados. El cambio en Brasil se da por causa del hartazgo de la corrupción progresista en el poder. Pero también responde a la esperanza de reanudar con el crecimiento económico sostenido que tan necesario es para la consolidación de las emergentes clases medias brasileñas. Eficiencia, apertura, competitividad, ordenamiento del gasto: todas dimensiones que se habían perdido con la ola progresista y que Bolsonaro ha fijado como sus prioridades.

En tercer lugar, este cambio de signo tan radical en el país más importante de Sudamérica tendrá consecuencias relevantes en las relaciones internacionales continentales. Se acabó el tiempo de las solidaridades ideológicas, de las chequeras fáciles para los amigos progres, de los discursos grandilocuentes de la patria grande que escondían centenas de millones de dólares de corrupción al más alto nivel. Bolsonaro ya ha contactado a los presidentes que él considera más afines —y entre ellos no está Vázquez—; Brasil ya avanza en un tratado de libre comercio con Chile; y en Brasilia ya se habla de promover las relaciones económicas y comerciales bilaterales con Estados Unidos. El futuro no tendrá nada que ver por tanto con el vacío "más y mejor Mercosur" al que nos acostumbró la retórica progre de la región.

La ceguera ideológica del Frente Amplio impide al gobierno tomar cabal consciencia de todos estos cambios tan profundos. El oficialismo sigue con la camiseta puesta de Lula y sigue creyendo en la estupidez de que en Atlanta hay un plan para perseguir a la progresía continental. Infelizmente, cuanto más demoremos en entender la nueva realidad, más difícil será asumir que llegó para quedarse. Y por mucho tiempo.

El previsible triunfo de Bolsonaro debiera de replantearnos las prioridades de nuestras relaciones exteriores que han estado en manos del ideologizado y jurásico Plenario frenteamplista. Primero, porque el Mercosur actual no será más prioridad para Brasil y por tanto todo el mantra de la integración regional como fin político, sencillamente, se terminó. Segundo, porque un Brasil más predispuesto a fortalecer las relaciones bilaterales —y sobre todo con EE.UU.— llevará naturalmente a revitalizar la perspectiva de la soberanía nacional, algo que Montevideo dejó de lado en estos lustros progresistas por causa de las zurdas tonteras de la patria grande continental.

Si todos estos cambios nos obligan a privilegiar nuestro interés nacional, serán entonces muy buenas noticias. En concreto: ¿acaso no hay que buscar un tratado de libre comercio bilateral con Gran Bretaña, ahora que se apresta a salir de Europa? ¿No es tiempo ya de abrirse a los mercados de la Alianza del Pacífico y utilizar allí la herramienta bilateral con Chile que costó tanto ratificar? ¿No conviene replantearse una relación estratégica más sólida con Estados Unidos, cuando ya es sabido que Brasil irá por ese camino propio? ¿Es de interés para el país seguir sosteniendo a la dictadura de Maduro o apoyarse internacionalmen- te en Cuba, como lo hace hoy el Frente Amplio?

El previsible triunfo de Bolsonaro nos exige un cambio en nuestras relaciones exteriores. No hay peor ciego que un gobierno ideologizado que no quiere ver.

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