EDITORIAL
diario El País

El debate de fondo

En las últimas semanas buena parte del debate económico se ha basado en la respuesta que debe darse a la pandemia. ¿Son tiempos para ser keynesianos, liberales, estatistas, socialdemócratas o alguna otra variante?

Es cierto que las circunstancias apremian y eso hace que se busquen respuestas rápidas, aunque no sean necesariamente las mejores. Sin embargo, el asunto también plantea un debate de fondo: ¿cómo debe funcionar la economía? ¿Cuánto Estado queremos? ¿Cuál es, finalmente, el mejor camino al desarrollo?

No escapa a nadie que el Uruguay es un país esencialmente estatista, lo ha sido desde comienzos del siglo XX y lo continuó siendo en los “perversos” noventa y lo es al día de hoy. La presión fiscal de Uruguay es la más alta del continente después de Cuba y si siguiéramos las recetas de Olesker y compañía, incluso deberíamos superar a la isla que sufre una desoladora y criminal dictadura comunista.

Esta suerte de naturaleza del Uruguay -para bien y para mal- no está en cuestión. Los discursos alarmistas desde el Frente Amplio son retórica vacía, inventando un enemigo que no existe, como cuando atacan al “neoliberalismo”, algo que nunca se define, que nadie defiende y que, por lo tanto, no existe. El tema es más bien práctico pero con fondo teórico: ¿la salida de la recesión provocada por la pandemia será empujada por el Estado o por las personas?

Cada crisis ha sido una oportunidad aprovechada por los estatistas para empujar sus ideas. Detrás está el célebre problema planteado por el economista decimonónico Frédéric Bastiat entre lo que se ve y lo que no se ve. La acción de Estado es visible y promocionada, las obras pueden verse y el discurso de que se toman medidas ante la coyuntura es sencillo y gráfico. Su contracara, los recursos extraídos a las personas para llevar adelante esas obras no se ven a simple vista, y menos aún se ve la menor demanda por otros bienes o servicios en la economía, que deparan menores ingresos para muchas empresas, menos puestos de trabajo en el sector privado y menos ingresos para las personas.

El liberalismo tiene un problema muy complejo de enfrentar en estas circunstancias, ya que parece ser contraintuitivo o llamar a la pasividad en tiempos en que se demandan medidas. Como en tantos otros temas, la comprensión de la posición liberal exige entender la diferencia entra las decisiones en nuestro entorno, con familiares o amigos y las que tienen que ver con la gran sociedad, el orden extendido en que interactuamos con cientos o miles de desconocidos.

Ha sido el desarrollo del Estado de Derecho y el libre mercado el que le ha permitido a la humanidad alcanzar el número récord de habitantes que hoy existen sobre el planeta, la reducción extraordinaria de la pobreza en las últimas décadas, la extensión de la expectativa de vida, grado de alfabetización y un largo etcétera de logros. Sin ese orden espontáneo con reglas de juego estableces no es posible sostener la complejidad de relaciones comerciales y productivas que sustentan el nivel de vida que hoy goza el planeta, aunque aún resten situaciones dolorosas por resolver que afectan a millones de personas.

El punto de origen de la humanidad es la pobreza extrema, ese es nuestro estado natural, todo lo demás a partir de allí es producto de la inteligencia y el esfuerzo acumulado por personas a lo largo de la historia y lo ancho del mundo, que en muchos casos no se conocen ni se conocerán. El avance del Estado, en tamaño, regulaciones y asfixia al sector privado va en contra del desarrollo de esta cadena de progreso; la experiencia y acumulación de evidencia a nivel internacional al respecto es abrumadora.

El punto de origen de la humanidad es la pobreza extrema, ese es nuestro estado natural, todo lo demás a partir de allí es producto de la inteligencia y el esfuerzo acumulado por las personas.

Esto no quiere decir que en algunas circunstancias no pueda ser de utilidad un plan de infraestructura o un mayor gasto en las personas que sufren ante una circunstancia especialmente adversa. Quiere decir que debemos distinguir lo que son planes razonables y transitorios de lo que es un avanza y conquista de posiciones de por vida para el ogro filantrópico que es el Estado, que cobra vida y se reproduce como un cáncer.

El gobierno deberá sopesar pros y contras de planes específicos, sin caer en el grosero error de los últimos tres gobiernos de hacer crecer siempre y sin control el gasto estatal, esclerosando nuestra sociedad e impidiendo la implementación de políticas anticíclicas. Este es, al fin y al cabo, el delicado balance de fondo que plantea la coyuntura y que debe zanjarse con ponderación y prudencia, sin cobrar al grito.

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