Editorial

Las cosas de Martínez

Daniel Martínez está obsesionado con pasar a la historia por hacer una nueva 18 de julio. Pero nada dice ni aporta para mejorar el centro de Montevideo, brutalmente tugurizado.

Para toda una generación de uruguayos (estamos hablando de gente nacida en 1990 o poco antes), Montevideo es una ciudad sucia, con calles viejas en pésimo estado y donde los pozos festejan su cumpleaños; barrios oscuros, pobre servicio de transporte, tránsito caótico, impuestos y tasas del primer mundo. Esa es la impronta del FA y Daniel Martínez se inscribe en ella. No ha hecho nada para cambiarla, pero sí quiere hacer historia con la avenida 18 de Julio.

Hace tiempo que la tiene en la mira y quiere transformarla conforme a su óptica particular. Devoto de la bicicleta (lo que no está mal y es muy sano), sueña con eliminar los autos y los ómnibus, veredas más amplias y generosas bicisendas en nuestra principal avenida. Se olvida de lo más importante; el centro de la ciudad -18 de Julio, sus transversales y sus paralelas- hace años que está tugurizado; numerosas galerías han cerrado sus puertas o funcionan con locales testimoniales, los comercios tienden a desaparecer. Si durante el día es pobre, sucio y deplorable, al caer el sol se transforma en un escenario que mete miedo, donde el transeúnte se puede encontrar con cualquier cosa menos seguridad.

Atravesar entrada la noche la plaza Libertad, el kilómetro cero de la ciudad, es todo un desafío o andar regalado. Abunda la pasta base, pululan vándalos y gente mal entrazada, las peleas por lugares donde dormir son abundantes y los gritos e insultos ponen la música de fondo. Es todo un espectáculo y de terror, aunque tal vez solo un poco peor que lo que se ve en otras plazas o espacios públicos de Montevideo.

Parece de orden empezar por lo primero, que es recuperar el centro de la ciudad para los ciudadanos: sueños y divagues para después. Pero 18 de Julio no es la única obsesión de Martínez, la otra -y muy grande- es castigar implacablemente a toda persona que tenga auto y lo utilice. Más allá de que la IMM maneja una de las cajas más poderosas del Estado, con una recaudación diaria (que incluye domingos y feriados) de US$ 1,9 millones, el intendente no da el menor respiro a los automovilistas, tal vez influido por la muy vetusta concepción de que el auto es un elemento suntuario o de lujo y no un mero instrumento de transporte de las familias. Ha extendido groseramente la zona tarifada, ha aumentado su precio y sus principales inversiones han sido en cámaras y radares para multar, a los que se suman ahora el nuevo “chiche”: autos equipados con ocho cámaras en el techo. Cuatro son de video y cuatro de reconocimiento de matrículas en tiempo real.

Un dato no menor: el año pasado se aplicaron 117.000 multas por exceso de velocidad y 38.000 por cruzar con luz roja. Dado que las multas son de $ 8.573 y $ 5.358 respectivamente, las de velocidad recaudaron 32.359.000 dólares y cruzar con roja 6.568.000 dólares. Son US$ 39 millones que ingresaron sin transpirarla y absolutamente ninguna obra o medida para mejorar el tránsito de Montevideo o las calles; ni siquiera los semáforos que parecen coordinados por el enemigo.

Así se explica buena parte del incremento de la recaudación.

No es que se haya mejorado la gestión, simplemente se buscaron otros medios para sacarle más plata a los vecinos que ya pagan tributos municipales superiores a los de la mayoría de los países del primer mundo. Solo el 20% del gasto se destina a inversiones, el grueso se va en salarios y gastos de funcionamiento, lo que evidencia la mala gestión que ajustó sus cuentas simplemente quitándole más recursos a los ciudadanos.

El otro invento es el de la tasa turística. Después que 2017 fue un muy buen año del turismo, el intendente pensó que eso era para siempre y apuntó a sacarle plata a los de afuera. Mientras el Estado les elimina el IVA para impulsar a Uruguay como destino, la “plata fácil” de Martínez los castiga a partir de que tengan 11 años y se alojen en un hotel. Parece que no entiende que el turismo es una gran industria de servicios, un sector no solo generador de importante actividad económica y de creación de empleos (hotelería, transporte, restoranes, servicios de guías y artesanías entre otros) sino generadora de divisas. La lógica sería invertir y proteger a los turistas, pero el intendente de Montevideo opta por cobrarles un “impuestito” y empezar a correrlos.

En pocos meses Martínez renunciará para postularse como candidato a la presidencia. Se va a retirar invicto: no ha podido ni podrá inaugurar ninguna obra, ni siquiera utilizando el Fondo Capital y endeudándose en 200 millones de dólares con el BID. Pasará a la historia como uno más en el Municipio y será estrepitosamente derrotado si va a la competencia electoral. Se lo merece, porque se cosecha lo que se siembra.

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