Editorial

El desenfreno de Ancap

El vértigo de la sucesión de hechos en el país no da descanso para pensar y reflexionar. Solo atinar a percibir que la herencia de la administración Mujica fue un caos tan grande que tiene acorralado e inmovilizado al actual gobierno. Todos los días le patean penales y, la verdad, es que no logra atajar ninguno.

Los grandes temas y los problemas puntuales aparecen en una sucesión sin fin, y los de hoy aplastan a los que estaban planteados ayer, sin resolver y sin aclarar, y así seguimos. Uno de ellos es la Investigadora de Ancap, una cuestión de enorme magnitud por la gigantesca danza de millones que están en juego, y por la eventual responsabilidad de altos jerarcas del gobierno —pasado presente— en un agujero negro del cual alguien deberá hacerse responsable, aunque el que lo terminará pagando será el ciudadano con sus impuestos. No hay otra forma de financiar al Estado ni a un Ente del Estado.

Para empezar, una pregunta partiendo del hecho indubitable de que Ancap es el ente industrial más importante que tiene el país: las personas que lo manejaron ¿estaban capacitadas para ello? ¿Tenían el perfil del empresario experimentado, serio y cuidadoso para estar al frente de un gigante de esa naturaleza? ¿Algún antecedente, estudios o preparación especial en el rubro? ¿O se apostó al amiguismo y al cálculo político a la hora de designar a sus autoridades? La respuesta es obvia. Las consecuencias también.

Veamos algunas cosas que han surgido.

1) El rubro inversiones arroja una constante escandalosa: las previsiones de costos de las obras nunca eran acertadas. Siempre terminaban costando muchísimo más caras de lo inicialmente previsto y ninguna ha sido rentable. ¿Simple error o la aparición de algún otro factor? No está claro, pero sí que, por ejemplo, para las plantas de Cemento Pórtland que tiene Ancap en Paysandú y Minas, se elaboró un plan estratégico por el que se invertirían 118 millones de dólares —parece bastante dinero— en reformas y mejoras. Pero… lo que se gastó en realidad fueron 251 millones de dólares. Más del doble. ¡Pavada de error!

2) Con esa megainversión Ancap lo que logró fue perder el año pasado US$ 29 millones, en este 2015 unos US$ 22 millones y el año que viene —si todo marcha bien— US$ 12 millones. Como dato ilustrativo, digamos que existe una empresa privada, competencia de Ancap en este negocio, que gana unos 40 millones de dólares por año. ¿Cómo hace?

3) La planta de cal en Treinta y Tres: la inversión estaba estimada en US$ 45 millones. Ya se llevan invertidos US$ 120 millones y se preparan otros US$ 27 millones más. Preguntados los jerarcas de Ancap sobre si dejaba ganancias, la respuesta fue un tímido "no", pero sí reconocieron que el año pasado se pagaron siete millones de dólares por multas (se entregó material de distinta calidad al contratado) y este año vamos por los dos millones.

4) Ancap tiene un hijo preferido, pero bastante inservible: se llama ALUR. Hay que llenar el ojo, porque se trata del descendiente mimado de la era "progre" que vive el ente. Su primer negocio era la caña de azúcar, pero como fracasó (por goleada) decidió dedicarse a los biocombustibles que le vende —obviamente— a papá Ancap. Las cuentas familiares dicen que de un precio de US$ 850 el metro cúbico que pagaba en 2010 pasó a US$ 1.953 en 2014 y también creció 263% la cantidad adquirida. Con ese precio y ese "cliente", ALUR da ganancias…, pero Ancap no.

5) A diferencia del estereotipo general, Ancap es un empresario tremendamente generoso. Algunos lo podrían calificar hasta de "manirroto". La cantidad de empleados aumentó de 1.940 en 2007 a 2.796 el año pasado. Su salario real creció un 56% en los últimos diez años, mientras que en el resto de las empresas públicas fue el 35%. Eso sí, hace 12 años que no aporta un peso a Rentas Generales.

6) Según dijo el ministro Astori, la deuda de Ancap al 31 de julio de 2015 era de US$ 1.873 millones: 80% en dólares y 20% en unidades indexadas. En el correr de un año, vencerán US$ 757 millones. Topetazo en puerta.

Por la Investigadora ya pasaron la "fiestita" por US$ 360.000, los US$ 10 millones de publicidad monopólica y política, el directorio y jerarcas de Ancap, Danilo Astori y el exministro de Industria Roberto Kreimerman. Se viene Mario Bergara y una carta muy polémica (entre otras cosas) y falta el testimonio de los privados. Sobre todo aquellos que participaron en la licitación de la planta de ALUR en Paysandú, que manejan cifras que difieren (mucho y para menos) con lo que Ancap pagó.

No solo en la Dinamarca de Hamlet algo huele mal.

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