EDITORIAL

El cuidado de la democracia

El mundo enfrenta una era de creciente incertidumbre que se manifiesta en cambios políticos y económicos impredecibles hasta hace muy poco tiempo. Si bien todavía no es posible calibrar en toda su dimensión esta nueva era de la que su símbolo más evidente, aunque no el único, es el triunfo de Donald Trump en las recientes elecciones norteamericanas, algunos anuncios de esta semana dan buenas pistas.

Por ejemplo, en un video publicado el lunes, el presidente electo anunció que Estados Unidos se retirará del acuerdo Transpacífico, del que Obama fue un impulsor fundamental. Si bien los efectos directos de esta decisión no son demasiado importantes para nuestro país, sí lo son como señal. Vale decir que al menos en lo que tiene que ver con la adopción de medidas proteccionistas el nuevo gobierno norteamericano será fiel a sus promesas de campaña, y si avanza en ese sentido sí va a afectar directamente al Uruguay como a los restantes países del planeta.

Una de las fortalezas de nuestro país destacada por todos los informes internacionales en la materia, es la salud de nuestro sistema democrático del que nuestros partidos son columna vertebral. Tenemos una democracia consolidada, en la que los tres principales partidos han gobernado desde la restauración de 1985 y gracias a la cual todos sabemos que en 2019 tendremos elecciones limpias que darán nacimiento a un nuevo gobierno democrático. Puede parecer una obviedad para muchos uruguayos, pero no lo es, no es la regla en el mundo y por eso nuestro país está tan bien evaluado en materia democrática a nivel internacional.

La democracia, como sabemos dolorosamente por nuestra propia experiencia, no es un hecho de la naturaleza dado de una vez y para siempre a los hombres. Por el contrario, depende de la construcción colectiva del día a día. Así hemos comprobado que hay etapas en que se fortalece y consolida, y otras en que se debilita y puede entrar en crisis, lo que es una lección que no debemos olvidar.

Los partidos y los políticos son protagonistas principales de esta construcción que por supuesto no se da en el vacío, todos tenemos nuestra cuota parte de responsabilidad como ciudadanos, electores y elegibles. Pero para decirlo con claridad, los actores políticos —partidarios o no—, con exposición pública y posibilidades de esparcir sus ideas por los medios de comunicación, tienen una responsabilidad mayor.

Estas reflexiones vienen a cuento del triste episodio que vivió el senador Javier García respecto a su título universitario, una verdadera embestida baguala que terminó dañando a sus perpetradores, pero que de rebote contribuyó también al desprestigio del sistema político.

La estrategia fue burda y evidente: ante la epidemia de títulos falsos que cundió en el gobierno, empezando por el del vicepresidente de la República, se buscó a alguien de la oposición que sirviera para cambiar el flanco y pasar de la defensiva al ataque. La lamentable participación en la maniobra de sindicalistas, medios y políticos oficialistas, pretendía convencernos de la farragosa conclusión de que al final todos los políticos son iguales, y así como muchos frentistas mintieron también lo hicieron políticos de la misma calaña en la oposición.

Lamentablemente para quienes urdieron esta patraña, la honorabilidad del senador García quedó indemne, y propios y ajenos se espantaron ante el calibre de la infamia. Aunque el tiro les haya salido por la culata, debemos llamar la atención sobre este tipo de jugadas sucias en la política nacional, porque pretender enchastrar a gente de la oposición para emparejar hacia abajo a los dirigentes políticos, es veneno puro para el funcionamiento del sistema democrático.

Por cierto que hay políticos buenos y malos en todos los partidos, y que aunque al Frente Amplio en su empecinada soberbia mesiánica le cueste admitir que no tiene el patrimonio de la sensibilidad y la defensa de los intereses populares, en los hechos es innegablemente así. Por eso es que debemos estar alertas frente a quienes pretendiendo realizar un ataque político, no sólo se mancillan a sí mismos sino que degradan y deshonran a todo el sistema político.

Esperemos que la mala experiencia que tuvieron los perpetradores de esta infamia desincentive que otros (o ellos mismos) vuelvan a intentar este tipo de conductas. El senador García es un hombre intachable y este mal trago le dio la oportunidad de reafirmarlo frente a la opinión pública, pero estemos atentos a quienes no miden costos a la hora de incinerarse por mezquinos intereses partidarios, sectoriales o económicos.

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