Editorial

La decadencia de nuestro idioma

La degradación en el uso de la lengua española es un problema que debería preocupar no solo a las autoridades de la educación sino a todos los que infringimos sus reglas básicas.

Hubo una época en la que los uruguayos se distinguían en América Latina por su correcta forma de hablar. Se nos destacaba junto a argentinos y colombianos por el buen uso del idioma español. Eso es pasado, en un país que padeció a un presidente como José Mujica que parecía disfrutar cada vez que pronunciaba mal un verbo. Docentes y responsables de centros de enseñanza redoblan sus quejas por las dificultades para expresarse, tanto de manera verbal como escrita, que muestran los estudiantes, incluidos los de nivel terciario. Lo peor es que el problema se va extendiendo como una plaga.

Es que los uruguayos de todas las edades hablamos cada vez peor. Eso debería preocuparnos porque el manejo del idioma es como el termómetro del nivel cultural de un país. Hablamos mal, con un lenguaje pobre y un vocabulario reducido y repetitivo. Las mediciones indican que cada día usamos menos palabras, unos centenares que repetimos sin cesar o sea, los vocablos esenciales que necesitamos para transmitir lo elemental. Cada vez más apelamos a muletillas, frases hechas y sobreentendidos, achicando así la riquísima lengua española heredada de nuestros mayores.

La crisis hace carne en las nuevas generaciones, propensas al mensaje abreviado y muchas veces defectuoso que se propaga a través de las nuevas tecnologías de la comunicación. Con ser inquietante, no es este el peor de los males. Hay otros como la violación contumaz de las reglas básicas que deberían merecer más atención, entre ellos los verbos mal conjugados. La abolición del subjuntivo y el desconocimiento de los reflexivos, por ejemplo, son fenómenos nuevos, frecuentes en los medios de comunicación, en particular en esos programas de televisión basura que suelen traerse del exterior. Otras deformaciones verbales en boga consisten en acentuar mal ciertas formas verbales y así surgen aberraciones como "puédamos" por podamos, "téngamos" por tengamos o "váyamos" por vayamos.

Mejorar el uso del idioma es una tarea titánica. El gobierno debería empezar por dar el ejemplo en vez de descuidar la comunicación en sus propios medios digitales con una propensión al error ya denunciada en estas páginas. Todos los esfuerzos en la materia son bienvenidos para frenar la decadencia en las formas de hablar y escribir de los uruguayos. Las faltas en la sintaxis, los errores de ortografía y las frases ininteligibles menudean entre nosotros como si no nos importara dañar nuestra lengua madre. Entre quienes tienen en el idioma uno de sus principales instrumentos de trabajo como es el caso de políticos, docentes y comunicadores, no faltan los que perpetran variados dislates lingüísticos.

Quede constancia que no se aboga por una posición de extremo purismo, renuente a admitir palabras nuevas o giros innovadores. Al contrario, hoy está claro —lo prueba la Real Academia Española con su amplitud para incorporar vocablos— que un idioma no deja de crecer y enriquecerse. Pero ello debe discurrir dentro de ciertos cánones y siempre en beneficio, no en detrimento de la lengua. Si hay una magnífica palabra como relación, por ejemplo, ¿qué sentido tiene inventar otra, "relacionamiento", cuyo único mérito sería el de ser más rimbombante?

La gramática de Antonio de Nebrija, la primera de la lengua española, tiene algo más de cinco siglos de existencia, un breve lapso si se lo compara con los milenios transcurridos para convertir en idioma una colección de signos y de sonidos forjados en las necesidades de la vida cotidiana. Crear ese instrumento de comunicación fue un gran paso en la historia de las civilizaciones. Atentar contra ese instrumento es retroceder.

Por ello, vale insistir en reforzar la enseñanza del español en nuestro sistema educativo, una enseñanza que deja mucho que desear. Así lo prueban las escasas evaluaciones sobre la calidad de la educación que brindamos, en las cuales se detectan fallas capitales en la materia. Síntomas de esa decadencia son los errores ortográficos y gramaticales de un libro de lectura repartido hace algunos años en escuelas del país.

No faltará quien diga que este es un asunto de menor cuantía entre todos los problemas del país. Sin embargo está demostrado que la decadencia en el uso del idioma es un indicador alarmante para toda sociedad. Por ello es hora de ponerse en campaña para salir de este pozo.

Campaña que tampoco le vendría mal a los adultos que de un tiempo a esta parte parecemos empeñados en degradar la hermosa lengua de Cervantes.

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