EDITORIAL
diario El País

No creen en la democracia

Dos noticias de esta semana, que involucraron al oficialismo frenteamplista montevideano y a la dirigencia sindical del país, parecen ser de índole diversa pero, sin embargo, tienen mucho en común.

El martes, el secretario general del Pit-Cnt Marcelo Abdala profirió una arenga en la puerta de la Embajada de Cuba, en franca defensa del régimen dictatorial de la isla: "Cuba tendrá sus procesos, sus dilemas, sus cuestiones para corregir, pero es un pueblo en el poder, es un pueblo que organiza su democracia a la manera que ellos lo entienden, y hay que decirlo, sin temor: respaldamos al pueblo cubano, a su gobierno y a su revolución", exclamó en forma textual. Una tan aberrante declaración de fe totalitaria como esta, exime de todo comentario.

Evoca al inolvidable proverbio acuñado por Fidel Castro: "el pluripartidismo es la pluriporquería", refrendado años más tarde por otra frase antológica de José Mujica, "la democracia es la mejor porquería", (citando mal al pobre Winston Churchill).

El mismo Marcelo Abdala que había viajado a Venezuela a expresar su adhesión al genocida Nicolás Maduro "en nombre del pueblo uruguayo", ahora respalda la represión desatada contra los manifestantes cubanos apelando a esa misma generalización espuria: "el pueblo uruguayo rechaza el bloqueo criminal del imperialismo norteamericano contra Cuba", dice.

Más grave aún: se queja de una "dictadura mediática" que estaría detrás de la difusión de las protestas. ¿Y cómo llamar entonces a un gobierno que corta internet para que la gente no pueda compartir pruebas de la represión? Creemos que nunca en la historia democrática de nuestro país, una autoridad de una organización de la sociedad civil ha proferido un comentario tan insultante contra los periodistas de todos los medios.

Esa vergüenza ajena se ve acentuada por las revelaciones de los últimos días, en torno a la existencia de audios probatorios de la intromisión directa de la intendenta Cosse en los contenidos periodísticos del programa de TV Ciudad La letra chica.

Desde que la cuenta de Twitter de ese producto televisivo, financiado por los contribuyentes montevideanos, sirvió de vehículo en forma desembozada para la campaña de recolección de firmas contra la LUC, todos los días aparece una nueva irregularidad. Quejas de intromisión política en los contenidos periodísticos, denuncias de acoso laboral, ya nada parecía sorprendernos, hasta que llegan estos audios en que se exige la difusión de determinados mensajes con el úcase "órdenes de la Intendenta".

Las dos noticias, la de la arenga de Abdala y la de los mandatos editoriales de Cosse, parecen diferentes pero no lo son. Trasuntan una identidad ideológica que descree de la libertad de expresión, el sistema representativo de gobierno y la laicidad del Estado. Parten del prejuicio mesiánico de que existen verdades oficiales, incontrastables, y que el debate de ideas es una práctica superflua. Los mismos prejuicios sobre los que se fundaban los teóricos sesentistas del marxismo, cuando pontificaban que la sociedad sin clases era la síntesis hegeliana de la dialéctica política y económica.

No creen en la democracia, nunca creyeron en la democracia, lo que hace el diálogo harto difícil, porque partimos de valores diferentes.

Las dos noticias, la de la arenga de Abdala y la de los mandatos editoriales de Cosse, trasuntan una identidad ideológica que descree de la libertad de expresión, el sistema representativo de gobierno y la laicidad del Estado.

Obviamente esta no es una imputación que deba hacerse a toda la izquierda. Sería una afrenta acusar de intolerantes a uruguayos ejemplares como Emilio Frugoni, Líber Seregni, Zelmar Michelini, Alba Roballo, Juan Pablo Terra, Hugo Batalla, Guillermo Chifflet y tantos otros, que aportaron razón y corazón a la historia del país con ideas que conjugaban republicanismo y sensibilidad social.

El problema es analizar qué queda hoy de aquella honrosa tradición. Defensas de lo indefendible, aprovechamientos demagógicos de la emergencia sanitaria, afán permanente de polarizar, apelando a automatismos de barrabrava...

Hay un ejercicio contrafáctico que para algunos puede resultar tramposo, pero no lo es tanto. ¿Cómo reaccionaría la oposición si un alto representante del gobierno saliera a elogiar la dictadura de Pinochet, por ejemplo? ¿Qué dirían si hubiera audios de un ministro o del presidente, indicando al jefe de informativos de canal 5 qué noticias debe dar y cuáles ocultar?

Parece que los ciudadanos demócratas nos acostumbráramos mansamente a exabruptos que, si se cometieran del otro lado, generarían atronadoras repercusiones públicas.

Por suerte existe la prensa libre, tan lejana a la "dictadura mediática" que invocan con irresponsable impunidad.

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