EDITORIAL

A no descansarse

Hay mucho camino que recorrer de acá al 24 de noviembre. No es fácil montar una coalición multipartidaria, pero sobra compromiso y entusiasmo. Se vislumbra la alternancia en el poder y la hora del cambio en nuestro Uruguay.

Luis Lacalle Pou siempre entendió de qué se trataba esto. Lo tuvo muy claro desde el principio y en función de ello diseñó una estrategia muy específica y no se apartó de ella, hasta que el domingo logró su primer objetivo.

Confirmó de esa manera ser un político de primera, un claro intérprete del estado anímico de una porción importante del país, y un consumado estratega. Todo ello necesario para ser el líder que el país necesita en este momento de inflexión.

Primero entendió que el país necesitaba un cambio, una alternancia de partidos en el gobierno. Luego entendió que la gente tenía su propia manera de concebir ese cambio y que no pasaba por un vuelco masivo hacia un único partido opositor. Cada votante quería seguir con su partido y definir sus senadores y diputados para luego ver cómo hacer el cambio de gobierno, que se haría de todos modos. Es decir, los votantes entendieron bien cómo funcionaba el balotaje y decidieron ponerlo a prueba.

Luis Lacalle Pou también entendió que eso quería la gente y por lo tanto él, por su parte, aplicó esa lógica del balotaje y como consecuencia de ello, la lógica de un gobierno de coalición. Percibió que no todos querían votar al Partido Nacional, pero sí les parecía bien que el propio Lacalle fuera quien encabezara esa coalición.

Toda su estrategia apuntó a ese objetivo. Consolidó a su sector para ganar la interna. Consolidó a su partido para ser, dentro de la oposición, el más votado. Mostró liderazgo para ganar la interna y mostró liderazgo para ser el candidato único de su partido. Como pocas veces en la historia de su partido fue claramente un líder que articuló a todos los sectores blancos y ninguno de ellos tuvo empacho en aceptar ese liderazgo.

Eso ya dio una señal clara. Lacalle mostró condiciones para eventualmente ser, como él mismo dice, quien encabece ese gobierno que no será de un solo partido “sino multicolor”.

Recorrió el país mostrando los puntos de contacto que tenían todos los programas de gobierno de la oposición para instalar la idea de que hacer esa coalición era posible.

Ello lo fortaleció como candidato y le dio a su partido un perfil fuerte y definido. Y le hizo sentir a los votantes colorados y a los de Cabildo Abierto que podían votar tranquilos a sus propios candidatos porque al final, la alternancia igual se haría mediante una coalición. Por momentos los votantes parecieron tenerlo más claro que sus candidatos.

Por eso el domingo de noche, cuando tanto Ernesto Talvi como Guido Manini Ríos dijeron en sus discursos y ante su gente, sin un atisbo de duda, que votarían a Lacalle Pou y que se pondrían a trabajar para la coalición, un cerrado aplauso de la multitud, en cada caso, dio una inequívoca señal de eso era lo que debía hacerse. Hasta Pablo Mieres, cuyo Partido Independiente tuvo una votación floja, sostuvo que si lograba acordar con Lacalle Pou una serie de puntos que consideraba claves, también lo apoyaría. Ninguno de los puntos que enumeró parecían ir a contrapelo de lo que se está hablando.

Es que Lacalle tampoco descarta a los pequeños partidos opositores que, con suerte, lograrán poner un diputado en la cámara baja. Siempre entendió que así había que hacerse y para ello se preparó.

Para quienes estamos ya cansados de 15 años de gobiernos frentistas, para quienes vemos que están desgastados agotados y por lo tanto lo saludable sería que vuelvan al llano, el resultado del domingo dio una señal muy positiva y esperanzadora para la población.

Pero nadie puede descansarse. Hay mucho camino que recorrer de acá al 24 de noviembre. Serán semanas duras. Primero porque ponerse de acuerdo para montar una coalición exige mucho esfuerzo y trabajo, implica exponerse públicamente, aunque el Frente Amplio ya haya comenzado a ensuciar la cancha hablando de pactos hechos entre cuatro paredes. No conocen a Lacalle Pou, ni a los líderes de los otros partidos, pero la consigna es “ensuciar”. Y segundo porque por aquello de que “el otro también juega”, el Frente presentará batalla y habrá que estar preparado.

En ese sentido, no habrá más remedio que confiar en la capacidad que Lacalle mostró como estratega y en la empatía que trasmite a votantes propios y ajenos.

Esa capacidad de mostrar serenidad ante las más grotescas provocaciones, y de aceptar como natural que los periodistas a veces le hagan preguntas duras, es hoy la virtud que se necesita para tejer el acuerdo, mostrarlo, redoblar la adhesión y en cuatro semanas más, ganar la segunda vuelta.

Y ahí sí, por fin, empezará el cambio.

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