EDITORIAL

El desafío opositor

La elección nacional permite a la oposición abrir los brazos con perfiles diferentes, que luego el proceso va llevando naturalmente a la convergencia en favor de un cambio que el país notoriamente necesita.

Existe un debate instalado sobre cuál debe ser la estrategia del conjunto de los partidos de oposición de cara a la próxima campaña electoral que espera a la final de la Copa del Mundo para comenzar. Por un lado, están quienes esgrimen el ya célebre "que se junten", cuya estrategia más identificable es la formación de un lema común entre todos los partidos opositores. Por otro lado, están quienes sostienen que existen de hecho varias oposiciones distintas y que la elección nacional también sirve para definir cuál de esas visiones es la que se impone.

La estrategia del partido común tiene notorias ventajas y desventajas. Dentro de las primeras la posibilidad de la coordinación programática, mostrarse como una alternativa sólida a la hora de gobernar con un rumbo común y ofrecer garantías al electorado. No es poca cosa. Pero del lado de las desventajas surgen inconvenientes infranqueables. Los partidos tradicionales tienen identidades propias y arraigadas que se han construido a lo largo de la historia del país a través de mojones que cimentaron sus respectivas idiosincrasias que hicieron fuerte y vibrante a la democracia uruguaya. No son lo mismo, y deberíamos agregar, por suerte. Abren el abanico opositor a votantes con cosmovisiones distintas, aunque converjan en lo que el expresidente Sanguinetti alguna vez definió como una misma "familia ideológica".

Los restantes partidos de oposición que podrían sumarse a la alianza opositora —el Partido Independiente y el Partido de la Gente— tienen a su vez sus propias visiones del tema. El partido liderado por Pablo Mieres busca despegarse de los partidos tradicionales, aunque su idea de formar un espacio socialdemócrata amplio parece no haber cuajado. El Partido de la Gente, en cambio, se ha pronunciado a través de su candidato presidencial Edgardo Novick a favor de una concertación opositora, aunque sus críticas a blancos y colorados y su acuerdo con Daniel Martínez para endeudar a los montevideanos con un fideicomiso de obras que brillan por su ausencia lo ponen en entredicho.

Es notorio que pese a la mala experiencia del Partido de la Concertación en Montevideo para las departamentales pasadas, la estrategia sigue siendo válida si los partidos tradicionales hacen los deberes y se toman en serio esa elección. No debe olvidarse, además, que el acuerdo permitió ganar dos alcaldías en la capital del país donde hoy se destacan las gestiones de los alcaldes Andrés Abt en el CH y Agustín Lescano en el E. Dos perfiles jóvenes que se han transformado en una cuña opositora potente en la maquinaria frentista de Montevideo. La Concertación montevideana, por lo tanto, debe reeditarse y potenciarse para pelear con chances reales de triunfo la Intendencia de Montevideo en 2020.

Las estrategias deben adaptarse al sistema electoral, a las características del electorado y a las circunstancias. Y la diferencia clave que existe entre la elección nacional y la departamental es que la primera se va decantando en etapas, en que se va yendo paso a paso de lo particular a lo general. En efecto, primero cada sector dentro de un partido define su candidato, en segundo lugar, cada partido define en elecciones internas a su candidato único, luego se define a quienes serán las dos personas que van a definir la presidencia en la elección nacional de octubre y, finalmente, en la segunda vuelta se elige al presidente de la República.

La elección nacional permite a la oposición abrir los brazos con perfiles diferentes, que luego el proceso va llevando naturalmente a la convergencia en favor de un cambio que el país notoriamente necesita. Es necesario ventilar al Estado frentista, pasarle agua Jane, impulsar nuevas ideas e instrumentar soluciones a los problemas más importantes para los uruguayos en lo que el Frente Amplio indudablemente ha fracasado. Lo que sí necesita la oposición es dar las señales de que ese abanico puede gobernar, a través de gestos concretos, como por ejemplo, apoyando unánimemente la propuesta de Eduy 21 en educación y logrando acuerdos similares en inserción internacional, seguridad o reforma del Estado, entre otros.

Estamos en la etapa en que lógicamente cada candidato y cada partido debe marcar su perfil y eso implica diferenciarse. Ahora bien, el paso de las instancias electorales también debe ir mostrando que el país tiene una alternativa republicana, democrática, moderna y liberal al desastre al que el Frente Amplio ha llevado a nuestro país.

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