EDITORIAL

Un debate muy conversado

En ningún país serio del mundo hay tanto problema para organizar un debate electoral. Y la culpa es de la propia gente, que ha premiado con su voto a quienes más han retaceado participar.

Uruguay se jacta de tener una cultura política mucho más sofisticada y funcional que la mayoría de los países de la región. Y pocos pondrían en duda que en los tiempos que corren, una confrontación pública de ideas proyectos entre quienes aspiran al máximo cargo del país, debería ser parte integral de un sistema político que funcione bien. Entonces, ¿por qué es tan complicado organizar un debate electoral en este país?

Para analizar el problema hay que hacer un poco de historia. Desde el regreso de la democracia, los debates públicos entre dirigentes políticos eran cosa de todos los días. Existían numerosos programas políticos en televisión y radio, los dirigentes partidarios no escatimaban ni medían tanto su participación en los mismos, y la gente llegaba a conocer bien a fondo tanto los planes de cada aspirante, como su forma de reacción ante la confrontación y el desafío de quienes no compartían su bandera.

Incluso en plena dictadura militar, se dio el ya mítico debate donde Enrique Tarigo y Pons Etcheverry confrontaron con Enrique Bolentini y Enrique Viana, por el plebiscito de 1980.

Esto empezó a cambiar luego del que el actual presidente Vázquez tuviera alguna mala performance que, según la mayoría de los analistas, le pudo costar al Frente Amplio no alcanzar el gobierno hasta el 2004. De hecho, esa campaña fue la primera en la que no hubo ningún tipo de debate, ya que Vázquez se negó a cruzar argumentos con Jorge Larrañaga, luego José Mujica hizo lo propio con Lacalle Herrera, y en la última elección, Vázquez volvió a negarse a debatir.

Así llegamos al día de hoy, donde la paridad de la contienda ha llevado a que todos los aspirantes estén dispuestos a debatir ideas frente a la población. Pero la cosa no ha resultado tan simple como parecía. O como debiera.

Si bien en las internas se llegaron a dar algunos debates, de quienes aspiran ahora formalmente a la presidencia, solo Ernesto Talvi tomó parte de los mismos. Y estos mostraron dos cosas: alarmante aunque previsible falta de “oficio” de los dirigentes, y gran avidez de la audiencia.

Inmersos ya en la recta final de la campaña, y a un mes de las elecciones, las cosas siguen entreveradas en esta materia.

Por un lado, se votó una muy discutible norma para obligar a los candidatos a la Presidencia a debatir en caso de una segunda vuelta. Algo francamente ridículo, y que no debe existir en ningún país del mundo. ¿Hay que obligar a un político a pararse frente a la sociedad a explicar para qué quiere ser Presidente?

Después se anunció con bombos y platillos una exótica plataforma donde algunos medios y hasta el gremio de los periodistas se atribuyen casi como un aporte salvador de la democracia, el haber logrado que los candidatos debatan finalmente. A ver... ¿no estaban ya los candidatos de acuerdo en debatir? ¿Cual es el aporte removedor de toda esta gente? ¿No se trata simplemente de poner un par de cámaras, una plataforma de distribución por la web o la TV, y un moderador?

Las noticias de estas últimas horas parecen mostrar que no. Que en Uruguay, ese ejemplo paradigmático de la democracia, según nos gusta presumir, nada es tan simple. Ahora entramos en una confrontación estéril acerca de si será un debate uno contra uno entre los candidatos que lideran las encuestas, si será de tres, ya que siendo realistas Martínez Talvi y Lacalle Pou parecen ser los únicos que pueden llegar a la Presidencia, o si será un todos contra todos.

A tal punto llega la cosa, que Ernesto Talvi ha denunciado formalmente una especie de complot mediático en su contra, por el hecho de que se hable de organizar los choques uno contra uno, y que él, en primera instancia, no pueda debatir al mismo tiempo con los dos favoritos. ¿Será para tanto?

La cosa parece ser mucho más simple de lo que se dice. El gran responsable de la situación que tenemos no es otro que la sociedad uruguaya. Una sociedad que lejos de penalizar a los candidatos que han rehuido a confrontar ideas en público, los ha premiado con victorias electorales en las últimas tres elecciones. Una sociedad que ha aceptado pacíficamente que especulaciones y argumentos tan estúpidos como decir que “el debate es un show mediático”, sean validados por las urnas.

Lo cual muestra algo que no queremos terminar de aceptar: la cultura democrática en este país, no es todo lo maravillosa que nos gusta creer que es.

Ese es el gran déficit del Uruguay de hoy, sobre el que hay que trabajar. Todo lo demás, sí que es un show mediático intrascendente.

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