EDITORIAL

Más críticas a estadísticas

La directora del INE reconoció, con honestidad intelectual, que efectivamente hay dimensiones de la tarea de su instituto que metodológicamente debían mejorar.

Hace ya un par de años que desde es-ta página editorial venimos planteando un problema muy grave, como es el de la credibilidad y calidad de las estadísticas oficiales. En un trabajo teóri-co de fines de 2018, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) planteó críticas en el mismo sentido.

El asunto es sencillo de entender. En la década kirchnerista hubo un manoseo de cifras gravísimo, al punto que hacia 2015 era imposible saber a ciencia cierta cuánto realmente crecía la economía argentina, cuál era su tasa de inflación, cuánta gente vivía por debajo del umbral de pobreza monetaria y cómo en verdad evolucionaba el poder de compra de los argentinos. Todo porque en una operación política de enorme consecuencias, el poder kirchnerista había intervenido las estadísticas oficiales, y quitado así toda seriedad a los datos económicos y sociales que se brindaban desde esa órbita.

En Uruguay la situación ha sido un poco diferente. Si bien es cierto que hubo enormes problemas en la realización del Censo de 2011 que ponen en entredicho la fiabilidad de algunos de sus resultados, nadie del mundo político o académico planteó jamás que hubiera habido en estos años de gobiernos frenteamplistas un manejo interesado de las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadísticas (INE).

Cuando recientemente el movimiento Un Solo Uruguay y otros escasos actores políticos y sociales se animaron a cuestionar algunos resultados del INE, sobre todo los relacionados con la cantidad de pobres y la tasa de inflación, el coro de siempre de académicos y comentaristas oficialistas salió duramente a menospreciar esa actitud crítica. Ensalzaron con grandilocuencia la capacidad técnica y la honestidad de nuestro INE, y las diferenciaron, claro está, del caso argentino. Incluso algún destacado izquierdista vinculado al estudio de la economía llegó a acusar de irresponsabilidad institucional a quienes osaron dudar así del INE.

Sin embargo, en reciente entrevista concedida a El Observador, la directora del INE reconoció, con honestidad intelectual, que efectivamente había dimensiones de la tarea de su instituto que metodológicamente debían mejorar. También, unos pocos prestigiosos académicos del área económica y social han señalado que hay problemas en la forma en la que se elaboran algunos índices del INE.

Todos ellos, en definitiva, se dan cuenta de que hay problemas con algunos datos estadísticos que se manejan por parte de la academia y del mundo político. Todos ellos, ejerciendo el libre espíritu crítico desde sus distintas especializaciones universitarias, señalan lo mismo que desde este editorial venimos denunciando desde hace ya un par de años. Y a todos ellos se unió, a fines de 2018, la Cepal con su trabajo “Medición de la pobreza monetaria en el Uruguay: conceptos, metodologías, evolución y alternativas”.

En efecto, la clave de las conclusiones de ese estudio es que se precisa “transparentar cada decisión tomada” en materia metodológica para construir índices estadísticos. Y señala al menos dos cuestionamientos relevantes para la actual medición de pobreza del INE. El primero es que “existen algunas decisiones respecto al ingreso utilizado que deberían revisarse y justificarse con mayor detalle. La inclusión de la transferencia asociada al seguro de salud (Fonasa) implica una variación relevante del ingreso de los hogares, que hace la diferencia en términos de la incidencia global de la pobreza, especialmente entre los hogares con niños y adolescentes. Es discutible la incorporación de este ingreso como parte del ingreso disponible, y por lo tanto su consideración en la medición de pobreza”.

El segundo es que “parece pertinente discutir la opción de cálculo de líneas separadas para Montevideo e Interior, (…) parece necesario estudiar los patrones de gastos y precios por departamento y región para evaluar sus similitudes y diferencias”. Así las cosas, son ya numerosas y variadas las voces que desde la prensa, la academia, la política, la sociedad, y ahora también un organismo internacional, señalan que debe mejorarse la elaboración de algunos índices que miden nuestra realidad social.

Criticar la credibilidad y metodología de las estadísticas oficiales no desestabiliza institucionalmente al país. Libres de las anteojeras de la hegemonía cultural que tanto enceguecen a la inmensa mayoría de los universitarios afines a la izquierda, quienes así actúan están mostrando en realidad una dimensión más de la nefasta herencia de esta larga década frenteamplista en el poder.

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