EDITORIAL

No da para más

En Uruguay hemos tocado fondo. Es tal el caos y la pérdida de los más esenciales valores republicanos, que los ciudadanos ya están como anestesiados, y dispuestos a aceptar con mansedumbre cosas de sus gobernantes, que en cualquier país serían un escándalo nacional.

Y que terminarían con la muerte política, y probablemente la cárcel, de varios de los implicados. Un ejemplo excluyente de esto es el último papelón que golpea al ministro del Interior, Eduardo Bonomi.

Resulta que en estos días, y debido a que se hizo público el expediente de una investigación judicial de más de tres años sobre la "barra brava" del club Peñarol, se ha confirmado el nexo íntimo entre este grupo y la diputada Susana Pereyra, esposa del ministro Bonomi. Entre la información surgida de ese expediente, y confirmada por los propios afectados, figura que Pereyra ha mantenido un vínculo estrecho con este grupo, que ha operado para facilitarles acciones y hasta el paso de fronteras, y que intercedió ante el exministro de Transporte, Enrique Pintado, para que los mismos pudieran circular en un bus que no cumplía con los requisitos legales.

Esto está todo confirmado y admitido por la dirigente del MPP, quien incluso dijo en su "defensa" que "Yo llamé, por sentido común, soy parte del gobierno y quiero que las cosas salgan bien".

La versión que surge de las grabaciones hechas a los dirigentes de este grupo de fanáticos profesionales, es que la diputada Pereyra les habría advertido de que sus teléfonos estaban "pinchados", y que había solicitado a los mismos que participaran en las elecciones internas del grupo político al que pertenece.

Como si todo esto fuera poco escandaloso, la reacción del ministro Bonomi ha sido todavía más insólita. En conferencia de prensa negó que las escuchas impliquen a su esposa, dijo que pidió formalmente a la dirección de Inteligencia que le diga si había intervenido el teléfono de su cónyuge, y amenazó con investigar a quien difundió la noticia. O sea, desmintió una información que no tiene cómo saber (está resguardada en una caja fuerte del juzgado), usó su cargo para operar en beneficio de su esposa en una causa criminal, y amenazó a un periodista por hacer bien su trabajo. Todo precioso. Todo muy republicano.

A ver, empecemos por el principio. La "barra brava" de Peñarol es oficialmente una organización delictiva. Un grupo que está probado que lucra con actividades criminales que van desde la extorsión, las amenazas, el tráfico de drogas, y hasta el paso por las fronteras de personas requeridas por la policía. Estos señores ejemplares son los que tienen diálogo directo nada menos que con una diputada que es la esposa del ministro encargado de la seguridad pública. Y que lleva años enfrascado en una polémica durísima con la dirigencia del fútbol, específicamente para erradicar la influencia de estos grupos de delincuentes del principal deporte nacional.

Casi tan grave como todo esto es que la legisladora ratifique sin pudor que ha intentado usar la influencia que tiene entre esos delincuentes gracias a la tarea de su esposo, para usarlos con beneficio propio en el campo político.

Y como si todo esto fuera poco, resulta que una investigación judicial millonaria, que llevó tres años de trabajo, y que afecta a estos "nenes", terminó con un solo procesado, pese a que de la misma ha surgido todo un entramado de actividades ilegales realizadas por este grupo criminal.

A esta altura uno ya no sabe si agarrarse la cabeza, si indignarse, o si tirar la toalla y salir a tramitar un pasaporte y mudarse a un país más en serio, como Gabón o Yemen.

¿No hay nadie con un mínimo de dignidad y de reflejo institucional en el gobierno que le diga al ministro Bonomi que la cosa no da para más ? ¿Que no se puede ser la voz y la imagen de la autoridad pública, y andar negociando tras bambalinas con los peores delincuentes del país? ¿Que no se puede usar el cargo para pedir a subalternos que le informen si están investigando a su señora esposa? ¿Que no se puede usar a gente acusada de todo tipo de delitos para influenciar la actividad política? ¿Que la mujer del César no solo debe ser honesta, sino parecerlo?

En cualquier país en serio esto sería una tormenta política de película. En cualquier país en serio, el ministro habría presentado renuncia tan solo de saber que su esposa se relaciona con los mismo delincuentes que él tiene como trabajo perseguir. En cualquier país en serio, ante un ministro que amenaza a un periodista, el presidente le pide el cargo a los 10 minutos. ¿En este Uruguay de hoy, usted qué cree que va a pasar?

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