EDITORIAL
diario El País

Las cosas en su lugar

Si bien la discusión es la misma desde que empezó la pandemia, cada tanto es importante poner las cosas en su lugar.

Lo primero es determinar quién gobierna y por lo tanto quién decide, lo segundo es diferenciar el rol de la ciencia respecto a la política y lo tercero es tener claro que esta pandemia es de larga duración y cualquier medida que se tome debe necesariamente tener en cuenta ese hecho.

Respecto al primer punto, es frustrante pensar que el senador comunista Óscar Andrade salió “frustrado” de la reunión que legisladores de todos los partidos tuvieron con el presidente de la República.

Es frustrante porque su expresión demuestra que no entiende nada. Fue invitado a un intercambio de ideas con el titular del Ejecutivo donde no se pretendía alcanzar un gran acuerdo, sino cotejar puntos de vista. Olvida que quien gobierna es la coalición y él no manda. Quizás por eso, su frustración.

El Frente armó este relato de un presidente obstinado y soberbio. Pero la obstinación y soberbia es del Frente. Sigue imaginando que gobierna y propone cierres a granel, financiados con vaya a saber dinero de dónde y sin percatarse que su propia gente reclama a viva voz que las actividades cerradas se abran. Cree que todo se arregla con repartir subsidios a diestra y siniestra.

El segundo punto es entender que una cosa es la ciencia y otra es gobernar. El gobernante, en una situación como la pandemia, necesita asesorarse con los científicos pero solo él verá la totalidad del problema, incluso lo que escapa a la ciencia.

El GACH fue creado para asesorar, no para gobernar. Eso lo tienen claro sus integrantes. O más bien sus coordinadores ya que dentro de sus equipos hay quienes opinan (a veces como fuentes innominadas, pero bajo el ropaje del GACH), más con intención de operar en lo político que aportar desde la ciencia.

El GACH no gobierna y sabe que no todas sus recomendaciones pueden ser tomadas al pie de la letra.

Sin embargo el Frente Amplio convirtió a la ciencia en un dogma irrefutable y quiere que ella mande. Para reforzar ese supuesto, todos los días aparecen nue-vos infectólogos y epidemiólogos opinando en los medios desde su militancia más que desde su ciencia. Son tantos que asombra; es un lástima que algunos no se hayan especializado como intensivistas. ¡Lo bien que vendrían en estos momentos!

La argumentación frentista es disparatada, pero les sirve para hacer creer, en un malicioso golpe bajo, que el único responsable de las muertes es el gobierno.

Sin embargo, pese a sus avances, la ciencia no tiene todas las respuestas. En un año y medio de pandemia no encontró una cura a la enfermedad. Desarrolló vacunas a una velocidad increíble, es verdad, pero lejos están de ser perfectas. Lo serán en unos años, pero se necesita tiempo.

¿A alguien se le ocurriría culpar a los médicos por no salvar las vidas de los contagiados por Covid-19? Sería absurdo hacerlo. Es más, sería un exabrupto; un desprecio a los sacrificados esfuerzos que hacen.

Así como los médicos no tienen la culpa de no salvar a sus pacientes, tampoco tienen la culpa los gobiernos de no poder evitar la pandemia.

Lo que mata no es una determinada política, es el virus.

Así como los médicos no tienen la culpa de no salvar a sus pacientes, tampoco tienen la culpa los gobiernos de no poder evitar la pandemia. Lo que mata no es una determinada política, es el virus.

Esto nos lleva al último punto, el referido a la duración de la pandemia. El gobierno uruguayo, así como todos los gobiernos del mundo, se dio cuenta que dada la agresividad del virus, se estaba ante una situación que duraría un largo tiempo. Una cuarentena puede evitar contagios en el corto plazo, luego se vuelve ineficaz.

Los países que aplicaron el llamado “lockdown” solo lo hicieron por un rato y cuando reabrieron parcialmente las perillas, el virus apareció con todo su vigor. La llamada “segunda ola” quizás haya sido la misma que no cede, solo se retrae.

¿Se puede tener a un país, y al mundo entero, cerrado a cal y canto por un año y medio o quizás más? Solo con políticas represivas y con el peligro de terminar en una pauperización global y grandes hambrunas. Por eso, en los lugares donde se aplicaron medidas severas, la gente se soliviantó. Nadie aguanta una cerrazón rígida, ni aún sintiendo el aliento del covid en la nuca.

Ahí es cuando un gobernante considera lo social, lo económico, la necesidad de que un país se cuide sin cerrarse del todo. Puede tomar medidas parciales, como ha hecho Uruguay, pero no mucho más. El resto queda en manos de la responsabilidad de quienes habitan ese país. No hay otra alternativa.

Ese es el camino que decidió tomar Uruguay.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados