Editorial

Cosechando tempestades

El terrible episodio en el que un grupo de vecinos de Toledo castiga de forma feroz a un rapiñero es tan solo una muestra del camino peligroso que empezó a recorrer el país debido a la desidia y falta de respuesta del Estado ante la delincuencia.

Las imágenes son removedoras. Un grupo de vecinos que sacan a un rapiñero de una cañada donde buscaba escondite, y le propinan una paliza que lo deja internado en estado delicado. El video circuló de forma masiva por internet, y es una muestra del camino cruento que el país ha empezado a recorrer debido a las nefastas políticas de seguridad de los últimos gobiernos.

El episodio fue uno como tantos de la crónica roja. Un delincuente que ingresa armado a una modesta pollería en la zona de Toledo, que amenaza con un arma a un comerciante, y se lleva la "caja" del día: 1.800 pesos. Al salir y verse perseguido por una multitud, abre fuego contra la gente. Luego, lo conocido.

Lo primero es repudiar el hecho en sí. Por más que se trate de un delincuente, por más que haya hastío popular, vivimos en una sociedad civilizada, y para este tipo de ofensas debe haber un castigo ordenado, legal y respetuoso de los derechos humanos. No hay excusas.

Dicho esto, es ridículo no entender que estas acciones no ocurren porque sí. Seguramente quienes así actuaron son ciudadanos honestos y normales, que reaccionan ante determinadas razones, que el sistema político y quienes estamos en los medios tenemos la obligación de analizar y entender, para encontrar caminos que lleven a evitarlos.

El máximo responsable, a todas luces, es el gobierno.

En primer lugar porque pese a haber manejado el poder hegemónico en el país por 13 años, con mayorías legislativas propias, y recursos económicos como nunca antes, ese período ha coincidido con un aumento de la delincuencia violenta sin precedentes en el país. Negar que se han hecho mal las cosas no es una opción en este caso.

En segundo lugar, porque las autoridades han dado los peores mensajes a la población. Las jerarquías del ministerio del Interior han buscado echar las culpas a cualquiera que camine, en vez de asumir su propio fracaso, y mayormente a las propias víctimas del delito, generando con ello un clima de desconfianza hacia las autoridades. Ello explica que el hecho de denunciar un delito hoy sea una excepción. Si se sabe que la policía no hará nada, y encima capaz que el ministro sale a enchastrarte.

En los últimos meses, los jerarcas del ministerio han hecho algo aún peor. Han derivado la culpa de su fracaso hacia el sistema de Justicia, acusando a jueces, fiscales, y hasta al proceso penal que su propio partido impulsó en el Parlamento, por los dramas en materia de seguridad. ¿Qué reacción piensan que va a tener la gente sencilla si cuando recurre a las reparticiones del estado que se supone deben darle seguridad, lo que reciben es un cruce de acusaciones entre los diversos actores del sistema, sin que nadie se haga cargo de lo que pasa?

Es tan obvio, que lo que asombra es que cosas como estas no pasen más.

Pero hay otro aspecto que no debe quedar al margen de este análisis. Y es el discurso sectario, retrógrado, de un causalismo marxista apolillado, que esgrime buena parte del gobierno.

Basta escuchar las declaraciones recientes de la ministra Arismendi, justificando cualquier cosa en la pobreza de sectores de la sociedad, y echando la culpa de esas acciones a quienes tienen recursos. Además de señalar que los planes sociales que tan mal ha administrado su cartera (por algo estamos como estamos tras 13 años de millones invertidos en ellos) son un derecho de quienes están mal económicamente.

¿Cuál cree que es la lectura que se hace en ciertos sectores de ese discur- so? Si yo tengo derecho a más cosas y la sociedad no me las da por egoísmo o por un sistema injusto, pues las tomo por la fuerza.

Todo esto genera el caldo de cultivo perfecto para la violencia social. Porque la gente más humilde y que más sufre el embate de la delincuencia, sabe que el discurso de Arismendi y los sectores marxistas retrógrados del gobierno es mentira. Y que si ellos se pueden romper el lomo para progresar en la vida, quienes optan por el camino fácil del delito, también podrían hacer lo mismo.

Porque son esos mismos sectores los que no entienden quién tiene la culpa de que no haya respuesta del estado ante el flagelo que padecen día a día, y quienes menos van a ser comprensivos ante discursos contradictorios como los del ministerio o la Justicia.

Y porque a medida que todo esto va empeorando, y se acumulan las frustraciones, la paciencia y el espíritu civilizatorio van dejando lugar a las respuestas más primitivas y violentas.

Acá se aplica mejor que nunca lo de "quien siembra tormentas, cosecha tempestades".

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